El trazo gonzaliano | Juan Manuel Cortés en Jornadas Horacio González

El trazo Gonzaliano
la intervención del Lic. Cortés, alumno de Maestría en Estéticas Contemp. Latinoamericanas Undav, puede segurise en youtube Jornadas Horacio González . Timeline: desde 1h 58' 30'' a 2h 14' 26''

La única vez que crucé palabras con Horacio fue en la librería Caburé, allá por el año 2018 o 2019, en la presentación de no me acuerdo qué libro.
El evento había terminado, la librería estaba cerrando y yo estaba haciendo cola en la caja porque tenía que pagar un libro. Horacio había asistido a la presentación y se quedó charlando con la persona que atendía la caja (a quien evidentemente conocía).
De casualidad, me tope con el último ejemplar de dos tomos de las Obras Completas de Roberto Carri, editado por la Biblioteca Nacional cuando Horacio la dirigía. Ambos tomos se vendían juntos, cada uno tiene alrededor de 750 páginas y estaba muy, pero muy barato.
Cuando me toca pagar a mí y lo tuve cerca, me agarro una cosa cholula de hablarle y le dije algo así como “Hola Horacio, no me conoces, pero yo estoy en la Maestría de la UNDAV y me perdí el seminario que dictaste, todos los que cursaron con vos siempre te recuerdan con mucho cariño, ¡tenés que volver!”.
No recuerdo que me respondió.
Pero seguro fue algo gracioso porque si me acuerdo que nos reímos, incluso el que atendía en la caja.
En la inmensurable cantidad de escritos que hizo, Horacio también escribió acerca de las colas que uno hace en diferentes situaciones de la vida. El texto que aborda el tema se titula Vivir en la cola y forma parte de libro Escritos en carbonilla: figuraciones, destinos, retratos, editado por Colihue en el año 2006.
Pero me interesa poner atención en el prólogo de este libro. En particular, un pequeño fragmento en el que de alguna manera le da sentido al título. Me refiero a las pocas líneas que le dedica a la carbonilla que es lo que me va a permitir entrar en lo que me convoca cuando leo a Horacio, que es el dibujo, es decir, el campo en el que inscribo mis prácticas artísticas.
A mi entender existe un vínculo muy estrecho entre la escritura y el dibujo, y me atrevo a sospechar que de manera consciente o no, ese vínculo también existe para Horacio. Prestemos atención a este fragmento del prólogo de Escritos en Carbonilla, hablando de los textos que componen el libro, Horacio dice:
¿Son algo mas que escriturillas merecidamente extraviadas? Imaginé que fueron escritas con un instrumento huidizo. La carbonilla. Mas que la tiza y menos que la tinta firme, lo escrito en carbonilla dura un poco, pero el tiempo ecuánime lo dispersa rápido. (González, 2006, pág. 9)

