Formas del recibir o la experiencia codificada

Yo soy santo. Alfredo Londaibere en Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) desde el jueves 26 de septiembre de 2019 hasta el domingo 1 de marzo de 2020.
Mezcla rara de Florencio Molina Campos y Sigmar Polke, del sincretismo colonial con el pop, del lunfardo visual y la panlengua.

¿Es Londaibere un pintor santo? ¿Cómo es que lo santo tiene lugar en una pintura tan heterogénea? Acaso el lugar de la pintura de Londaibere se ubica menos en la religiosidad que en un lenguaje pictórico sincrético. Aún así, “yo soy santo” es un enunciado que no decodifica su pintura, ni es un comunicado ni un imperativo. Es el acento puesto en lo que él llama la experiencia codificada.



A Alfredo Londaibere se lo ubica en la contracultura y el arte de los noventa, que sería como una genealogía Londaibere. Esto no dice mucho más de lo que ya se sabe: el Centro Cultural Rojas, beca Kuitca, la docencia, etc. La influencia de Pablo Suárez tampoco es un acierto, es más bien una conjetura. Londaibere fue creando su credo a partir de la multiplicidad. No podemos ubicarlo al nivel del pintor santo, como un Andréi Rubliov pintando íconos, pero sí como el monje influenciado por el expresionismo alemán o el estructuralismo o la gastronomía o el yoga. Mezcla rara de Florencio Molina Campos y Sigmar Polke, del sincretismo colonial con el pop, del lunfardo visual y la panlengua. Desde luego, su forma de buscar, su forma de ser santo en pintura, era paradójicamente lo que en Londaibere fue forma de recibir, “hablar de mi pintura sería hablar del soporte de mi experiencia artística, de mi vía de espiritualidad, de mi forma de recibir y sumarme a la experiencia codificada que es el oficio de los pintores y escultores, de los artistas plásticos”.



John Berger decía que “lo que parece una creación no es sino el acto de dar forma a lo que se ha recibido” (El tamaño de una bolsa). Curiosamente esta “forma de recibir” era la forma en que Londaibere iba a generar su lenguaje. La experiencia codificada no es un mensaje que hay que descifrar. Para decirlo llanamente, lo místico en Londaibere no hace que su pintura contenga un mensaje oculto. No hay un mensaje oculto. Para una aclaración entre lo lingüístico y lo espiritual, Walter Benjamin lo explica: “Aquello que en un ser espiritual es comunicable es aquello en lo cual se comunica”, más específicamente “el lenguaje no es nunca sólo comunicación de lo comunicable, sino también símbolo de lo no comunicable” (Walter Benjamin, Conceptos de filosofía de la historia).

Para dar un poco de forma y no entrar en el laberinto discursivo, digo que Londaibere se preocupa por la forma del devenir-pintura y su experiencia vital, codificada; por la forma de la pintura como objeto -religioso y fetichista- y como símbolo. El borde de alpaca y el espesor-caja de las obras no son ingenuos, remiten asimismo al espesor de su lenguaje. Es lo que caracteriza su heterogeneidad, su oficio y su religión. Replantemos un interrogante: cuál es el espesor de la pintura contemporánea, cuál es espesor discursivo y de nuestra mirada, cómo hablar de pintura si existe en torno al objeto pintura una cantidad de experiencias que podemos codificar. ¿Eso hace que Londaibere nos convierta en devotos? Lo que él llamara formas del recibir, acaso son también nuestras formas de la escucha. Quizás la pintura de Londaibere puede ser oída, “¡Ora ie ie o!, ¡ora ie ie o!, ¡ora ie ie!, ¡Oxum! Cuidado, los bordes cortan.”

Ramón H. Oliva
Ramiro Sacco





Yo soy santo. Alfredo Londaibere hasta el domingo 1 de marzo de 2020 en Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA), .

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