Las líneas de la vida. Sobre la muestra: Los colores de los días de Lucas Di Pascuale en El Gran Vidrio (Córdoba)

Bajo el influjo del cristianismo, de un modo u otro —ya sea que seamos creyentes, o hayamos vivido los feriados correspondientes a la agenda nacional— acabamos de atravesar la cuaresma y el domingo de pascuas, fecha en que se celebra el tránsito de la muerte a la vida de Jesús, muerto crucificado.

Al decir de Oscar del Barco, la resurrección de Jesús quizás sea la única prueba que exista de la muerte (y de Dios, porque ese acontecimiento es fundador de la fe, aunque también de un mito), pues nadie puede vivir la experiencia de morir, salvo el Dios encarnado.

En la actualidad una idea de la muerte se configura en dosis diarias, a través de medios de todo tipo: por acción u omisión, es un tema recurrente desde que se declaró la pandemia, y que hoy cobra nuevo impulso desde el anuncio de la llegada de la segunda ola de contagios. Hace más de un año que todos los días contamos muertes. Algunas muertes de domingo que no volverán a la vida, y que tampoco serán inscriptas en ninguna historia colectiva, salvo bajo la forma discreta de un número en una base de datos del sistema. Entre tantas muertes, hay una que no se pudo procesar junto a otras por estos días. Como una falla arqueológica cuando se produce una fricción tectónica, esta muerte trazó una línea de vibración directa de Buenos Aires a Córdoba, y detonó con un sacudón el centro mismo del corazón de muchos de sus habitantes: murió Carlos Busqued hace apenas unos días, acontecimiento al que le suceden en el tiempo el recuerdo de anticipaciones absurdas, anuncios y deseos que el propio escritor ofrecía con ocurrencia desde siempre, en oposición a sus libros y la potencia de vida (oscura, desesperada, enloquecida, en fuga) que literalmente exudan desde “el color amarillo de la colección de Anagrama”, expresión con la cual Busqued se daba por satisfecho como escritor de dos novelas.

Bajo el influjo de su recuerdo camino por la peatonal. Esta ciudad sigue más o menos dormida —¿ cuando Busqued zarandeaba el sueño desde las noches de la 94.3 FM UTN, era la misma ciudad? ¿era la misma radio? ¿era la misma UTN?—, con más negocios cerrados y, lo más llamativo, silenciosa, algo a lo que no termino de acostumbrarme y que enrarece cada nueva visita al centro. Entre quienes andan por aquí, la pregunta por cómo va la cosa solo desvía las miradas. Hay un ánimo de incertidumbre, y un temor conspiranoico a la vuelta de cada esquina. En las librerías centrales Busqued se aparece como un fantasma detrás de las vidrieras, y es motivo de conversación, de un comentario inevitable en la complicidad lectora y el afecto del encuentro. Qué extraña sensación produce saber que ya no estará, ni escribirá, ni dirá nada que podamos comentar.

Estos pensamientos me acompañan mientras abandono el centro y camino hacia la galería El Gran Vidrio. Es una visita regular en el circuito de exposiciones de la ciudad , pues se ha constituido en tanto galería y espacio privado (con restaurante, sala de conferencias y fundación incluida) en un lugar que apuesta a la representación comercial del arte local y contemporáneo. Es un proyecto que se ha ido reconfigurando con el paso de los años y que en la actualidad, entre otras cosas y quizás como respuesta a las circunstancias extraordinarias que vivimos, apuesta a generar un vínculo más estrecho tanto con sus artistas como con quienes concurren a ver las muestras. Allí, hace un par de semanas, estrenó la muestra Los colores de los días, de Lucas Di Pascuale.