Cuando leí eso, me llamó la atención. Trate de imaginarme a mí mismo en esa situación y pensé que me resultaría particularmente incomodo escribir con un material tan impreciso, quebradizo y de un trazo tan irregular que generaría una escritura indescifrable e implicaría un esfuerzo para quien lee.
Me tomé unos segundos más en la reflexión y advertí que hay escrituras y escrituras. Una escritura con carbonillas por ejemplo me hace recordar los Diarios del Odio de Roberto Jacoby o algunas piezas de Leon Ferrari. Creo que esto habilita a pensar que, en tanto oficio, ambas practicas pueden valerse de las mismas materialidades para llevarse a cabo, por ejemplo: una hoja y una carbonilla.
Creo que también resultaría valedero inferir qué ambas practicas se vinculan en tanto que se valen de la línea. Sin saber nada de tipografías, me animo a decir que la letra cursiva demanda unas líneas más orgánicas, continuas y curvas como las que aparecen en los grabados de Aida Carballo o los dibujos de Franco Venturi que sobrevivieron a sus periodos de detención ilegal. Por otro lado, la letra imprenta requiere líneas más rectas, geométricas y quebradizas como las que construyen las figuras pétreas y monumentales de Ricardo Carpían o los bocetos de temática circense de Enrique de Larrañaga (ese olvidado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes durante el primer gobierno del General Perón y ferviente militante).
En cualquier caso, la escritura y el dibujo se vinculan en tanto practicas arcaicas, cuyo origen esquivo puede inventarse tanto desde Occidente y como desde Oriente, desde el Norte o desde el Sur. Como sabemos solo podemos inventar esos orígenes a partir de una narración inevitablemente mítica, o bien, desde un trabajo arqueológico.
Horacio, sin embargo, propone una tercera posición al respecto, un procedimiento que consiste en una arqueología hecha con las ruinas del mito. Lo que hace es trabajar con ciertas materialidades en las que el mito se construye y se hace presente. Como nos cuenta en este fragmento de Restos Pampeanos: ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX:
“Simple y verdadero sería comenzar este libro con la indicación de que llamamos pampa a un conjunto de escritos argentinos, que son escritos sobrevivientes pero eclipsados o abandonados. De ahí también la cómoda idea de restos. Porque son escritos guarecidos dificultosamente de la desidia” (González, 2007, pág. 7)
De manera similar, al intentar hacer una historia del dibujo argentino, lo que encontramos son restos. Por ejemplo, en su investigación sobre la enseñanza del dibujo en Buenos Aires, Rodolfo Trostiné (1950) realiza un recorrido sobre la historia de diferentes experiencias, tanto privadas como públicas, algunas más y otras menos institucionalizadas. Aporta datos históricos que el autor define como “noticias” basadas en documentación en torno a la enseñanza del dibujo en Buenos Aires, desde sus orígenes hasta cerca de 1850.
Este texto, me interesa particularmente porque lo que declara en su sección Preliminar:
“A pesar de todo, el mayor defecto que nos consta tiene este trabajo es que no refleja la evolución de la enseñanza artística, sino que son noticias externas -casi en su mayoría- acerca de los diversos establecimientos de enseñanza que sucesivamente fueron existiendo en nuestra ciudad” (Trostiné, 1950, pág. 7)
Este defecto es lo que hace de este trabajo no una narración continuada y totalizadora de la enseñanza, es decir una historia, sino un conjunto de materiales que aparecen fragmentados y resisten los intentos del autor por inscribirlos en una cronología.
Estos fragmentos irrumpen en nuestro presente, vienen desde otro tiempo y conviven con nosotros. Esto es lo que Horacio González llamaría un resto. Es decir, un fragmento material que nos permite entablar una relación con el pasado, o mejor, con una memoria.
Trabajar con restos. Esa es la materialidad que utiliza González. Y esos materiales le alcanzan para dibujar algunos tramos de una línea que intenta sin éxito describir un contorno. Esa es, a mi entender, la operación Gonzaliana, trabajar con restos en los márgenes.
Como cuando se enfrenta al problema de la biografía en Perón: Reflejos de una vida, González se pregunta sí ¿Es posible una biografía?, a lo que luego comenta que “Sin abandonar el palpito biográfico, aquí recogeremos imágenes. Líneas escritas, memorias acústicas de Perón” (González, 2008, pág. 9).
A mi entender, recorre el contorno de lo que rodea a la palabra, la persona, el sonido. Indaga en los márgenes. Lo que hace Gonzales es dibujar. Pero dibujar con una carbonilla. Pero no cualquier carbonilla, sino una adquirida en alguna librería porteña o bonaerense. Es decir, de producción nacional o bien importada hace años por la librería en algún momento de bonanza. Me refiero, seguramente, a una herramienta de forma muy irregular, demasiado quebradiza o demasiado rígida, con partes más duras o más blandas causadas por una cocción despareja. Y que da como resultado, un trazo muy irregular producto de un material que resiste a quien dibuja e interviene más de lo que querría un Spilimbergo, pero la medida justa para una Marcia Schvartz.
Lo que me hace pensar Horacio es, entonces, que lo constitutivo del dibujo, no es la línea como idea o elemento abstracto de un lenguaje visual, sino el trazo. Es decir, algo que puede vincularse a la línea, pero que implica una materialidad que lo sitúa, le da profundidad, espesura, textura, color y hasta peso.
Mientras que la línea como concepto opera únicamente como un límite que divide o separa la figura del fondo, también lo hace estableciendo quien es amigo y quien es enemigo o quien es de derecha y quien es de izquierda. Ahora bien, si a esa línea la entendemos como un trazo, es decir, la constituye una materialidad que media entre diversidades, también lo que hace es ligar.
Cuando escucho analistas políticos (en su mayoría televisados, pero también radiales o en medios escritos), gente de las universidades o incluso militantes, hablar de LA derecha y LA izquierda, pienso: ¡qué manera más lineal y unidimensional de entender la política!
Porque la línea es eso, una sucesión infinita de puntos comprendidos entre la distancia que va de un punto A hacia un punto B.
Horacio González también utiliza esa esas categorías de Izquierda y Derecha, pero lo hace entendiendo esa línea como un trazo, le da una materialidad, es decir, una mediación que le permite advertir los poros, el intercambio, las traducciones y los diálogos entre unos y otros. Ahí, hay una ética, o mejor, una política, una persistencia y una perseverancia por la conversación.
Esto es lo que le permite a González hablar de fascismos de Izquierda, nacionalismos de izquierda, o invitarnos a conversar con frases que muchas veces le cuestan condenas públicas por parte de los y las policías de la moral (de izquierdas y de derechas).
En una conversación titulada El aula y la teatralidad publicada en el libro Gonzalianas: conversaciones sin apuro, Mauricio Kartun hace un comentario a propósito del oficio de la escritura que consistiría en escribir y escribir y escribir, y dice, “Ese repetirse, a veces, uno lo acepta resignadamente”.

