Cactácea

Lisérgico Pastoril. Miguel Rosino en Masottatorres desde el jueves 15 de octubre de 2009 hasta el viernes 27 de noviembre de 2009.
Quizá la pintura verdadera es la obra de pájaros y brujos. Quizá el artista, en su momento de flama, sea sólo una puerta por donde los monstruos imaginados gobiernan la belleza de lo inconcebible.

Alguna vez me pregunté por las obras dónde podía vivir Siddhartha Gautama. Me lo cuestioné serenamente después de haber leído el libro homónimo de Hermann Hesse. La pregunta quedó sin respuesta y decidí no insistir. Si en el futuro aparecía alguna contestación sería con naturalidad, sin que importara el tiempo de espera.

Los años transcurrieron y surgió la posibilidad de conocer a Miguel Ronsino en su propio taller. La experiencia me arrolló. Así de simple. Y al instante supe que en la densidad de sus pinturas habitaba el aliento neumático de Buda. La intuición fue tranquila y sin alteraciones, casi un soplo imaginado durante una mañana o por la tarde. No obstante, mi cuerpo se estremeció. Esas imágenes, de absoluta pregnancia barroca, dieron el habla a mi intimidad más rugosa. Fue un habla por el silencio, un habla de peces, pájaros y lunas en contextos de levitación. Ese habla, que en verdad es un no decir, es el habla de las obras logradas, un habla transmigratoria, propia a la metempsícosis espiritual que toda poesía genuina engendra en quien siente, escucha u observa. Es el habla y el decir del vórtice. Se trata de palabras y formas descascaradas, casi la misma sustancia que habita bosques, desiertos y praderas; es el éter inasible que se desglosa de la belleza y fluye indefinidamente entre los seres que vibran en concordancia. Es óleo, masa, profundidad y desgaste de lo no gastado; es tela chorreada en su voluptuosidad de bacanal secreto; es cultura desnuda y abrasada; sencillamente es.

Ese día, en el taller, vi sus pinturas desparramadas en el piso y en las paredes; lo vi a él, ensimismado y generoso, e imaginé al hombre chamán, al pintor pájaro que lo habita indefinidamente. Comprendí que sus caminos pictóricos eran los caminos del niño que recorre un río y pregunta por el dolor, la muerte, la vida y la eternidad. Lo supe instantáneamente, como quien se arroja al vacío y comprende la necesidad de suspender su propia muerte. Lo supe así, de forma esférica y pastoril, natural y lisérgica; cactácea.

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