Al llegar se imponen los procedimientos de rutina, ya sea que entremos a una galería o a una panadería, con la diferencia de que aquí hay que reservar horario para la visita. Al entrar, apenas al cruzar la puerta de ingreso, se produce un contraste total con la ciudad de la cual provengo. De una peatonal vacía, de librerías en desconcierto, de un camino a la vera de máquinas que rompen todo y veredas en abandono, la sala —un enorme galpón de techo altísimo y un suelo que no se interrumpe en ningún momento—, es una explosión de vitalidad. Uno de los costados es un campo cromático que avanza en oleadas, de lado a lado y de arriba a abajo, del azul al rojo pasando por el verde. Hay una cantidad desorbitante de obra en exposición en las paredes a la izquierda, casi exclusivamente dibujos; pero aún cuando la cantidad de obra expuesta parece demasiada, no resulta abrumadora. A cierta distancia, la mirada despliega y abarca el conjunto y luego de un momento necesario para asimilar lo que está sucediendo, se dejan entrever dos capas de composición: la del tema, los motivos y la técnica por un lado, y la del tiempo, por otro. Detrás del tema se reconoce un tiempo histórico, el de Di Pascuale como artista. Un anclaje o una posta narrativa que nos da un indicio del tiempo de producción, del tiempo histórico de esta ciudad y, subiendo por el espinazo al centro mismo del cerebro, del propio tiempo individual: cada quien, llegado el caso, podrá recapitular los momentos vividos ante algunas de estas obras en uno u otro lugar del pasado.

Más allá hay un círculo de tela negra ocupando dos tercios del suelo, cuyo perímetro está conformado por libros, cuadernos, hojas sueltas y enganchadas, objetos más o menos sofisticados en su confección, pero todos formando un conjunto de hojas que se suceden y presentan para se leídas o miradas. En ellas existen y conviven listas, textos, apuntes, cuadros sinópticos, mapas de lectura, pero sobre todo dibujos, dibujos y más dibujos, que invitan a un recorrido que empieza y termina en el mismo lugar. En el centro del círculo cuelga desde el techo un cartel que reza de ambos lados:

“Si he deseado tu muerte ha sido por miedo”

Impacta y sorprende. Nada haría pensar que una leyenda así oficiaría como punto ubicuo y eje central del recorrido trazado en el suelo. ¿Quién ha deseado la muerte de quién? ¿Por qué aparece la muerte, de manera inesperada, solitaria e inevitable? ¿Quién, desde ese lugar de la mente en donde el cuerpo se detiene, ha deseado la muerte de otra persona como la única forma de seguir adelante? La resolución del miedo implica la vuelta a sí, es igual a recobrar el mundo o a volver el mundo de nuevo habitable. Eso parece suceder con los dibujos ahí en el piso, en las hojas, los cuadernos y los libros. El cartel condensa un centro gravitacional: el de la oscuridad de este agujero sin fondo. El borde perimetral podría ser su solución. Entre medio, un radio de distancia y profundidad que varía entre cada quién, de persona a persona. Una medida posible de la realidad.

Mientras tanto, lo que transcurre en este borde es la vida. Y en especial una vida cuyo tiempo es el del arte, el de un arte afirmado en esa vida particular. A modo de diario o bitácora, como una suerte de documento que nos cuenta un acontecimiento por un medio indirecto, asistimos en el recorrido circular a un compendio de registros que nos vuelven algo así como testigos, algo más que simples espectadores quiero decir: objetos descubiertos en un viaje, lecturas, tramas, el amor, animales, paisajes, emociones, plantas, artefactos, personas, el tiempo y el espacio que se revelan a través de la línea diáfana de los días. Siempre la línea como límite preciso y definitorio, pero no infranqueable, a veces el trazo de un color responde a un pincel que se pierde en la hoja.

Por fuera de la órbita de atracción de este dispositivo, la constelación que ocupa las paredes es similar. De inmediato se dejan ver, aunque en otras proporciones, textos, dibujos y pinturas. Pero están expuestos en un plano, y generan un movimiento inverso. Si en el círculo todo era condensado hacia su centro, aquí el despliegue parece empujar hacia afuera de los límites de las paredes, en un movimiento que se corresponde también con su tema. Ya no estamos en el ámbito casi exclusivo de la intimidad. Aquí se pueden rastrear las épocas de producción, ciertos acontecimientos históricos y las marcas de los procesos. Se expresa también la historia y la vida de Di Pascuale como artista, pero inserto en un mundo en relación a un devenir que excede el ámbito de lo privado o lo singular, las relaciones filiales o el tiempo compartido con seres queridos. Es una trama narrativa que ya no pertenece al diario o a la bitácora, sino que se abre a lo colectivo. Hay un mundo de las ideas que se revela con más fuerza a través de las palabras. Citas de toda clase, leyendas, voces y trabajos sobre la escritura ofician en el contexto como disparadores para relacionar los dibujos y alguna que otra pintura, cuyo formato y textura contrasta con la línea omnipresente del dibujo. El carácter de excepción de estas pocas pinturas es como un remanso, como si el color por fuera del límite de la línea nos invitara a detenernos en la construcción de ese mapa imposible que intentamos armar y que se escapa hacia afuera.

