Manuelita, ratones patrios

Señorito Rico. Alberto Passolini en ZavaletaLab desde el jueves 9 de octubre de 2008 hasta el sábado 15 de noviembre de 2008.
En la serie “Señorito Rico”: Passolini pinta Pueyrredones picantes.
Tercera y última confesión: concibo mi vida en términos de vidurria”.

(Raúl Escari, Dos relatos porteños).

Con rigurosidad histórica y poética desopilante, Alberto Passolini presenta una instalación-pictórica sobre los "ratones" de Pueyrredón, Calzadilla y los de los señoritos de la primera buenos aires. La sala tiene dos alfombras, candelabros, teatrales cortinados de terciopelo rojo y una mesa elegante con frutera, tiene racimos de tentadoras uvas-tintas que hacen salivar a lo Pavlov (son plásticas).

En las paredes hay cuadros de tamaño importante, (2m x 1,50m) que reproducen en escala real-monumental (damas en su mayoría) luciendo vestidos colorados (Manuelita de Rosas); y la sra. De Calzadilla, cuyos listones axules reverberan en toda la superficie (mientras en la escena campestre de atrás se agrega un “desayuno en la hierba” latino, con las dos gorditas de la siesta enfiestándolo al Sr. Calzadilla).
Esas mismas mellizas no griegas, las dos criollitas rollizas en pelotas, duermen su siesta inquieta en un gran cuadro de Passolini, emulando sic al de Pueyrredón, (reverberando a las chichis de Courbet (1868), recordando el aún más osado “El origen del mundo” del paladín realista).

Carne rosa, carne morena, aquí las protagonistas son las majas desnudas, las no olimpias...
Passolini recorre las mujeres de Prilidiano, las que los señoritos ricos contemplaban en secreto, aquella primera serie de realismo erótico criollo que no encontró su Prado ni su Louvre.
Laura Malosetti Costa escribió brillantemente acerca de “los desnudos de Prilidiano como punto de tensión entre lo público y lo privado”... tensión que se resolvió destruyendo todas estas telas cuando él murió...; de las cuales sobrevivieron las de La siesta (dos vistas de su exuberante criada en la cama), la gorda sonriente de “El baño” (presentada en la bañera con fondo verde y con la paleta revoleada por el pintor sobre el agua, versión moderna de estanque), y dos versiones pequeñas, más nórdicas, de las cocineras: Chinita en la cocina y Señora cosiendo un pavo que pelan “el ganso” semidesnudas y con sonrisa lívida como las embriagadas de Vermeer. Dos figuras invitando a la baba criolla, privadas a la vista pública.

Cierto voyeurismo se ilustra en la pequeña pintura donde las dos chinitas morochas (bañistas en el río Luján), son espiadas entre el follage por el amigo “procaz” de Pueyrredón: Santiago Calzadilla y quien parece ser, inspiró, alentó a la realización de los cuadros picantes.
Pueyrredón (y por ósmosis, Passolini) retratan a Santiago Calzadilla sentado en su estudio, con ojazos celestes y rosadas mejillas delante de un cuadro borroso (en el ángulo superior derecho): es “la siesta” con las inefables nudistas felices. (También Manet pinta a Emile Zolá en un retrato similar (1868), sólo que en el ángulo derecho se ve un nítido guerrero japonés, el baco de Velázquez y la Olympia de 1863). Esto lleva a pensar que existe un paralelismo que no se toca:
Nuestra olimpia criolla es “el baño” (1865), pintada sólo dos años de diferencia con la de Manet.
Nuestro desayuno en la hierba es “El despertar de la criada”, de Sívori.
El aire del tiempo en completa sincronía. Escándalos, despertares tanto aquí como en París. Oh, la vidurria!.

En una vitrina hay libros y publicaciones sobre Pueyrredón, documentos estudiados, deliciosos bocetos a lápiz de Passolini; y se reproducen todas las fotos de las obras originales, las recreadas en un código de ilustración o dibujito animado: cuatro dedos, ojos enormes, como armando un cuento de azules y colorados ilustrado para niños con pictoricismo preciosista y patriótico.

El placer es nuestro, salivando frente a los cuadros de Passolini, pintados golosamente y haciéndonos descubrir su descubrimiento:

“... y descubrí así que aquella vez que encontré en un texto escolar el retrato de Manuelita la gula y el erotismo ocupaban un mismo cajón. (siendo niño) ... tuve mi primer contacto con el retrato de Manuelita Rosas (pintado por Prilidiano Pueyrredón 1823-1870). Recuerdo que los colores de ese cuadro me parecían comestibles, ya que los asociaba a gelatinas de sabores frutales y a unos caramelos traslúcidos... llamados pirulines.
Establecí entonces que la carga erótica presente en su producción tenía la cualidad de “hacerme agua a la boca”. (Alberto Passolini, primavera del 2008)

Por Xil Buffone

compartir
Con el apoyo de