Pinturas

Pinturas. Mariana Ferrari, Santiago Quesnel en CC Recoleta desde el viernes 22 de julio de 2011 hasta el domingo 7 de agosto de 2011.

Cuando Gianni Vattimo emancipa la relación medial en la sociedad transparente posmoderna, lo hace persuadido de que el abuso de la imagen es lo que propicia trasparentar una multiculturalidad hasta entonces oculta
Cuando Mariana me dice entonces “Me inquieta la sensación de estar en un territorio desconocido, pedir prestado, aludir a las convenciones y desviarla” no puedo no verla circunscrita a este mismo paisaje transparente, massmediático, confuso en sus dialectos, oscilante, entre pertenencia y extrañamiento, por su relatividad y no definitividad del mundo “real” como lo describe este autor(1).

Nos enfrentamos en esta muestra de Mariana Ferrari y Santiago Quesnel con dos de las temáticas más emblemáticas de la pintura en la historia del arte: retrato y paisaje.

Para John Berger(2), ambos temas eran funcionales a una visión capitalista del mundo: “eres lo que tienes”, en cuyo caso el retrato no estaba pensado como objeto de socialización (acercamiento con el espectador) sino como prueba de su valor agregado.

El conflicto pictórico surge cuando la representación mimética crecía en verosimilitud con lo natural porque, así como esta “virtud pictórica” dejaba cualquier objeto “al alcance de los dedos”; bajo estos mismos parámetros de proximidad, la intimidad podía quedar implícita también en aquel a quien se retrataba. De ahí la rigidez de su pose, por ejemplo, y poder ser visto de lejos y de cerca simultáneamente.

En el caso del paisaje era fundamentalmente la ostentación del terrateniente:
“…En la mayoría de los casos, la posesión privada de tierras era la condición previa para tales goces filosóficos, que no eran raros entre la clase media del campo. Sin embargo, su goce de la ‛‛incorrupta y no pervertida naturaleza" no solía incluir la naturaleza de otros hombres. En aquellos tiempos se castigaba con la deportación al cazador furtivo. Y si un hombre robaba una patata, se arriesgaba a que un juez —también terrateniente— ordenase que lo azotaran en público. Los propietarios habían fijado límites muy estrictos a lo que se consideraba natural"(3).

Ni los “retratos” de Mariana ni los “paisajes” de Santiago pertenecen a esa “elite” cultural, aunque la gran escala de muchas de las obras aquí expuestas redunden jerarquía al menos temática.

Ambos están “desterritorializados” sin que esto sea para ellos necesariamente un problema, al contrario, es posible incluso ser visto como virtud. Por lo menos sabemos que existe una generación que convive tanto con la desmaterialización que muchos ni siquiera la tienen en cuenta. La "virtualidad espacial" es para muchos una forma de vida y el cristal por donde ver el mundo.

No planteo esto desde la "geografía de lo marginal", los no lugares del flâneur de Walter Benjamin o del radicante de Nicolás Bourriaud (pese a que cualquiera de estos enfoques sean posibles de ser abordados aquí), sino más bien de una suerte de desterritorialización que surge del prototipo del concepto de territorio, de espacio, de geografía, de identidad incluso, que termina, por apropiarse de lo mismo que lo define para volverse universalmente adaptable: De todos pero de nadie (en particular); todos los lugares o ninguno (en particular), podemos ser todos o nadie (en particular) al mismo tiempo. El paisaje puede ser cualquier paisaje (y sobre todo a partir de su detalle, el fragmento, el recorte como propiedad “transcultural”); el retrato también es cualquier retrato (y no lo digo peyorativamente, al contrario) justamente porque a Mariana le interesa posicionarse desde ese lugar que describe como “las superposiciones, el cruce de iconografía que proviene de fuentes muy distintas, tanto de la historia de los géneros artísticos como de la gráfica publicitaria, o cualquier otra, usada caprichosamente, más allá del estilo o los formatos”.Incluso agrega: "Considero estos trabajos como una especie de registro impuro, atravesado por múltiples influencias, un terreno de montaje mental donde podría cruzar estéticas como el pop y el rococó, la pintura popular y doméstica, un tráfico iconográfico que desvía toda misión y en su deriva reemplaza el lugar de lo valioso".

Para terminar y volviendo al mismo punto del que partí (Vattimo y su sociedad transparente):

"Nos falta concebir esa oscilación como libertad…[pero] el ser, no coincide necesariamente con lo que es estable, fijo y permanente, sino…con el evento, el consenso, el diálogo y la interpretación…como chance de un nuevo modo de ser (quizá, al fin) humano".(4)

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(1)Cfr.:Gianni Vattimo. La sociedad transparente. Ed. Paidós. Milán.1989.
(2)Cfr.: John Berger. Modos de ver. Ed. Inglesa. 1972.
(3)Op.cit.
(4)Op. cit.

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