Autorretrato y encierro: un registro íntimo sobre la transmutación del cuerpo

Cinco meses atrás, hubiera parecido utópico pensar que nuestra vida transcurriría en un único espacio. Repentinamente, de manera brutal, la cotidianidad que nos mantenía distraídos se desvaneció. Tuvimos que enfrentarnos con nosotros mismos y el desequilibrio se hizo evidente. El vacío y el miedo se fusionaron con breves instantes de felicidad, euforia. ¿Qué siente el cuerpo cuando todo a su alrededor se pone en pausa? ¿Cuándo no podemos huir de esa confrontación con nosotros mismos? A través del autorretrato, tres artistas lograron dejar registro de ese instante -valiente, improvisado y algo desprolijo- de la transformación de su cuerpo y de la eterna búsqueda de su verdad interna.


Del miedo al orgullo: cuando la queerización tiñe la imagen

Cuando Pablo Gómez Samela, artista visual queer, se animó a autorretratarse por primera vez, sobrevivía adaptándose a la heterónoma para evitar la discriminación y las burlas que había sufrido tiempo atrás cuando sus compañeros de colegio se dieron cuenta de que era “trolo”. Con la cámara analógica tapando su rostro y frente al espejo, así se mostró en ese primer autorretrato. Hasta que comenzó a fotografiar otros cuerpos y se olvidó del suyo.

Años después, la pandemia lo obligó a enfrentarse a sí mismo. A ese que habita en él y que había puesto en pausa por la presión social. En confinamiento sintió el impulso de volver a fotografiarse, dejándose llevar por un instante de libertad y confianza plena. Colgó una sábana rosada detrás suyo y posó en la terraza, luciendo unas medias blancas y calzoncillos del mismo colot. ¿Pero esa era la representación de sí mismo que buscaba alcanzar? No todavía.



Cuando volvió a autorretratarse se animó a llevar la estética -cargada, colorida y algo kitch- que lo moviliza a su esfera más íntima. Construyó la imagen incorporando elementos que muestran quién es: obras de artistas amigos, una pera de cristal que encontró en su casa de Corrientes, un póster de Britney Spears y los libros que dejaron huella en él. Logró convertir esa imagen en un objeto deseable y despampanante. Del vacío al exceso; del miedo al orgullo.



Pablo en la terraza, Pablo en su habitación, Pablo en un río cordobés; yuxtaposición de imágenes -de un tiempo incierto- que gritan quién buscó ser y dan testimonio de su fluidez.

“A partir del último autorretrato, logré reflexionar sobre mi adolescencia y mi sexualidad cuando vivía en Corrientes, cómo fui creciendo y sintiéndome cada vez más libre. Es un registro de mi evolución mental y de la liberación de mi cuerpo”, reflexionó.




La (re)construcción de la identidad tras la vida en pausa

La presión estética que irradia el modelo hegemónico opresor afecta a Irina Iliopulu desde que tiene noción. Sin embargo, su inseguridad se potenció cuando le diagnosticaron tricotilomanía; una compulsión que provoca que se arranque el cabello y se lastime el cuero cabelludo como método de descarga. Su autoestima se fue deteriorando, alcanzando un fuerte cuadro de fobia social y la imposibilidad de verse reflejada en el espejo. Se aisló y dejó de sacarse fotos. Durante años se negó al autorretrato. Ese que, instintivamente, se hizo por primera vez a los 13 años.



Irina dejó de mirarse al espejo cada mañana por miedo a ver los agujeros y las lastimaduras que ella misma se provocaba. Hasta que se animó a autorretratarse de nuevo buscando que la -nueva- representación de sí misma en la imagen fuera más amable. Ese reflejo imaginario en el que intenta reconocerse a pesar del trastorno dismórfico corporal que le produjo el haberse dejado de autopercibirse durante años.

En confinamiento sintió el impulso de raparse, después de un fuerte episodio de compulsión que dejó en evidencia que, por un momento, la tricotilomanía tomó el control de sí misma. El reflejo que el espejo le devuelve a Irina -angustiante, brutal, borroso e irreconocible- es el reflejo de muchas personas que, en silencio, conviven con este trastorno. Aquellas que pueden sentirse representadas por este impulso de encontrar otra versión de sí mismos, menos dolorosa, en imágenes. Un encuentro más afectuoso, teñido por la complicidad que en los peores momentos la artista halló en la fotografía.



