Visión de España o carta para mi hija Emilia

Sorolla tierra adentro

Emi, aunque todavía no vayas a leer mi carta por algunos años más, yo te la escribo igual, convencida de que lo que tengo para decirte es importante y, también, porque tengo un nudo en el garganta que no se me va, hijita. Te escribo mientras trato de capturar una idea que tiene una forma difícil y que se me escapa, como las nubes de este cielo o como ciertos animales que me pedís que dibuje, sobre todo el caballo. Bueno, no sé si es tanto una idea o más bien una visión, como los paisajes del otro lado de las ventanas del auto en el que viajamos o como los murales de Sorolla.

Te escribo así, como hacía años que no escribía, todavía un poco desencajada, quizás exagerando, acometiendo, entre las montañas que separan a Málaga de Granada, ciudades hermosísimas que vinimos a visitar este fin de año en el que no volvimos a Buenos Aires, a casa. Es diciembre, Emi, y hace frío de este lado de las cosas. Los pueblos por los que pasamos están llenos de adornos y de luces y a vos te encantan, lo sé porque los mirás con ojos de fascinación, y porque te conozco y conozco la fascinación. Sólo que la tuya es sin pretensiones y sin prejuicios; quiero decir, que es una atracción puramente visual, directa, material. Hija, con vos supe dejar de lado los grandes relatos rimbombantes que rodean la vida adulta para quedarme congelada como en el juego de las estatuas, delante de un objeto cualquiera, nube, pedacito de piedra o madera, mirando con paciencia la desnudez y la complexión de la materia que es, si se mira con atención, sencillamente luz, forma y color. ¡Quién pudiera acceder al mundo así, hijita, a través de la simpleza!



Esto, tu interés extraño y precioso por los objetos (y también, ¿por qué no?, por la pintura) hace falta que lo diga explícitamente y por eso te escribo. Porque si los recuerdos (relatos) de infancia están mejor o peor atados, tejidos por palabras que los sostienen y que también los forman, entonces sí, hace falta que te diga que vinimos de vacaciones a España, a “paña”, y que quizás, como todxs lxs chicxs, tenés el don de mirar las nubes o una hojita que se cayó del árbol con un interés delicado y fabuloso, y que yo celebro esa actitud contemplativa y que también, en la medida que puedo, intento cultivarla porque entiendo que en esa práctica se juega algo socialmente importante.

Todo esto surgió ayer en la exhibición de Joaquín Sorolla, un pintor impresionista valenciano que se exhibía en la Fundación Unicaja, en Málaga. Yo había querido ir a ver la exhibición que había estado en Londres (la ciudad en la que vivimos) unos meses atrás pero no había podido. Así que allá fuimos. La muestra se llamaba “Sorolla tierra adentro” y supuestamente conectaba paisajes realistas repletos de luz con escenas mediterráneas y ciudades históricas como Granada, Sevilla o Toledo, diseñándose un recorrido expositivo que lleva al visitante desde el mar a los retratos de la naturaleza asturiana y vasca, la vendimia jerezana o escenas paisajísticas de diversos rincones del país, con una paleta rica en matices que desarrolla una estética en la que la transparencia y la veladura son sus mejores aliados. Desafortunadamente, nosotrxs sólo pudimos ver los cuadros de la primera sala, que eran retratos, instantáneas de chicxs en el mar. Los paisajes “tierra adentro” nos los perdimos porque un grupo de señores y señoras nos invitaron con gestos de extremo sigilo e inesperada violencia a retirarnos del recinto sagrado (la galería) porque vos corrías haciendo ruidos molestos (te reías y cantabas), pero que en todo caso no era la culpa de la criatura (que no era tu culpa) sino la de los padres que no tienen educación para asistir a un museo (nuestra culpa). Emi, a vos te parecerá increíble que hayamos cedido, sucumbido ante la presión de un grupo de viejos chotos y viejas chotas, ¿no? Por favor, acá perdoname la expresión, hijita, pero se trata de la palabra justa. Te decía, te parecerá increíble, ¡pero tuvimos que irnos! Estos señores y señoras nos rodearon murmurando sobre nuestra educación, nuestros hábitos, nuestra cultura y cuando irrumpí el murmullo para preguntar si ningunx había tenido hijxs, nietxs, vecinxs, una señora muy coqueta y muy pelotuda, me dijo, rotunda, “yo a mis hijos los llevaba al parque”. La cuestión es que en ese punto, yo ya no tenía más ganas de quedarme a ver los cuadros de Sorolla ni quería ni podía ponerme a explicar (además, ¿a quién, a qué conjunto?) por qué nosotros sí te llevamos a museos y a galerías desde que sos muy chiquita. Así que nos fuimos, bastante enojados porque los señores y señoras seguían comentando cosas sobre nuestra labor como padres y te podrás imaginar nuestra indignación.