Llama la atención la acción cromática del conjunto. En el plano general, el color es un conductor del movimiento, que nace en el centro del plano, en una cruz blanca formada a partir del vacío que dejan las obras instaladas, y que se presenta de repente con una potencia inusitada. Es una cruz griega, que remite al cristianismo primitivo, usada en la actualidad por algunas iglesias orientales ortodoxas, y que difiere de la cruz latina, aquella que es usada para representar la crucifixión de Jesús. Una simboliza a Dios, y la otra al Dios encarnado. La simetría de los brazos de esta cruz entre las obras, aquí conformando sendos cuadrados con un centro, la vuelve un eje de atracción, igual que el cartel en el círculo. El blanco que la constituye, el de la pared vacía, no es un color en sí mismo en la escala cromática, sino que es todos los colores juntos, y de allí la fuerza expansiva que irradia, pues al alejarse de su centro, la luz se descompone en los espectros de color que devienen en esa oleada de movimiento y da forma total al plano, invitándonos en ese recorrido a detenernos en cada una de sus partes, lo que es igual a mirar cada una de las obras.

Eugenia González Mussano, curadora de la exposición, expresa en el texto del catálogo en relación al montaje (pensado en conjunto bajo la idea de dejar a la vista las obras de manera simple y directa, abiertas al juego de las lecturas y las miradas), que lo que se intenta es una revolución sutil. Por otro lado, y bajo esta idea de restituir al arte su uso común, se dice también que querrían sumarse como artistas al levantamiento de los huracanes y a las olas del mar en sus días más fuertes. De la intimidad de una vida a una vida arrojada al mundo.

En el catálogo se lee también que la exposición toma como eje tres pinturas de Malévich: Círculo negro, Cruz negra, y Cuadrado negro. En su última hoja, una fotografía muestra una serie de pinturas instaladas de la que fuera una exposición de Malévich en Petrogrado, a principios del s XX. Allí se puede ver la pintura Cuadrado negro, colgada en la unión justa del techo con dos paredes, un punto de fuga en el que confluye una triada de líneas y planos. En el exacto mismo lugar en la sala de El Gran Vidrio, una pintura con un cuadrado naranja llama la atención, porque sobresale del conjunto debido a su disposición. Parece un vórtice, como si hubiera algo por detrás suyo, algo como una conexión real a otras vidas y a otras obras.

Por: Matías Lapezzata


La muestra inauguró el 12 de Marzo y se puede visitar hasta el 11 de junio de 2021 en El Gran Vidrio (Av. Humberto Primo 497, Córdoba)





Los colores de los días
Lucas Di Pascuale en El Gran Vidrio (Córdoba)
Curaduría: Eugenia González Mussano

Los colores de los días, se articula en tres grandes sectores que tienen su anclaje fundamental en la estructura arquitectónica de la sala de exhibición y en tres pinturas de Malevich. Por un lado, la proyección de Círculo negro (1924) sobre el plano del espacio, la cual convertimos en una ronda de lectura donde irán sucediendo diferentes actividades durante la exposición. Por otro lado, saliendo del círculo negro y pasando por debajo de la pasarela de la galería, se encuentra un gran degradé de dibujos de diferentes tiempos de realización, los cuales dejan un vacío que conforman la segunda pintura de Malévich, Cruz negra (1915). Por último, en una sala cúbica amarilla y desde una superficie cuadrada que evoca la tercera pintura de Malévich, Cuadrado negro (1915), se proyecta un diálogo de imágenes que sintetizan charlas por correspondencia entre el artista y la curadora, sus contagios y diferencias. Esta muestra está pensada como una continuidad de los trabajos de Lucas en general y especialmente de las exhibiciones Querido Margen (Galería Hache, 2019) y de 2222 (El Gran Vidrio, 2016).


