Perro Fantasma

Desconozco todo del excelso arte de la música. En este terreno, yo representaría a un investigador muy terco e ignorante que pretende abordar un determinado objeto de estudio sin ninguna herramienta teórica o con las herramientas equivocadas. Entonces, ¿por qué arriesgarme a escribir? Porque con la música me sucede algo similar a lo que le sucedía a Konrád, personaje de la entrañable novela de Sandor Marai El último encuentro, quien “palidecía cada vez que escuchaba música”, aunque no necesariamente de una clase especial, sino que “cualquier tipo de música, incluso la más popular, lo tocaba tan de cerca como si le estuvieran tocando el cuerpo de verdad”. Tocarme el cuerpo de verdad. Tocarme el cuerpo con una verdad. Eso, exactamente eso –aunque no sepa exactamente qué cosa es eso– me pasó la primera vez que escuché Perro Fantasma. Pero no sólo la primera, sino la segunda, la tercera, y las otras decenas de veces que volví a hacerlo: sentía que algo me tocaba el cuerpo de verdad, que una verdad me tocaba el cuerpo, que una verdad me desbordaba; una clase de verdad que desborda cualquier pretensión lógica o de sentido, una especie de rumor que excede por lejos la propia melodía, un punctum donde convergen la suma de nuestras inquietudes humanas, que bien podrían resumirse en una pregunta, ¿quiénes somos?

Justamente, a partir de los efectos que me producía la música de Perro Fantasma comencé a indagar sobre su origen, o sea, comencé a preguntarme de dónde provenían ese plus o ese resto que derraman sus canciones. Porque yo escucho efectivamente en Perro Fantasma la influencia de Beach House y de Mazzy Star, pero también alcanzo a oír el inefable rumor de Leonardo Favio (“Sola y solitaria”), el silencio de la pampa húmeda (la pánica llanura) y el grito desesperado de una Nación (el grito de una Nación desgarrada). Eso se revela, sin duda, en las canciones, un exceso, un desborde, un resto, un plus, pero ¿qué lo configura? La respuesta será tentativa, como cualquier respuesta: lo inconmensurable o inabarcable en Perro Fantasma es el acento de Pauline Fondevila. Artista, escritora, cantante. Un acento francés que la acompaña y la atraviesa y nos envuelve en una atmósfera cargada de nostalgia (el idioma de Pauline es un rioplatense descarriado). Idéntica atmósfera que envolvería hoy a alguien nacido en las postrimerías de los ‘50 si volviera a escuchar a los cantantes melódicos de principios de los ’70 (Jeanette, Roberto Carlos o Charles Aznavour), que entonaban sus canciones en un castellano impostado (una lengua precaria) para satisfacer (entre otras voracidades) la voracidad de los nuevos mercados. En cambio en Pauline, la conversión lingüística responde a cuestiones ligadas a la migración, el naufragio y a una identidad en permanente fuga. Sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias en los propósitos, el acento (esa marca, esa cruz) de cada uno ellos (desde Jeanette a Pauline, desde Nicola di Bari a Marie Laforêt) representa un desorden, el síntoma de una obstrucción, de un río que no fluye: una falla única e irrepetible que podría volver hacia nosotros para abrirnos el camino hacia la manifestación de una extrañeza que blanqueara finalmente la distancia insalvable que separa al mundo de su aparente naturalidad.





Nota 1: Perro Fantasma, dúo integrado por Pauline Fondevila y Federico Colombo (según
indican en la fan page de Facebook, cuando tocan en vivo son cuatro).
Nota 2: Puede escucharse en Perro Fantasma Bandcamp
Nota 3: Este texto fue escrito bajo el influjo de Alan Pauls y su “Elogio del acento”.



por Manuel Quaranta, 21 de Febrero de 2020
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