Fabio Kacero | El monocromo del molinero

cuento de Antología del sueño argentino, editado por Mansalva y parte de la muestra El campeón de los fantasmas

Soy lo que se dice un desmemoriado, alguien con serias dificultades para retener nombres y fechas; y sin embargo hay una fecha de mi vida -aparte de la de mi nacimiento, se entiende- que puedo mencionar con exactitud: 13 de junio de
1641. No la recordaría si no la hubiera anotado en su momento en un cuaderno, donde dejé constancia, a modo de diario (primera y única vez que hice algo semejante), de los hechos que ocurrieron ese mismo día, y de los que ocurrieron las semanas y meses que le siguieron. Aunque el diario no lo conservo, es evidente que la escritura de entonces favoreció la persistencia en mi memoria de las inusuales experiencias que viví en esa época. El cuaderno lo perdí, o mejor dicho desapareció, en una circunstancia que, pese al tiempo transcurrido, todavía dudo en calificar de afortunada o desafortunada.
Pero no quiero adelantarme a los hechos...
Fue una mañana calurosa la de aquel 13 de junio, y yo estaba trabajando desde el amanecer, como acostumbraba a diario, en el viejo molino familiar. Bañado en sudor, con el torso desnudo, apilaba sacos de harina en un rincón cuando de repente me sobresaltó no un ruido sino un profundo silen­cio, como si la rueda del molino se hubiera detenido, aunque eso fuera imposible. Apenas unos instantes más tarde, apare­ cieron los espíritus. No los vi con mis ojos, los sentí como presencias físicas alrededor mío y escuché sus voces con clari­dad. Caí de rodillas al suelo temblando, y los espíritus me hablaron y me contaron cosas del mundo misterioso del que provenían, y me revelaron extraordinarios eventos del futuro de la humanidad (anoté las profecías en el cuaderno pero de todas ellas me acuerdo especialmente de una: la de una guerra mundial con ejércitos que libraban batallas en el cielo y destruían ciudades desde el aire). Ignoro cuánto tiempo permanecí arrodillado, temeroso y como en trance, escu­chando hablar a las voces. Sólo al final me anunciaron la razón por la que habían venido. Ellos estaban allí para enco­ mendarme una misión: yo debía tomar los pinceles y ponerme a pintar.
Sorprendido, exclamé con espontánea sinceridad:
-¡Pero yo no sé nada de pintura!
-No te preocupes -me contestaron- nosotros trabajare- mos a través de tus manos.
Y esas fueron sus últimas palabras, luego los espíritus se marcharon, y enseguida noté que la rueda del molino volvía a ponerse otra vez en movimiento.
Con el corazón todavía latiéndome fuerte en el pecho, me senté sobre la pila de sacos de harina e intenté tranquili­zarme. Un rato después retomé mis labores pero no me podía concentrar, la aparición de los espíritus absorbía toda mi aten­ción ¿Por qué querrían que yo, que en mi vida había tocado un pincel, me pusiera a pintar? Esa pregunta me daba vueltas en la mente, y no sabía decir qué me causaba mayor asombro, si el increíble mundo que me habían descripto, las profecías o la misión que me encomendaban.
Esa misma noche, antes de cenar, le conté a mi mujer lo que me había pasado en el molino. Ella me escuchó junto a la gran olla en el fuego donde preparaba la comida, mientras yo le hablaba exaltado yendo de un lado para otro. Cuando terminé el relato se quedó pensativa por un momento, y luego de dar un largo suspiro me dijo con tono severo que si quería ponerme a pintar, que lo hiciera, pero bajo la condición de que no descuidara d trabajo en el molino. Yo le aseguré que seguiría trabajando como siempre, que no se preocupara, y ella no volvió mencionar el asunto hasta que los dos estuvimos en la cama:
-Mirá si con la ayuda de estos espíritUB -me dijo entu­siasmada- no te convertís en un nuevo... ¿cómo se llama ese pintor tan famoso que vive como un príncipe?
Ella se refería a un pintor que vivía en nuestra ciudad y que se había hecho rico vendiendo sus cuadros. Nosotros nunca habíamos visto ninguna de sus pinturas pero se decía que era un gran maestro y que tenía tanto éxito que venían compradores de países extranjeros y que pagaban fortunas por una obra suya. Mi mujer podía hacerse ilusiones, y era entendible que avivara en ella el sueño de una vida mejor; pero yo... yo no era más que un simple molinero a quien, a decir verdad, el mundo de los espíritus y el mundo del arte le resultaban igual de ajenos. ¿Cómo podrían mis inexpertas manos, aunque fueran guiadas por seres del Más Allá, adquirir la destreza de un artista? Para mí era algo inimaginable.
Sea como fuere, tenía una misión y estaba decidido a cumplirla.
Unas semanas más tarde, luego de limpiar y acondicio­ nar un depósito polvoriento, y de procurarme los elementos necesarios del oficio, estuve listo para iniciar mi nueva vida como pintor. Por primera vez me paré con una paleta en la mano frente a una tela blanca colocada sobre un caballete (que yo mismo había fabricado), e imploré la inspiración de los espíritus. No tuve que esperar mucho, ellos aparecieron y vinieron en socorro.