El tres es un número de eminente simplificación en el que el yo monómano y el contraste dualista han sido superados para comenzar lo colectivo.
Oskar Schlemmer

Los colores de los días alza en sus hombros una convicción cargada de dudas sobre lo que el arte es capaz de transformar en cada individuo y su aporte para una sociedad diferente. Aquí lo singular y lo plural se mezclan, se amasan, se distancian. Desde los aspectos más intangibles hasta los más materialmente visibles construimos esta muestra a partir de la creencia de que el ser es un movimiento constante de contagios y variaciones. En definitiva es un acto (Jean-Luc Nancy, 1996). En este proceso nuestras propias singularidades se anuncian confusas una a otra mientras circulan entre el espectro de referencias a las que fuimos arribando mientras nos escribíamos cartas. Acompañar a Lucas Di Pascuale en la construcción de este espacio para que sus trabajos se vean, se disfruten, se toquen, nos seduzcan, y para que sucedan muchas otras cosas como encontrarnos a charlar, dibujar o leer una carta en voz alta que nunca será entregada, propone una muestra que es un llamado al acto de participar, al acto de ser con y entre otres. Comprometernos con la idea de que cada une de nosotres construye este espacio –y cualquier otro– en la medida en que nos animamos a ir un poco más allá: sacarnos los zapatos, entrar en una ronda de lectura que también es una pintura de Malévich–, acostarnos, hojear lo que Lucas dejó allí para nosotres, mirar hacia arriba, quedarnos en silencio, entrar al color. ¿Somos capaces de dejarnos comer por la fuerza gravitatoria de este agujero negro? ¿Estamos dispuestes a dejarnos atrapar por esta región finita del universo?
Una exhibición es ante todo una pronunciación política. No es una trama solitaria sino que es una serie de sucesos que salen de ese singular-plural hacia un encuentro con lo extraño. Un virus, nos dice Preciado tomando a Deleuze, es eso extraño, es en definitiva lo extranjero. En medio de una pandemia mundial que nos mantiene a todes aislades con terror a ese virus extranjero, nos convoca en esta exhibición a preguntarnos cómo hacer comunidad. ¿Por qué seguir insistiendo en ir al encuentro con lo extraño? Este virus –nos dice Preciado– no es más que la afirmación de las políticas de implementación de las fronteras sobre los territorios nacionales y sus límites. Es decir, un síntoma de nuestro propio miedo xenófobo a lo desconocido. Y nos propone que sanarnos a nosotres como sociedad no significaría la imposición de la separación, sino inventar una nueva comunidad más allá de las políticas de identidad y las fronteras con las que hasta ahora hemos sido producides.

Para recorrer estas preguntas quisimos volver a algunes artistas, nos dejamos seducir por las primeras décadas del S.XX para rescatar de aquel entonces las maneras en que las teorías estéticas estaban ligadas a sus teorías políticas. Éstas entrelazaban la autonomía de la representación para crear una nueva sociedad anclada en la democratización del arte y la colectivización de la enseñanza artística. Invocamos aquí a Malévich, Schlemer y a todas las mujeres anónimas de la Bauhaus. Podemos pensar que la revolución no fue lo que esperábamos, pero decidimos tomar de esas formas lo que nos convenía, mientras íbamos construyendo este espacio a puño y letra. En este camino largo de intercambios donde nos dejamos hechizar por las ideas de la revolución e interpelarnos por nuestros contextos, los deseos de cambio iban macerando junto a la pandemia y la reclusión. Lo primero realmente llamativo para mí fue ver que nuestras letras se parecen al punto de que se podría confundir la de Lucas con la mía. Contraté a una grafóloga para que de alguna manera lo reafirmara y diera alguna hipótesis sobre nuestra confusa identidad. Sus letras se parecen y tienen una rusticidad sensual –afirmó ella–, una rusticidad sensual semejante a la de los inmigrantes que llegaron a América en los años 20. Para mí esa fue la clave, no solo estábamos hablando con nuestres antepasades artistas de las primeras décadas del siglo que habitaron en Rusia o Alemania, sino que estábamos dialogando con nuestres propies bisabueles inmigrantes que escaparon de aquellos lugares bajo el horror de las guerras. Quizás estamos aquí para inventar respuestas a esos dolores personales y colectivos. Sin duda el arte es una vía poderosa para curar y romper estructuras que ya no nos sirven, sobre todo en ese lugar en el que escapa a la captura de su especialización y conecta con la maravilla y con la experiencia de lo inexplorado. Repetir los saberes como verdades fijas desconociendo nuestras propias experiencias conforma sociedades alienadas atadas a un pasado de respuestas que ya no nos pertenecen.

