El ojo bajo la tela

Las orejas no tienen párpados. Artistas varias en Espacio Cultural Museo de las Mujeres (Córdoba) desde el miércoles 10 de marzo de 2021 hasta el viernes 7 de mayo de 2021.
Sobre "Desarmario", de Constanza Ruibal, muestra curada por Laura del Barco y Cecilia Salomón

La mañana está gris y una lluvia cae en gotas gruesas y aisladas. Quizás es por el clima, pero pareciera que quedaron lejos aquellos días en que el centro, un viernes de marzo cerca del medio día, era un bullicio de gente. También de autos, colectivos y trolebuses exudando el veneno del que se alimenta cualquier mortal que guste de un paseo por estos lados. En comparación, casi no hay tránsito, aunque habría que decir también que la circulación hoy está entorpecida hasta la exasperación con el programa de bacheos de la municipalidad y todo se amontona igual. Caminar hoy por el centro de la ciudad de Córdoba da hambre. Algo falta, algo parece que irremediablemente no está porque se ha ido. A la vista, las persianas bajas de algunos comercios que han cerrado en el área peatonal, hablan por sí solas. Mientras los días marchan y los negocios que quedaron en pié siguen su curso entre ofertas y liquidaciones varias, hay un diálogo entre estas persianas que no se van a levantar, una conversación que como un rumor deambula entre las cuadras y los interiores desolados de las galerías: otra vez, la sensación de que hay algo que falta, algo que no está, algo que se ha instalado e indica de un modo oscuro una ausencia. Sigo caminando y me sorprende también el silencio, y llegando a la plaza San Martín caigo en la cuenta de que sobre finales del año pasado se restringió el tránsito vehicular en la calle 27 de abril, la volvieron peatonal y ahora la plaza, que era quizás el más grande centro neurálgico, está desierta. Por esta calle pasaban todas las líneas de colectivos que existen, todos los taxis que andaban a la deriva en el centro: aquí llegaba y desde aquí partía todo el mundo que anduviera en el centro. Y ahora nadie camina por acá, y el único foco de gente que se aglomera ya ni siquiera tiene que ver con el show de dos históricos clowns callejeros, sino que son personas que esperan por un hisopado en una carpa sanitaria que el gobierno de la provincia ha instalado como medida de control. El tránsito se prohibió al declararse una necesidad arquitectónica. Por ser una calle muy transitada y sobre todo por vehículos muy pesados, corrían riesgo las estructuras de los edificios circundantes, que son patrimonio de la humanidad. La Manzana Jesuítica hace tiempo que acusa recibo de las molestias que le ocasiona la vida libre de las máquinas: grietas, rajaduras, descascaramientos, filtraciones, ruido y campanas que suenan solas inquietan la vida y el futuro de quienes velan por los intereses más secretos y divinos de este antro. Hace ya tiempo cerraron la calle Caseros, para proteger la estructura de la iglesia de la Compañía de Jesús y el convento del frente que es una extensión del edificio de la Academia de Ciencias. Ahora el riesgo principal lo corren el edificio del Banco de Córdoba y la iglesia Catedral.
Por casualidad, mientras escribo estas palabras, en Turno Noche, programa de radio del final del día de Cadena 3, escucho una de las noticias que estuve viendo circular de titular en titular desde temprano, cuando comencé la jornada, y que se relaciona directamente con eso: se inauguraron las obras para la construcción de la cuarta Gran Manzana de Córdoba. Se trata de unos tramos de las calles Rondeau, San Lorenzo y Buenos Aires, en la zona que limita con el Paseo del Buen Pastor del barrio Nueva Córdoba. Se restringiría la circulación vehicular a un carril, con la intensión de extender las veredas y ganar territorio para peatones y bicicletas. Por la radio sacan al aire comerciantes indignados que no saben si sobrevivirán a la merma del 50% de clientela que impone a diario la obra; desde la intendencia aseguran que es un plan ideado junto a comerciantes para devolver la ciudad a las personas, siendo que al momento ha sido tomada por los autos. Me pregunto en qué personas estarán pensando. En esa zona se destacan el Paseo del Buen Pastor, la iglesia de arquitectura gótica de Los Capuchinos, con su cúpula ausente y perdida en el Océano Atlántico, y una jungla de edificios donde viven, sobre todo, estudiantes de la UNC. En la radio ilustran la nota con la canción New York, New York, interpretada por Frank Sinatra. Es un guiño que aniquila las quejas indignadas que salen al aire, pues el horizonte que avizoran y por el que anhelan desde la radio más federal del país, parece ser el de una ciudad cosmopolita, construida a medida de turistas que nunca vendrán. Córdoba parece la imagen de un canal mal sintonizado en una televisión a tubo: el ruido se impone en cualquiera de los registros de que se trate.