Cuando bajamos por el ascensor nos preguntamos con papá, ¿pero dónde estamos, en qué tiempo? ¿De dónde nos resulta familiar esta visión tan pacata de la educación de los hijxs y de la expectativa del museo/galería como espacio religioso e improfanable? ¿Sería simplemente mala suerte, el habernos cruzado con un grupo de dinosaurios que no entiende nada de los tiempos que corren o quizás la situación sería indicativa de algo todavía más serio? Habría unas treinta personas en esa parte de la galería y ninguna fue capaz de decir algo distinto. Qué triste nos sentimos, Emi.

La muestra también incluía una serie de murales llamada “Visión de España” o “Tipos”, que Sorolla hizo por encargo para la Hispanic Society de Nueva York y que capturan el ser de las distintas regiones españolas que estaban por desaparecer con el avance inminente de la modernidad y luego del franquismo. Quizás por eso mi cabeza hizo una conexión involuntaria y de golpe me acordé del verso de Vallejo, ¡Cuídate, España, de tu propia España! Pero la cosa no terminó ahí. Cuando le estábamos explicando a los empleadxs de la Fundación por qué nos estábamos yendo, el principal atacante del aquelarre de brujxs también salió de la galería y continuó con su increpación, sólo que esta vez agregó las siguientes frases: “en España no funcionan así las cosas” y después, “en Europa no funcionan así las cosas” y “yo conozco muy bien a los argentinos”.

Hegel, en su concepción del desarrollo histórico, ubica a América Latina en un estado de naturaleza, sin historia. Para él Europa es el fin y la realización propiamente dicha de la historia universal. Sin embargo, en su concepción de Europa, España no tiene cabida; sería parte del “Sur de Europa” (España, Grecia, Italia, y Portugal) y por lo tanto no sería el corazón de la historia. Para Hegel, como para una Europa que mostró no sólo su eurocentrismo sino también su racismo, “en los Pirineos comienza África”, España era parte de la otredad. Con esta idea se implicaba un cierto estado de barbarie y, por supuesto, de desprecio. Esta idea despectiva sobre España tiene larga data y llega hasta nuestros días. Ahora bien, España a su vez, no dejó de aplicar este mismo punto de vista despectivo sobre sus ex colonias, entre otros territorios. Dice Oscar Masotta en un análisis sobre las sociedades arltianas en las que se muestra el reverso de la moral social: (…) cuando se juzga al otro se vive en la certeza y en el sentimiento de la propia culpa, y el precio que se paga por el derecho arbitrario de señalar a los demás con un dedo rígido, es la introyección de esa culpa que se señalaba en el otro (…), en la medida que no puedo quedar lúcido respecto de lo que soy, el juicio que hago pesar sobre el otro va tejiendo en torno de su cuerpo una imagen que, como sobreimpresión, bosqueja para mí la imagen de mí mismo que yace en mi interior (…), esa culpa incrustada en el cuerpo del otro es mi propia culpa, y ese otro que percibo a través de esa imagen es la imagen horrorosa de mí mismo. Esta idea, pienso, con ciertos reparos, es también aplicable a las naciones. Lamentablemente, dedos rígidos de viejos (y también de jóvenes) cínicos, todavía los hay en todas partes.