Es crucial encontrar formas de pensar, más allá de las palabras, que nos sirvan para relacionarnos con el mundo de manera distinta. Con Lucas llegamos a un acuerdo: no nos interesan las ideas fijas, sino la libertad de visión, sensación y pensamiento que produce la continua curiosidad con las cosas y que invita, a quien quiera entrar a la sala, a enfrentarse directamente con la riqueza de esta pequeña porción del mundo. Nuestra revolución es sutil, nos sumergimos en el levantamiento del polvo, en la calima que solo se nos hace visible cuando un rayo de luz la atraviesa. Esto conlleva asumir el fracaso de las certezas unificantes y la posibilidad de vivir entre la multiplicidad de temporalidades. En todo este proceso nos dimos el tiempo de desorientarnos, de no cerrar, de no imponer; en todo este proceso nos dimos la oportunidad de que lo ya instituido no nos determine; nos dimos la posibilidad de afectarnos mientras trabajábamos, de llorar con una carta. Queremos restituir al arte su uso común, la creación viva opuesta al resultado aurático. Queremos sumarnos como artistas al levantamiento de los huracanes, a las erupciones volcánicas, a las olas en sus días más fuertes, pero también escuchar al esternón cuando respiramos y abrir el pecho para que lo extraño nos acaricie.








Lucas Di Pascuale. (Córdoba, 1968). Realizó estudios de grado y postgrado en la Facultad de Artes de la UNC –donde se desempeña como docente–, y continuó su formación en diversas residencias en arte: Lakshmi Nivas, Kerala, India 2020; La Perla, Córdoba 2011; Rijksakademie, Amsterdam 2008; Shatana, Jordania 2007 y Pintura além da pintura, Belo Horizonte, 2006, entre otras. En sus trabajos, el dibujo, la escritura y la práctica editorial tienen un marcado protagonismo, indaga relaciones entre lo íntimo, lo cotidiano, lo público y lo histórico; relaciones entre lo singular y lo plural; entre lectura, dibujo y escritura; habita lo común entre práctica artística y práctica docente; propicia contagios que promueven lo original desde su ausencia. Ha publicado los libros Lakshmi Nivas (conjuntamente con Sandra Abichain), 2020; Cartel, 2019; Ijota, 2017; Apunte Daleo-Apunte Jouvé Del Barco, 2016; Ali/Lai, Lau/Zip, 2014; Distante, 2014; Hola tengo miedo, 2011; Taurrtiissttaa, 2009, y H31 (conjuntamente con Gabriela Halac),2001. Entre sus distinciones se destacan las obtenidas en el Salón Nacional, en el Premio Castagnino Macro, en el Premio de la Fundación Klemm y en el Salón Ciudad de Córdoba. Sus trabajos forman parte de importantes colecciones públicas y privadas. Lucas Di Pascuale es un artista representado por El Gran Vidrio.


Eugenia González Mussano. (Bahía Blanca, 1983). Se licenció en Pintura en la Universidad Nacional de Córdoba, ciudad donde actualmente vive y trabaja. Es artista visual, docente, investigadora y curadora independiente. Recibió la beca para el Programa de Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella (2020-2021) y la beca de formación del FNA (2019-2020) para realizar la residencia URRA en Tigre. Obtuvo además varias becas a nivel nacional que le permitieron continuar su formación en residencias y clínicas dentro del país. Ha realizado muestras en Córdoba, Rosario, Tucumán, Buenos Aires y Madrid. En 2016 coordinó el Programa de Arte Contemporáneo del Centro Cultural Casa de Pepino. Durante el 2017 formó parte del equipo de trabajo de Unidad Básica Museo de Arte Contemporáneo de Córdoba. Recibió el premio Obrar para proyectos colectivos de la Municipalidad de Córdoba en los años 2017 y 2019. Participa del equipo de investigación en arte contemporáneo de Córdoba desde el 2016 hasta la actualidad (FA-UNC). En 2018 fue curadora de la muestra Lo que se hace por amor en el Museo Genaro Pérez, ese mismo año quedó seleccionada en el Salón Nacional de Artes Visuales en la categoría instalación. Actualmente desarrolla el proyecto pedagógico y de investigación La Escuela de la Sospecha y forma parte del proyecto HOTEL INMINENTE 556, espacio de producción de artistas contemporáneos en Córdoba.




por Matías Lapezzata, 5 de Abril de 2021
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