Desde ese primer clia el ritmo de trabajo fue febril; pintaba todos los días, desde que terminaba mis tareas en el molino hasta bien tarde en la noche, y a pesar de que llevaba una exigente doble vida, una fuerza inexplicable se había apoderado de mí y nunca me sentía cansado.
Los meses fueros pasando, y a la vez que los cuadros se acumulaban yo iba familiarizándome y conociendo mejor a mis guías espirituales, que no eran ni dos ni tres, sino... ¡cinco! Sí, cinco seres que por turnos, uno por noche, se alternaban para pintar a través mío. Y para colmo, cada uno tenía una personalidad y un estilo de pintura diferente. Aunque esto pudiera parecer una complicación, no lo era para mí; lo único que en todo caso significaba un problema, el verdadero problema, era que yo, y quizá nadie, hubiera dicho que lo que hacia en el taller pudiera llamarse... pintar.
Reconozco que mi ignorancia en el tema era total, pero cómo podía llamar pintar a lo que hacía, llegar a considerarlo arte, si jamás en las telas aparecía una imagen que tuviera la más mínima semejanza con algo del mundo; ni un paisaje, ni una nube, ni un cuerpo, ni una cara... ni el más elemental objeto cotidiano. Lo que surgía de mis manos y mis pinceles, en cambio, era, ¡ay!, un puro caos sin forma, o en todo caso formas de nada, que nada imitaban o representaban. A veces tratando de encontrarle un sentido a todo aquello me decía que las pinturas debían esconder imágenes que yo tenía que descubrir, y que posiblemente estuvieran relacionadas con aquel mundo misterioso que alguna vez me habían contado los espíritus. Pero por más que me esforzaba nunca llegaba a ver nada; entonces me sentía frustrado pensando que a fin de cuentas yo cumplía un triste papel, el de una marioneta sin voluntad propia que hacía cosas que no comprendía.
Tal vez si describo esas formas sin imágenes y esos estilos de los que hablaba, podrá entenderse mejor a lo que me refiero: el primero de los cinco espíritus, el del lunes (inva­riablemente aparecían en un orden fijo, siguiendo los días de la semana) me hacía llenar la superficie de la tela con figuras geométricas simples y coloridas, triángulos, cuadrados y círculos, combinados con líneas reetas o curvas, y trazos más sueltos, también de muchos colores. El estilo del espíritu del martes consistía en pintar líneas rectas negras, horizontales y verticales, que iban de un extremo a otro de la tela, y algunos de los rectángulos que se formaban entre las líneas que se cruzaban los rellenaba con colores puros, sin mezcla, azul, rojo y amarillo. El del miércoles daba pinceladas frenéticas llenas de óleo contra ellienl".o, y en ocasiones hasta directamente con las manos. El del jueves ni siquiera utilizaba caballete, colocaba el bastidor en el piso y dando vueltas a su alrededor dejaba que la pintura líquida cayera desde la punta de los pinceles a la tela (el conjunto parecía una abigarrada madeja de millares de hilos entreverados). El espíritu del viernes era todavía, si se quiere, menos esforzado que el resto; aplicaba una capa (o a veces varias superpuestas) de color uniforme sobre toda la superficie, como si se dedicara a preparar los fondos de las pinturas pero nunca empezara a pintarlas.
Un día ocurrió algo inesperado. El famoso pintor de nuestra ciudad, a quien seguramente le habría llegado el cuento del molinero poseso que pintaba durante las noches, vino a visitarme (por lo visto una reciente indiscreción de mi mujer, que ella misma me reconoció, se había esparcido rápidamente). Quería ver lo que yo estaba haciendo y no pude negarme a satisfacer su curiosidad, que por otra parte era también la mía, ya que iba a abrir el cuarto donde pintaba, que siempre mantenía cerrado con llave, y dejaría que otros ojos vieran por primera vez "mis pinturas".
Lohice pasar, le ofrecí una silla, y me dispuse, procurando disimular los nervios, a mostrarle mi trabajo. Yo estaba intimi­ dado por la presencia de aquel artista tan importante, y me mortificaba la ide,a de que me tomara como un bromista o un lunático, y de que fuera a levantarse e.nseguida y se marchase ofendido. Por suerte no tuve que lamentar la escena temida; se quedó quieto en su silla observando las pinturas, hasta la última (hacía un leve gesto con la mano cuando quería que ponga otra ante su vista), y en todo el tiempo que estuvo ahí, se mantuvo callado, sin hacer ningún comentario. Sólo me hizo una pregunta referida a los seres espirituales con los que estaba en contacto. Yo le respondí contándole cosas que ni a mi mujer le había contado. No era mi intención, la incomodidad de la situación me llevó a ese estado de locuacidad involuntaria. Él permaneció en su lugar, apenas asintiendo con la cabeza, y no volvió a abrir la boca hasta que se levantó para irse. No me atreví a preguntarle qué opinaba de los cuadros. De todos modos creía poder adivinar la respuesta; su silencio era elocuente.
