"Aquel tapado de armiño Nº 3"

Envío postal sobre la muestra "Correos" de Francesc Ruiz en García Galería, Madrid.





No deberíamos estar tan seguros o confiados de que el cartero siempre llama dos veces. Y si así fuera, si en verdad volviera a llamar a nuestra puerta, es probable que lo que habría de entregarnos se haya convertido, siguiendo el dictum de Marx, en una farsa aquello que en el primer aviso era tragedia -quiero decir: "trágico" obedeciendo a la pulsión histórica que otorga una determinada adjetivación siguiendo los procesos constituyentes de esa misma realidad histórica que se construye. Ahora bien, lo que nos traiga el cartero, sea lo que fuere en importancia o volumen, es siempre una alteración en la “cadena significante” (término creado por Lacan en la década de los cincuenta) que tiene en el signo su principal valedor como también su más importante enemigo. A partir de esta constatación (o este “descubrimiento”, que en esencia es siempre lo que transporta el cartero) fue lo que permitió a Lacan seguir investigando en la distinción entre lo simbólico, lo real y lo imaginario. Todo servicio de correos (y son infinitas las posibilidades interpretativas de esta función) es siempre la manifestación incontrolada de la cadena significante, toda vez que reúne en su sistema, tanto operativo como de signo o marca, los tres ejes en los que cimienta la eficacia de su gestión: el símbolo, la realidad y la imaginación. Tres elementos significantes que unidos, y como bien sabemos, se necesitan mutuamente para la creación de un logo identificatorio, o identificativo, de toda empresa comercial estatal o privada. En torno a estas cuestiones gira en mi opinión la excelente (tanto como inteligente) muestra que Francesc Ruiz (Barcelona, 1971) presenta estos días en la García Galería de Madrid. La exposición lleva por título el seco y prosaico título de Correos, y nunca sabremos si el cartero que ha posibilitado el traslado de tan variada mercancía objetual ha necesitado más de un viaje para entregarla. En cualquier caso ha sabido unir, muy inteligentemente, tragedia y farsa, hasta el punto de confundir elementos diferenciadores de una y otra.

En 1970 Joseph Losey filmó una de sus más bellas obras “The Go-Between” (“El mensajero”). En la película vemos, con gran refinamiento y sutileza, como un adolescente, un pequeño “postman”, es utilizado por dos amantes para que les haga llegar información sobre sus citas clandestinas. La película es relatada por un anciano que recuerda aquellos días en los que fue, inconscientemente para él, utilizado por una “empresa”, los amantes, para que trabajara de mensajero, de cartero en definitiva. Lo sofisticado del recuerdo que el anciano ejercita radica no en el discurso de un obvio idealismo del amor o de la pasión amorosa, demasiado previsible, pero sí en la “ideología” que se crea junto a la “marca”, o logo, de esa realidad amorosa. El anciano termina identificando ese logo, ese signo, con una cierta imagen de “noble perversión” de la que él, el mensajero, no era consciente. En la vejez comprueba con cierta satisfacción que ese logo ideológico no lo crean los adultos amantes, pero sí su propia inocencia e ingenuidad de primera juventud. Todo logo en el presente que nos habita es creado desde la premisa de una “noble perversión”: que la forma creada sea también reflejo de una cierta “ideología de la forma”, incluso si esa forma aspira a no tener ideología alguna.

En la primera sala de la galería podemos comprobar una escenificación del argumento, “Correos”: una diseminación de elementos estructuradores de sentido y no siempre de fácil comprobación, casi todos ellos pintados de amarillo, el color predominante en el servicio nacional español de correos. Sentimos un cierto caldeamiento reconfortante en esta primera sala, como si comprobáramos que Goethe llevaba razón (para nada, pero su “Teoría de los Colores” es deliciosa de leer) cuando afirmaba que el amarillo, en su estado más natural, representa belleza y pureza; transmite mucha luz y tiene un carácter sereno, alegre, gentil y emocionante. Hago mío el sentir de Goethe y así me ahorro descripciones impresionistas de lo observado. Añadir, eso sí, que en esta sala está presente con vigor y fiereza un análisis muy interesante de la escultura como imposibilidad de sí misma, o por ella misma vencida, con brillantes referencias muy sutiles a la escultura post minimalista norteamericana de los sesenta, como si la destrucción del pedestal la hubiera paradójicamente “elevado” cuanto más caída y diseminada por el suelo se encontraba, en lo que se podría definir como un “vértigo horizontal”, apropiándonos de la famosa expresión que el escritor francés Pierre Drieu La Rochelle dijo cuando contempló por primera vez la infinita plenitud de la pampa argentina.

En la segunda sala de la galería Francesc Ruiz ha querido rendir homenaje al artista y diseñador José María Cruz Novillo (Cuenca, 1936) que fue quien diseñó en 1977, pero sobre todo renovó, el símbolo del servicio nacional de correos de la que habría de ser la “Nueva España” surgida del fin de la dictadura. Lo cierto es que Cruz Novillo es un estajanovista del diseño gráfico y un profesional “sin ideología”. Lo mismo ha tenido por clientes a la COPE que a PRISA, al PSOE español como al PASOK griego. Se puede perfectamente afirmar que en lo que se refiere a la creación de logos ha sido, parafraseando la canción de Astrud, “el hombre que lo ha diseñado todo en España”. En esta sala vemos expuestos y ordenados todos sus trabajos. Con un poco de fantasía visual y especulativa parecen paneles de Hanne Darboven. Las dos salas se comunican entre sí como vasos comunicantes, pudiendo entenderse la primera (donde todo lo creado pertenece a Francesc Ruiz) como una diseminación morfológica de la densa concentración visual de la segunda (la “perteneciente”, por así decirlo, a Cruz Novillo). Pero volvamos a la primera, al cálido ambiente donde todos parecemos mensajeros perdidos en una amarillenta niebla únicamente guiados por el sonido de la cornamusa, símbolo tradicional de los antiguos jinetes de posta recuperado por Cruz Novillo.

“Correos” se nos revela -desde la experiencia de la exhibición que se ofrece al espectador- esencialmente como un dispositivo visual donde su autor ha querido mostrarnos lo que yo definiría como un “trampantojo del objeto”: todos los paneles situados contra la pared esconden realidades ocultas. No menos misteriosos e inquietantes son esos calzoncillos que vemos tirados por el suelo, hasta el punto de preguntarnos hasta dónde llega el buen servicio ofrecido por nuestros carteros. Nada hay en la compleja y sensual obra de Francesc Ruiz que no sea una aproximación a la cadena significante desde el sentimiento más íntimo (“Mi sentir es abiertamente queer", ha declarado en una reciente y magnífica entrevista con Guillermo Espinosa para la revista shangay.com), y con ello, lógicamente, un encadenamiento de discursos en torno al signo, a lo simbólico, a lo real, a lo imaginario…, y al cuerpo, y a la sexualidad, y a la militancia y al compromiso.



Entrevista del artista argentino Gustavo Marrone a Francesc Ruiz


En García Galerìa, Doctor Fourquet, Madrid, España


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por Luis Francisco Pérez (Crítico de arte madrileño), 9 de Febrero de 2016
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