Frutillas y cerezas endulzando el vino fresco de verano. Por Eugenia Viña

La vida de las pinturas. Paola Vega en Calvaresi Contemporáneo desde el jueves 19 de marzo de 2020 hasta el viernes 22 de mayo de 2020.


Frutillas, cerezas y un ángel besando las flores. Como el vino de verano de Nancy Sinatra, esa frescura alegre vibra en las pinturas de Paola Vega. Sus frutas, sus crisantemos y sus naranjas son chinches pegadas en nuestra cabeza, recordatorios de alegría. Es un cosquilleo, un regodeo para el cuerpo. Mientras tanto, los cuadros más grandes acompañan como fantasmas, brumas que generan un mareo precioso, esos que tenemos cuando perdemos un poquito el eje, después de esa botella de verano.

Algo sucede allí con el tiempo. Algo eclipsa, pero sin estallar. No son obras del presente. Tampoco están en el pasado ni del futuro. Son pinturas con otra temporalidad. Piezas de colores, apariciones felices, que se mueven con el ritmo de los recuerdos. Recuerdos vivos.

Me hacen acordar a Lorrie Moore, cuando se pregunta quién se hace cargo del hospital de ranas: “No importa cuánto anticipes algo; te acostumbras tanto a que forma parte del futuro que su presente, su llegada, su fuerza y su presencia, te sobresalta, te sorprende, como si apareciera de repente un fantasma usando un perfume y unas botas conocidas.”

El reino de Paola Vega es tan sencillo que desconcierta: Bananas aplastadas, Floreros con flores, Naturaleza muerta con Tomate, Flor con moño, Sandía metafísica, La piña naranja, Flores con frutillas. Huele a raíces mexicanas. Tanta fruta, tanta flor. Tanta vida carente de ambición, pero sin ninguna ingenuidad. La historia ronda “La vida de las pinturas”. La personal, la doméstica, la infancia. Y también la social, a través de jarrones, sillones y lámparas que acompañan la formación de los fantasmas y el disfrute de las frutas.

En paralelo a la exposición la editorial Ivan Rosado publicó el primer libro de la artista: “Las promesas”. Son retratos de mujeres artistas pintando, trabajando. Vega tiene presente los prejuicios de género hacia la pintura “femenina” así como total consciencia de que esos espacios que ella festeja en su muestra han sido espacios donde la mujer había quedado históricamente relegada: el ámbito de los doméstico.

Una vez más, la artista nos desorienta, potenciada por una curaduría maravillosa en manos de Jimena Ferreiro: acompañando desprejuiciadamente sus frutas danzantes y sus fantasmas, varios muebles se distribuyen en el espacio, generando la sensación de un living. Una casa. Probablemente, no es un hogar donde ese tipo de pinturas hubiese sido colgado. También allí hay un desfasaje. Pero algo ayuda. Es como si tanta madera oscura y tanto mueble contundente, le dieran peso, bajaran a tierra, la obra de la artista. Una vitrina francesa de la década del 30 de caoba y cristal, junto a un par de mesas de apoyo en madera de nogal. Sillones de caoba, jarros de vidrio sesentosos, planteros con pie en cerámica vidriada inglés. Objetos presentes en los hogares de cierta clase media argentina de la década del 60/70, cuya pesadez contrasta con la liviandad de las pinturas pero donde, entre ellos, probablemente la artista haya configurado esa primera mirada. Ella dijo: “Mis referentes en el arte los conocí de adulta, pero mi ojo se construyó en la infancia”.

La vida de las pinturas festeja el acto estético donde la memoria se sacrifica para permitir el nacimiento, siempre renovado, de la percepción. Una percepción ambivalente, movediza, inquietante. Los recuerdos como preciosos caramelos. Los fantasmas como cálidos guardianes. La pintura como una fiesta. Si, tal vez, como dijo el poeta, lo más profundo sea la piel.