Lo despedí en la puerta de casa, junto a mi mujer y mis hijos. El hombre se veía pálido, como si estuviera enfermo, o como si -pensé- hubiera envejecido de golpe. Mientras subía por la escalerilla del carruaje que lo esperaba, vaciló un instante, y yo, apoyando una mano en su espalda para soste­ nerlo, le pregunté si se sentía bien. Él se dio vuelta hacía mí y me miró directo a los ojos con una expresión indescifrable.
Poco después de aquella visita mi mujer me dijo que ella también quería ver las pinturas. Ya me lo había pedido otras veces, pero yo le decía que todavía no estaba preparado y ella aceptaba mi respuesta. Ahora, probablemente al reparar en la cara que tenía el artista cuando se fue, debió haber sospechado que algo no andaba bien. Me insistió tanto que al final cedí a su reclamo. A diferencia del pintor, ella no tuvo mucha pacien­ cia; le bastó echar un rápido vistazo para dejar la habitación a los gritos: "¡Son espíritus malignos! ¡Son espíritus malignos! Tenés que quemarlo todo... hoy mismo, o pronto te van a volver loco, si es que ya no lo estás".
¿Espíritus malignos? No esperaba que dijera eso, pero su reacción (incluyendo los gritos y las recriminaciones, que continuaron) no me sorprendía, y hasta me resultaba com­ prensible. Y confieso que la idea de quemarlo todo se me había cruzado alguna vez por la cabeza, pero nunca llegué a intentarlo; no podía; y debo admitir que en los últimos tiempos tampoco quería.
Si bien, al principio, todo lo que hacía -o lo que me hacían hacer- me parecía sin sentido, o directamente desa­gradable, en algún momento, no sé bien cuándo, ni sabría explicar cómo, algo de todo aquello me empezó a gustar, y de alguna manera, sin proponérmelo y casi a pesar mío, había comenzado a vislumbrar una cierta belleza en esas obras que provenían de un mundo sobrenatural. Yo experimentaba emociones nuevas, me sentía cambiado, y últimamente tam­ bién me preguntaba si yo mismo no tendría algún mérito, algún talento o don oculto que acaso siempre hubiera poseído, aunque no lo supiera ¿Por qué no?, al fin y al cabo me habían elegido a mi y no a otro, y a veces hasta podía llegar a sentirme, incluso, orgulloso por eso. Sin embargo, otras veces me asal­taban las dudas y me decía que pensar de ese modo, como si yo fuera alguien con un don especial o oomo un elegido que tiene una misión, no era más que pura vanidad, o algo peor, y que mi mujer, con su sentido eomún, había tenido razón al decirme que me estaba volviendo loco.
Una noche yo estaba en pleno trabajo salpicando con óleo líquido una tela puesta en el piso, y de pronto la vista se me nubló y sentí que las piernas se me aflojaban. Me desmayé, y debí haber estado inconsciente un largo rato. Desperté tirado sobre la tela, embadurnado de pintura. Me incorporé despacio, todavía mareado, y me limpié lo mejor que pude; la barba que me había dejado crecer en aquel entonces estaba llena de óleo, como si durante el desnmyo la hubiera restregado contra la tela.
A la mañana siguiente no tuve fuerzas para levantarme, estaba exhausto y tenía el cuerpo caliente y transpiraba. Pasé varios días en cama, algunos de ellos delirando de fiebre, escuchando en mi cabeza voces que me hablaban. Fue en ese tiempo que estuve enfermo que mi mujer aprovechó para destruirlo todo. Le pidió ayuda a nuestros dos hijos mayores, hicieron una gran fogata y quemaron los cuadros, el caballete, la paleta, los pinceles, y hasta el cuaderno donde llevaba mi diario secreto. Ella misma me lo contó.
Cuando por fin me curé y pude salir de la cama, comprobé sus palabras con mis propios ojos. En el marto donde había pasado tantas noches de trabajo junto a los espíritus, no quedaba nada, sólo un armario vacío, de madera oscura, y el olor a óleo y aceite de lino que todavía impregnaba el ambiente. El día había amanecido nublado, y yo nunca antes había estado ahí a esas horas, lo que aumentaba mi sensación de extrañeza. De repente un rayo de sol entró por la ventana y dibujó un nítido rectángulo de luz que se proyectaba sobre la pared del fondo y parte del armario. Me acerqué y descubrí que allí, detrás del mueble, había quedado una pintura oculta. Estiré el brazo y la saqué; era un bastidor de unos cuarenta por sesenta centímetros y la tela estaba pintada de un solo color rosa pálido. De inmediato la escondí entre mis ropas, salí del cuarto y la llevé cmmrigo al molino sin que nadie se diera cuenta.
Esa pequeña tela salvada del fuego fue lo único que conservé de aquella época; una época que a la distancia del tiempo, más que vivida me parece soñada.
Nunca más volvieron a visitarme los espíritus, y nunca más tampoco volví a tocar un pincel. Y así, mis días como pintor, si es que alguna vez lo había sido, terminaron para siempre.

por kiwi sainz, 28 de Agosto de 2022
compartir
Libros lentos sobre arte argentino. Editores: Santiago Villanueva y Nicolás Cuello.
Con el apoyo de