Baile

Este texto fue publicado en Artischock (Chile)


Una mañana de julio de 1518 una joven mujer llamada Frau Trofea apareció por una estrecha calle de Estrasburgo bailando sin razón aparente. Los vecinos recibieron con gracia y aplausos los movimientos alegres y delicados de la mujer, pero en el transcurso del día se fueron tornando toscos y desenfrenados. El paso de las horas trajeron la luna y la luna un nuevo escenario. El trance de Trofea continuó hasta que su cuerpo se desplomó en el suelo por el cansancio. Pero para ese momento, no era ella sola la que bailaba, sino que se le habían unido unas seis personas más que movieron su cuerpo enérgicamente durante toda la madrugada. A los días siguientes se podían ver formas abstractas de sangre seca en las calles de tierra causadas por las lastimaduras en los pies de los distintos habitantes que no paraban de bailar.

En vistas de que el número de personas que se entregaban al fulgor de baile crecía, las autoridades junto a médicos y monjes decidieron tomar medidas concretas al ver que el diálogo y la persuasión eran inútiles. Designaron al Mercado de granos ubicado detrás de la catedral como espacio público para aglutinar a todas las personas afectadas por el pulso inésperado del baile. Se instalaron plataformas y contrataron músicos para acompañar a los danzantes. Para fines de agosto se contaba con más de 400 personas que bailaban sin parar y con más de un centenar de fallecidos por infartos, derrames y agotamiento. Más tarde la historiografía denominó a este suceso como la epidemia del baile. En el registro de la época se concibió como un castigo religioso aunque más tarde varios científicos adjudicaron este hecho a un caso de psicosis colectiva provocada por fuertes hambrunas y múltiples enfermedades que azotaban constantemente a la población.

Desde hace unos días que estas imágenes de una rave renacentista se me aparecen constantemente como una forma de pensar la futura organización de los cuerpos.
El aislamiento obligatorio que vengo llevando hace más de un mes cambió radicalmente mi percepción del tiempo, que ahora se volvió un tanto viscoso. El cuerpo en cambio se convirtió en algo mucho más denso y pesado. Como si los pasos de cada nuevo día cargaran con todo el peso del cuerpo del día anterior y se fuera acumulando. Un tedio insoportable. Leo por arriba los distintos artículos que hablan sobre la pandemia: desde los conspirativos hasta los conciliadores. Ninguno me interesa demasiado. Me tocó estar en un país donde se tomaron medidas a tiempo. Tenemos una tasa de infectados y muertes baja y las medidas de contención social por ahora funcionan. Con suerte quizás en un futuro cercano se discuta un impuesto a la riqueza. Pero en verdad lo único que puedo pensar en estos días de inmovilidad corporal es en cómo vamos a bailar en el futuro. Cuánto tardarán en volver las fiestas. Qué recaudos tomaremos. Cómo serán los nuevos lugares destinados a los encuentros. Me resisto a pensar que la respuesta son las pantallas digitales.

Lo único generoso de la incertidumbre para quienes habitamos ciertos privilegios como el del techo y la comida es el abanico de posibilidades que abre a la imaginación.
Es claro que en algunos territorios surgirán políticas totalitarias que intentarán suplir las fallas del capitalismo, que la economía caerá y el desempleo crecerá alrededor del mundo. Pero de verdad me interesa pensar en cómo bailaremos. Sí el SIDA se instaló en los años ochenta para reconfigurar la manera de encuentro de las disidencias a través del pánico ahora trato de pensar en cómo afectará el covid 19 a la relación con nuestros cuerpos. ¿Surgirá un nuevo under? ¿Habrá fiestas laberínticas que nos obliguen a mantener una distancia fluída? ¿Nos acostumbraremos a los tapabocas tuneados y a los guantes de latex con uñas de fantasía? ¿A las máscaras protectoras? ¿Aprenderemos a mezclar palabras con gestos para ampliar nuestra manera de comunicarnos? ¿Perderemos de a poco la forma humana?

No tengo respuestas a estas preguntas, pero multiplicarlas me ayuda a lidiar con la sensación de que las cuatro paredes en las que me encuentro se reducen cada día un poco más.



Rodrigo Barcos (1991). Egresado del Bachillerato de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente, estudia la Licenciatura en Política y Administración de la Cultura en la Universidad Nacional Tres de Febrero. Exhibió individual y colectivamente en UV estudios, el Museo de Bellas Artes “Timoteo Navarro” de San Miguel de Tucumán, el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca y el Museo Provincial de Bellas Artes “Emilio Pettoruti”. Colabora con distintas revistas de crítica y poesía. Fundó la galería BÚM (2015-2018) en la ciudad de La Plata y curó exhibiciones en la Sala Microespacio del MPBA.


por Rodrigo Barcos, 27 de Abril de 2020
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