Y el tránsito parece ser el tema hasta ahora. Llego caminando al Espacio Cultural Museo de las Mujeres, hacia donde me dirigía al principio de todo esto y en donde se inauguró recientemente la exposición colectiva Las orejas no tienen párpados. Luego de los trámites de ocasión que la convivencia con el Covid-19 impone para el ingreso, un empleado me indica muy gentilmente el recorrido que tengo que hacer, cómo debo transitar las habitaciones y las muestras. Aquí también hay problemas de congestión: se prefiere que no haya más de un visitante por sala, así que luego de tomarme la temperatura y descubrir que estoy más bien fresquito, me sugieren saltearme la primera habitación porque allí ya hay alguien, pero no hago caso y me pregunto qué pensará al respecto mi compañera ocasional de sala, que no dice nada.

Lo primero que hago es leer el texto de Elena Anníbali ploteado sobre una de las paredes del hall de ingreso. Es un texto de una belleza que me toma por sorpresa. Diría que es pura literatura, invención que transforma el mundo circundante. Intuyo algunos de los conceptos que allí se despliegan, pero al estar vinculados a las obras que todavía no vi, quedan flotando ante los ojos y en espera de volcarse sobre las obras como una compañía testigo. Una cosa del texto me queda especialmente grabada: se retoma la idea de proceso, tan cara al arte contemporáneo; la idea de un trabajo, de un hacer, de una manifestación que aparece siempre como inacabada, en una tendencia que busca en cada instancia llegar a una resolución total, la de la obra, pero a la que se llega en cada momento solo para continuar hacia delante en una proyección sin final.

Proyectado hacia delante por la fuerza del texto, recorro las habitaciones en el orden inscripto en flechas impresas sobre el suelo, para detenerme ante una mesa en la primera de las tres habitaciones que ocupa “Desarmario”, la muestra de Constanza Ruibal. Al modo de un gabinete de curiosidades despliega un arsenal de guiños hacia el pasado de la industria textil, de la vestimenta y de las filiaciones y vínculos que las herramientas y las costumbres construyen sobre los cuerpos que las portan. No tengo especial afinidad para la contemplación, en el campo del arte, de objetos dispuestos como un grupo taxonómico, totalidad que, con sus límites, en general intenta la construcción de una genealogía y en la mayoría de los casos el orden impuesto no supera la forma de una lista, en donde los objetos comienzan y terminan allí mismo, sin poder trascender la arbitrariedad de la disposición a la que fueron sujetos, despojados de su historia, aún en contra de cualquier intención, como un insecto muerto que no puede más que representarse a sí mismo clavado contra una superficie muda por un alfiler invisible. Y como un golpe siento una especie de vacío del sentido: el músculo del ojo perdió elasticidad. Es la primera muestra que visito en más de un año, porque los museos estuvieron cerrados. Me asalta la ansiedad, pero me quedo quieto en esa habitación en donde hay mucho más todavía; un campo textil expandido toma también las paredes y despliega un lenguaje, hace uso de la palabra quiero decir. Entra en juego entonces un vehículo que trae consigo una narrativa afectiva que nos permite viajar al inicio mismo de la historia de la vestimenta, que apareciendo como tal sobre la segunda mitad del siglo XIX, estaba sujeta y bajo el domino de archivistas, sucesores de aquellos medievales tardíos que crearon diccionarios y fechas de nacimiento para las prendas de vestir ligadas a los ciclos de los reyes. No llegaba a pensarse todavía la vestimenta como un sistema, como una indumentaria, una estructura que es mucho más que la sumatoria de unas prendas que iban naciendo y comenzando a usarse unas, para dejar de usarse otras. El período romántico dio el puntapié inicial para estos estudios: para las obras de teatro los actores necesitaban representar con exactitud una época, y los datos y fechas de una nomenclatura científica ayudaban a esa tarea. Y entonces este gabinete se expande en el tiempo pero también en el espacio, y sobre la pared a mi derecha un principio alquímico descompone una rosa que cobra presencia y me indica algo que hasta el momento era solo una sensación: todo lo que veo expuesto construye un camino de transparencias y texturas que me llevan a otro siglo, hay un principio arqueológico que opera y esto se confirma en la siguiente habitación, donde se hace patente e inscribe a la vestimenta en un sistema formal organizado, contraponiendo de manera evidente su caracter estético con su esencia práctica, de objeto de utilidad. Hay prendas enmarcadas bajo el soporte de la tradición del arte, convertidas así en un signo visual que las pone en tensión y hace irrumpir una erótica: estos objetos, aquí más definidos en tanto prendas, cargan también con el peso de la moda, y así nada es simplemente lo que parece ser. Aquí no se trata tanto de escuchar como de ver, pues esos guantes y esas camisas no están estáticas, reclaman un uso y cobran vida, como si flotaran en medio de un sueño en contraste con la oscuridad total y el vacío, emanando sutiles efluvios que nos recuerdan que hubo quienes las portaron. Las imágenes parecen estar al acecho y producen fascinación. Recuerdo el vestido rojo de In fabric, película de Peter Strikland, flotando en la pieza de su nueva dueña a la espera de una próxima acción macabra: el rojo escarlata y brillante sincretiza la industria de la moda, que sobrevuela los cuerpos y eventualmente los mutila. Me estoy yendo de la habitación pero vuelvo sobre mis pasos y saco una foto a esos cuadros, una acción de registro que busca apresar el delicado poder fantasmático y la atracción que me transfieren, como si esos guantes me agarraran los ojos.