“Me costaba soltar los últimos mechones de cabello. Sentía que al raparme me estaba dejando ir. Enfrentarme a mi primer autorretrato rapada fue durísimo. Pero con esos rastros de cabello también logré desprenderme de una etapa de mucho dolor e inseguridad. Este último autorretrato deja en evidencia quién soy. Soy Irina y tengo tricotilomanía”, expresó.




El desafío de habitar(se) en un mundo hegemónico

Desde hace años, Ana Harff se dedica a retratar cuerpos disidentes. Sin embargo, le había dado la espalda al autorretrato porque no se sentía lo suficientemente interesante para estar frente a cámara. Posar para sí misma nunca fue una opción.

Durante la mayor parte de su vida, Ana fue dueña de un cuerpo hegemónico. Hasta que por un problema de salud subió de peso y su corporalidad cambió de forma radical. Dejó de mirarse y de ser empática consigo misma. Tras seis años sin autorretratarse -por miedo a confrontarse con su nueva representación corporal- se animó a dar vuelta la cámara y a posar a solas en su habitación.



Desnuda y atravesada por un ínfimo rayo de sol, Ana reinició el diálogo consigo misma a través del autorretrato. Con la intención de desterrar el imaginario de que todo tiempo pasado fue mejor, construyó una nueva imagen de sí misma -apacible y fuerte- en la que aún hoy busca (re)encontrarse.
La pulsión que la habita durante el proceso creativo previo a fotografiarse no le es significativa. En cambio, sí lo es el ejercicio de confrontación con la nueva representación de sí misma. Esa nueva Ana que construyó y capturó con la intención de volver a sentirse dueña de sí.



“Estoy aprendiendo a mirarme con los sentidos puestos en mi cuerpo, dejando de lado lo que está a mi alrededor y aplacando mi formación de fotógrafa. La confrontación con ese primer autorretrato fue conflictiva. Me enseñaron que el cuerpo es un campo de batalla y que no es posible estar satisfecha con él. Sin embargo, el ejercicio de buscarse en la imagen, más allá de si logres aceptarte o no, ayuda a tener una mayor amabilidad con tu cuerpo. El desafío es intentar no ser tan crítica con la que veo allí”, cerró.





Irina Iliopulu es fotógrafa analógica. Su trabajo se enfoca en el cuerpo desnudo, la sensualidad, el erotismo, la intimidad y la diversidad de la belleza. Con sus fotografías intenta que todas las personas puedan sentirse representadas demostrando que la diversidad anatómica es hermosa en todos sus sentidos.

Instagram: @iriniiliopulu

Ana Harff es una fotógrafa brasilera residente en Buenos Aires. Trabaja principalmente con desnudo y retrato hace aproximadamente 5 años. Utiliza este medio visual como forma de visibilizar las diversas maneras de ver, sentir y ser de los cuerpos. Actualmente, se dedica a dar clases de fotografía y técnicas experimentales. Su principal objetivo es, a través de sus imágenes, reflexionar sobre las infinitas representaciones de las mujeres y su rol dentro de una sociedad en constante cambio.

Instagram: @anaharff

Pablo Gómez Samela es un artista visual de Corrientes, que trabaja con fotogra­fía digital y analógica, video documental, videoarte y videoclip. Es Diseñador Gráfico por la UNNE y Especialista en Diseño Comunicacional por la UBA. Define su obra como pop y kitsch. Vinculado con la escena queer, la música under y el activismo en la ciudad de Buenos Aires.

Instagram: @pablogomezsamela

Agustina Rinaldi es periodista especializada en estudios de género. Actualmente, trabaja en Artear donde escribe sobre artes visuales para TN. Escribió para el suplemento feminista Las 12 de Página 12, para el diario La Nación y colaboró en Border Periodismo. También, formó parte del equipo de Editorial Atlántida durante cinco años. En sus textos aborda las diversas disciplinas de las artes visuales desde una perspectiva de género. Le interesa especialmente reflexionar sobre la corporalidad y las disidencias.

Instagram: @agustirinaldi


por Agustina Rinaldi, 1 de Agosto de 2020
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