Emi, es la semana de las fiestas y la gente se pone cursi en esta época del año. Me acuerdo de mi padre, que también era un inmigrante y que de vez en cuando se le piantaba un lagrimón por cosas que entonces yo no entendía. Hija, lo que te quiero decir es que no me considero una madre ejemplar por llevarte a un museo, soy la madre que puedo ser en los tiempos que me toca vivir. Por estos días pasar tiempo con los hijxs es moneda corriente e incluye un espectro infinito de actividades que van desde las manualidades al yoga. Mi hermana y yo crecimos jugando en la vereda de mi casa en Villa del Parque sin supervisiones de ningún tipo y nuestra infancia no fue por eso ni mejor ni peor que las infancias de ahora. Somos hijxs del tiempo y de las condiciones sociales que nos toca vivir. Entonces, te decía, como son las fiestas y es tiempo de cursilerías, querría agregar que entre todas las cosas que deseo para el futuro, me gustaría que te toque vivir y que puedas ser parte de la construcción de un tiempo en el que estos dinosaurios de la vieja moral se hayan extinguido para siempre, que la historia de los pueblos los juzgue con juicios reparadores y necesarios, y que de prácticas nuevas surja un trato mejor y una hospitalidad genuina.

Hija, perdoname por no haberte llevado al parque ayer, por haberte traído a un museo, a ver los paisajes andaluces y la serie “Visión de España” de Sorolla. Perdoname por haber preferido mil veces los pisos resbaladizos de Tania Bruguera en el Tate Modern en los que nos arrastramos y corrimos como locas. Perdoname por haberte metido en los tanques del subsuelo del Tate para ver el tríptico de John Akomfrah sobre Stuart Hall. Perdoname por haberte llevado a ver la retrospectiva de Cindy Sherman a la National Portrait Gallery donde había, ya sé, imágenes difíciles de interpretar. Hija, perdoname por haberte llevado otras mil veces al Tate Modern, en particular por haber ido con vos a ver la performance “10.000 gestos” del coreógrafo Boris Charmatz, en la que un bailarín se nos trepó encima y vos te sobresaltaste porque fue una cosa inesperada y tal vez divertida; perdoname por hacerte ver esa danza sin estructura ni poses, esa imagen movimiento que no paraste de recrear durante varios días en el ejercicio de arrastrarte y de bailar sin condicionamientos. (De las veces que te llevé al parque, a la granja o te dejé ver dibujitos en la computadora horas seguidas porque simplemente necesitaba descansar o hacer algo, por todo eso no te pido disculpas, ya que serían prácticas de la vieja escuela, más o menos aceptadas por todos). Y también, ya que me estoy confesando, perdoname por haber grabado el latido de tu corazón para una performance que hicimos con papá, para la proyección de un film de Luján Montes en donde la casa se lleno de extrañxs y tu corazón latió como un tambor distorsionado. Perdoname por haber convertido nuestro departamento en una galería ad-hoc. Perdoname por haberte hecho ver el documental ruidoso de Luján Montes y Luciana Foglio que tanto te entusiasmó. Perdoname por los experimentos de las películas de James Benning que disfrutamos juntas y por las óperas de Monteverdi que cantamos en el baño. Perdoname por haberte llevado a la vigilia por el derecho al aborto en St. James Park en donde robaste mates y pedacitos de torta aquí y allá, y donde te hiciste querer por mi nuevo grupo de amigxs aborterxs. En fin, perdoname por seguir pensando y hablando en términos de centro y periferia, por haber emigrado y vivir mi vida con contradicciones y con nostalgia de mi patria, y por amar todavía los márgenes a los que pertenezco y desde donde, me parece, el centro suele verse mejor.



Sorolla tierra adentro
Fundación Unicaja, Málaga
Hasta el 30 de enero de 2020

por Andrea Márquez, 3 de Enero de 2020
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