La muestra continúa en la siguiente habitación, que podría ser un tercer y concluyente movimiento. Ahora algo ha detonado, tanto las prendas como el lenguaje, y el “Desarmario” opera bajo su potencia real: el principio arqueológico se presenta en su doblez. Si antes el desarmado de las prendas historizaba y ponía en relieve tanto la técnica como los procesos culturales y las aprehensiones del lenguaje que las ligaban a una afección (porque no todo es de una multiplicidad infinita, y los signos se cristalizan en la palabra, en la lengua como límite definitivo ante lo abierto de la imagen), ahora, y a través de un proceso de reconstrucción, se alcanza una nueva instancia, pues no se vuelve al punto de partida. Unas prendas sobre dos sillas recuerdan el roce de la piel, al tiempo que parecen ya haber abandonado toda posibilidad de vestir un cuerpo, aunque no de evocarlo. Hay una sustancia que se crea, la de lo corpóreo, que aparece ahora con evidencia. Sobre otra silla, retazos de tela crecen y ocupan el espacio, lo visten más allá de cualquier uso tipificado por las costumbres, la historia y la moda. Quizás estemos en el territorio del arte más tradicional de manera inequívoca: las telas cobran una dimensión escultórica, y su poder de vestimenta refieren no ya a lo humano, sino a lo concreto de la materia, cualquiera sea, y también a su simple capacidad de llenar el vacío. Recuerdo el texto de Anníbali mientras las palabras que nacen inscriptas en una cinta de tela construyen un camino: lo recorro siguiéndolo como si fuera por una ruta en medio de la noche, y me atrevo a tocar la superficie, modificar su rumbo, construir de buenas a primeras un inesperado destino. Siento la tracción y el movimiento y dejo la sala y salgo afuera y el edificio vacío de la antigua Legislatura Provincial aparece de frente elevándose contra el cielo y la lluvia. Me recuerda que en todo sistema lo que se instala de manera fáctica, y el de la industria textil y la vestimenta no es la excepción, es un cuerpo legal que regula lo que está permitido y lo que no. Ilvanando, recortando, tiñiendo, escribiendo, instalando, extrayendo, montando y cosiendo, Ruibal parece moverse en los intersticios que se preguntan, entre otras cosas, por esa construcción de poder.
Doy vuelta a la esquina y sobre la Dean Funes, en la entrada al Pasaje Santa Catalina, un flaco con una guitarra acústica comienza a tocar Wilde Horses, de los Rolling Stones. De inmediato me embarga una alegría inmensa y pienso que está muy bien que las orejas no tengan párpados. Sigo mi camino y mientras la canción se pierde a lo lejos, pienso que en realidad lo que dice la muestra, es que no se puede vivir con los ojos cerrados.

Hasta el viernes 7 de mayo de 2021 en en Espacio Cultural Museo de las Mujeres - Rivera Indarte 55, Córdoba - (Córdoba)

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