Aquel tapado de armiño Nº 10 - De loros y coleccionistas

Sobre la muestra Rafael G. Bianchi - "El coleccionsita ausente"- Galería Nogueras Blanchard (Madrid)



Una de las posibles definiciones del “estructuralismo” como sistema de pensamiento (siendo conscientes de que es imposible que haya un axioma consensuado en cuanto a su significado y mucho menos en cuanto a su práctica operativa y funcional) sería el que se trata de “un método de comprensión de una realidad”. Dicha realidad puede circunscribirse al lenguaje, a la sociedad, al arte y la cultura, a la etnología…, e incluso a la viticultura si nos ponemos en plan “expandido”. El estructuralismo, que no es ninguna ciencia, pertenece más a la teoría lingüística que a una filosofía del lenguaje (que también, por supuesto). Tiene su origen en las tesis desarrolladas en su día por Ferdinand de Saussure en su “Curso de Lingüística General” de 1916, e interpretadas en nuestra contemporaneidad (París, años sesenta en su punto más álgido, si bien con anterioridad tenemos el magisterio importantísimo de Lévi-Strauss) bajo lo que podríamos definir, en deliciosa y perfumada expresión francesa, como “L'air du temps”. El estructuralismo se sirve del concepto de “estructura” para ordenar, jerarquizar y clasificar una serie de fenómenos (pueden ser de gran variedad dichos fenómenos), y en tanto que teoría lingüística considera el lenguaje como una estructura que permite establecer sistemas de relaciones y principios formales para “re-considerar” una realidad concreta y ya dada con anterioridad, con el deseo de analizar hechos humanos como estructuras susceptibles de formalizarse bajo una nueva dimensión cognitiva.



Con el título de "El coleccionista ausente" el artista Rafel G. Bianchi (Olot, 1967), ha creado u organizado en la galería Nogueras Blanchard, en su sede de Madrid, una suerte de panorama estructuralista, tan complejo como sofisticado, que tiene su origen en el aprecio artístico e intelectual del artista por una pequeña pintura de Mariano Fortuny (aquí reproducida y que posee el título de “El coleccionista de estampas”). A partir de esta elección, o de esta “célula de sentido”, pero también una estructura mínima de significado o conocimiento, nuestro artista ha establecido, siguiendo un método de investigación criminal, un posible sistema de comprensión de una realidad histórica que se inicia con el detallista y prolijo cuadro de Fortuny para, no menos prolijamente, llegar hasta la declaración de su relación sentimental y afectiva con un número considerable de artistas catalanes de los siglos XX y XXI a modo de homenaje personal (son más o menos visibles o reconocibles estos guiños fraternales y admirativos) hacia ellos por parte de Rafel G. Bianchi. Dicha “realidad histórica” que recién acabamos de expresar (para entendernos: la “película” de Fortuny y su pintura) es tan decididamente truculenta como el más disparatado guion cinematográfico, pues a más del famoso pintor de Reus, en dicha película aparecen también un coleccionista norteamericano que encuentran de lo más “normal y natural” ser pintado por el propio Fortuny en la obra citada como si fuera el Conde Duque de Olivares en retrato del siglo XVII, más las versiones (tres) que él mismo hizo de “El coleccionista de estampas” dado el éxito (económico) de la primera, más la aparición (en su sentido fantasmal) de un olvidado pintor (si es que no fue siempre esa su triste condición), contemporáneo de Fortuny -Ramón Amado era su nombre-, que, medio admirándole medio copiándole, también hace su propia contribución a este divertido e inteligente vodevil de causas y efectos. Pero no acaba aquí la función, ni mucho menos. Además de los amigos artistas homenajeados, a modo de coro operístico, también entra en escena, como una especie de apuntador del texto, Richard Hamilton y una pequeña y simple reproducción de su famoso interiorismo “¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas?”. Se comprenderá que uno, después de enumerar este enloquecido “dramatis personae” (y eso que he hecho una versión abreviada), haya tenido que recurrir al estructuralismo, como mínimo, para intentar presentar una estructura capaz, si no de “racionalizar” esta disparatada cadena de significantes, al menos para comprenderla desde un sentido teórico o especulativo, pues ya sabemos que la teoría puede con todo. Esta muestra, muchísimo más seria que lo que se pudiera entender por mis palabras y comentarios, merece el esfuerzo de “racionalizarla”, de una forma u otra.

Ya hemos apuntado que Fortuny hizo tres versiones de “El coleccionista de estampas”, si bien Rafel G. Bianchi utiliza la primera pues es la única en la que aparece un loro. Dicha ave forma parte del animalario sentimental del artista, pues en un proyecto del 2011 –“Quién soy yo”- estudió sus habilidades y talentos, así como la capacidad imitativa de esta especie. Puede sentirse orgulloso de este interés pues antes que él, nada menos que Thomas Bernhardt, escribió una obra de teatro (de fácil lectura y deslumbrante inteligencia), titulada “El viaje de Kant a América o Papagayo en alta mar”, pues esos son sus principales protagonistas, el filósofo y un papagayo muy hablador, que se embarcan rumbo al Nuevo Mundo para que allí Kant pueda ser operado de un glaucoma, dado que todo pensador que se precie necesita “ver” más que el resto de los mortales. Pues bien, el loro de nuestro artista, así como su pariente el papagayo de Kant, cumplen en sus respectivas manifestaciones artísticas la función de “macguffin” ideado por Alfred Hitchcock como elemento estructural que altera, casi siempre desde el absurdo inteligente, el orden natural de la narrativa filmada, o de cualquier otra narrativa (artística en este caso) que queramos contemplar.

En “El coleccionista ausente” (que sin duda es una muestra implacable y resueltamente pictórica, aún atravesada por todas las derivas conceptuales que queramos asumir) no hay un único “macguffin”, hay varios y algunos muy brillantes, pues toda la muestra es una extraordinaria (y “rara, muy rara” en su mejor y más productivo sentido) superestructura, o estructuralismo celular y operativo, que tiene en el “ver” (el deseo de Kant de ser operado de la vista en el vasto territorio donde todo es posible, o por decirlo como en el verso de Vicente Aleixandre, “en la región donde nada se olvida”) su principal argumento intelectual. Entre “El coleccionista de estampas” de Fortuny y “El coleccionista ausente” de Rafel G. Bianchi se establece y forma una estructura donde todos y cada uno de sus elementos existen como elementos significativos del “ver”, más que del “mirar”, y con ello una nueva interpretación de la realidad. Todas y cada una de las piezas expuestas mantienen una extraña y silenciosa conjura con el resto, como si en esa unión “estructuralista” no declarada se cifrara el sentido último de la muestra, su razón argumentativa, su explicación final, su desenlace narrativo. Como si el loro de la primera versión del cuadro de Fortuny, o el papagayo de Kant, hubiera sido en realidad quien le dijo a Richard Hamilton que su famoso interior era tan diferente y tan atractivo. El buen arte, y esta muestra sin duda lo es, siempre se aparece como un turbio, divertido, inteligente e inesperado “macguffin”



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por Luis Francisco Pérez (Crítico Madrileño), 29 de Marzo de 2016
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