Frente a esto Horacio responde:
Y hay que aceptarlo. Parece que todas las tesis de la filosofía contemporánea que se tiran contra la identidad, el esencialismo, el sustancialismo, hay algo de equivocado ahí. Lo que no está equivocado es que evidentemente, si hubiera un punto fijo para todos, sería una equivocación del conocimiento. Pero hay un punto fijo que se desglosa en simulacros de ese punto fijo, al punto tal de hacerlo desaparecer, si fuera el caso. Pero no puede no haber ciertas continuidades, no bajo la forma del que cree el que critica las esencias fijas, sino bajo una forma de máscaras. En ese sentido hay continuidades de máscaras, y esas continuidades de lo que cada vez aparece de forma diferente. (González, 2021, pág. 310)

Estas palabras que a mí me resultan un tanto tranquilizadoras, operan de alguna manera como un gesto rebelde en un mundo moralmente correcto. Todavía no sé, si estas palabras me tranquilizan por mi formación disciplinar que de alguna manera reivindica la repetición o porque me cuesta menos el lugar del conservador, o bien, porque quizás de alguna manera insinúen que hay algo de este mundo que debemos conservar o recuperar para los mundos venideros. Que todavía hay algo de lo emancipatorio que es posible.
Creo que trazos como los del General Perón o Cristina Fernández se encuentran habitando trazos similares a los de Horacio. En definitiva, reformar una constitución que establezca la función social de la propiedad privada en la argentina de los 50 o proponer como horizonte político a la militancia un capitalismo más humano en este siglo XXI, podrían entenderse como gestos a veces provocadores, a veces sugerentes, pero siempre con miras de invitar a otros a debatir. De la misma manera, provocadora, sugerente pero siempre con vocación conversatoria, González escribe un libro sobre humanismo en plena pandemia y desde el fin del mundo.
Siguiendo el trazado, 96 horas después de lo que todos y todas vimos el jueves pasado (01/08/2022), el Ministro de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires responde a su entrevistador haciendo una autocrítica de sus modos y manifiesta que hay que crear canales institucionales, puentes para encaminar tensiones con la oposición.
Me pregunto si esta ética o política Gonzaliana de la conversación es lo que debe persistir o perseverar, ante todo, ante cualquier violencia por más irreversibles que hayan resultado sus efectos. Las palabras de Horacio siempre interpelan la coyuntura, constituyen esa materia que media, liga e invita a pensar con otros, por eso quisiera terminar esta intervención con una de las preguntas que se hace en Restos Pampeanos:
¿hay una posibilidad para el colectivo nacional de refundar la justicia sobre la base de una memoria argentina emancipada?
Juan Manuel Cortés

Bibliografía
González, H. (2006). Escritos en carbonilla: figuraciones, destinos, retratos. Ediciones Colihue. Buenos Aires.
González, H. (2008). Perón, reflejos de una vida. Ediciones Colihue. Buenos Aires.
González, H. (2007). Restos Pampeanos: ciencia, ensayo y política en la cultura argentina del siglo XX. Ediciones Colihue. Buenos Aires.
Trostiné, Rodolfo (1950). La enseñanza del dibujo en Buenos Aires: desde sus orígenes hasta 1850. Editado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Buenos Aires.

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Juan Manuel Cortés, de 36 años, es oriundo de General San Martín, Pcia. De Buenos Aires. Se desempeña como docente, investigador y artista visual además de desarrollar su militancia en la política universitaria. En 2016 obtuvo la Licenciatura en Artes Visuales por la UNA donde dicta clases en la materia Proyectual Dibujo Niveles I a III. Es especialista en Medios y Tecnologías para la Producción Pictórica también por la UNA. Actualmente cursa la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas en la UNDAV.
Profundizó su oficio y técnica en dibujo y pintura en el taller de Alejandro Boim. Participa de salones y concursos nacionales de artes visuales como el XXV Premio Klemm, el Salón Bicentenario de Concordia ediciones 2016 y 2022, el Salón de dibujo de la Pampa 2019, entre otros.
por Juan Manuel Cortés, 14 de Septiembre de 2022
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Libros lentos sobre arte argentino. Editores: Santiago Villanueva y Nicolás Cuello.
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