Por Eugenia Viña





Texto Curatorial

La primera vez que hablé extensamente con Paola Vega acerca de su pintura fue en su exposición La posibilidad. Recuerdo que lo hicimos sentadas en un pequeño banco de madera ubicado frente a las pinturas que se desplegaban delante de nosotras: era prácticamente como estar en un balcón frente a la inmensidad, las pinturas parecían bruma y nos envolvían como una nube. Luego ese banquito se volvió un paisaje habitual en sus exposiciones, un modo de pensar la pintura y sus dispositivos de exhibición. Yo seguía su trabajo como pintora al igual que los posteos que hacía regularme en FB (por entonces la red social más visitada) donde publicaba fotos de artistas en sus contextos de trabajo. Es verdad que muchos de esos registros tenían impronta heroica y la mayor de las veces sus protagonistas eran artistas varones. Pintura y virilidad fue un cliché del retrato fotográfico moderno, por eso mismo su pesquisa se transformó en una investigación sobre artistas mujeres, pero esa es otra historia que celebra hoy la salida de su libro Las promesas por la editorial Iván Rosado.

Lo que reparó mi atención por entonces fue la posibilidad de reconstruir mediante esos archivos la vida anterior de toda obra, me refiero a todos los espacios que habitó antes de encontrarse con una sala de exposiciones y entrar en el flujo institucionalizado de la mirada y la lógica curatorial. Me gustan esas fotos porque más que reproducciones de obras en su carácter aurático son registros de sus tránsitos y de una existencia siempre más nómade y contaminada que la que podemos imaginar cuando las vemos impecables en el espacio neutro de una muestra. La pintura en el taller se apila, en la casa del coleccionista se ubica arriba del sillón, y en el mejor de los casos –y si llega al museo–, se cuelga a la altura de la visión tipificada por la estética moderna.

La pintura siempre miró a la pintura y ese principio fundó su discurso autónomo, pero en relación a este nuevo proyecto de Paola Vega me interesa situarme en el extremo opuesto a esta afirmación porque no se trata de reconstruir las citas eruditas que encuentran correlato en la narrativa de la historia del arte, sino entender la educación sentimental de su mirada formateada en el espacio doméstico, en los interiores pequeños burgueses y la ornamentación popular que luego conocimos como kitsch: “Mis referentes en el arte los conocí de adulta, pero mi ojo se construyó en la infancia”.

Es momento, entonces, de repensar nuestro lugar de origen, de nuestra pertenencia de clase y género para comprender el sentido de nuestras trayectorias y así distinguir ese momento formativo inicial que tiene que ver con el entorno de los objetos con los que vivimos como campo de posibilidades y limitantes a la vez. Así es como La vida de las pinturas recrea libremente el interior de una casa con el repertorio de muebles en clave de estilo de los 50 –el mismo que transformó muchos de los hogares clase media de la ciudad—, que también hacían juego con la pintura. Los toques de sofisticación, lujo y banalidad los aportan los bibelot comprados en Mar del Plata y Omar Schiliro (1962-1994) como artista invitado, cuya obra concentra el magnetismo de lo bello a punto de estrellarse frente a la humildad de sus materiales. En esa cúspide se encuentra su producción, entre la cotidianidad del plástico de bazar, la sacralidad de su vocación artística y el refinamiento del cristal de caireles y rulos de lámparas antiguas que conseguía en la feria de antigüedades de San Telmo, el mismo barrio donde se encuentra la galería Calvaresi (que además de galería de arte contemporáneo tiene otra filial como anticuario) que ofrece su morada temporal para esta exposición. Un mix extravagante de lujo, pinturas y ornamentación organiza La vida de las pinturas con citas al gusto de época que se apoderó de los interiores de nuestras casas: desde el color té con leche de las paredes a los aparadores con fondo de espejos con perspectiva infinita donde se disponían simétricamente las tacitas y teteras, algún portarretrato y souvenirs de las efemérides sociales y familiares. También la pintura decorativa vestía esos muros, donde el género más visitado era el bodegón y las naturalezas muertas, a partir de las cuales se pintaron largas series de flores, composiciones con frutas y motivos semejantes. No casualmente esta pintura de lo íntimo conformó una poética de la proximidad que habilitó la llegada de la mujer a la pintura y constituyó su dominio expresivo. “Amo a la pintura” apuntó Paola Vega entre bananas, uvas y naranjas delineando su zona de autonomía: su propio reino.

Curadoría de Jimena Ferreiro













Hasta el 25 de mayo de 2020 en Calvaresi Contemporáneo (Defensa 1136 - CABA)

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