Facción, fragmento, fantasía |

Los rojos. Ariel Cusnir en Pasto desde el jueves 17 de octubre de 2019 hasta el miércoles 18 de diciembre de 2019.

El miércoles 11 de diciembre de 2019 Ariel Cusnir estará en la muestra desde las 17hs y se realizará una presentación especial de cierre de la muestra.

El que abre las preguntas es Sarmiento. Pero no el Sarmiento escolar y estatuario, ni el Sarmiento emblema de la heráldica liberal. Tampoco el de su leyenda negra, el anti gaucho, sino un Sarmiento a contramano y no ubicuo. En la retaguardia del ejército de soldados uniformados de rojo, tomado justo en un momento particular, durante su primera incursión práctica y corporal con la política cuando asume tareas de prensa dentro del Ejército Grande conducido por Urquiza. El Sarmiento de Ariel Cusnir es orgánico, subordinado, para consumar la caída de Rosas. Como prensero de un ejército federal aliado a potencias extranjeras en pelea intestina con la facción rosista, este boletinero de Cusnir es capturado en un impasse de la campaña. El ejército está detenido, la imprenta volante en la que imprime cada uno de los veintiséis boletines ocupa, contra cualquier noción de eficiencia, toda una carreta y ahí está él, entonces, empequeñecido, como si posara aún para el retrato, pero obtuviese a cambio una panorámica que lo miniaturiza, lo hunde en el paraje litoral de Entre Ríos al cubierto del sol y la naturaleza. En esta pintura, el receso permite ver un Sarmiento mirando el paisaje de un palmar, cenagoso, casi tropical.  Expectante, como recién levantado, situado en el medio, tiende una corriente con el pintor que lo capta en ese momento mínimo y extático: la noticia de un Sarmiento contemplativo.



Al principio de Los Rojos está Sarmiento, porque también está Cusnir, que a la retaguardia de la retaguardia, se acoda virtualmente a la vera del camino que el ejército traza a su paso y acomoda su caballete en el lodazal. La perspectiva de la imagen ubica el punto de vista sobre el terreno, au plein air, e instala la mirada en un espacio vacante de la pintura del siglo XIX previa a 1852: ni pintura de aparato, ni pintura suntuaria y doméstica. Una pintura que no debe elegir entre el gran hombre o el cuadro costumbrista, sino que mezcla ambos con naturalidad y sin rigor. El resultado es una imagen residual, como un pedazo arqueológico contemporáneo de una historia virtual, mundana y liberada del discurso oficial.



¿Es posible formar un discurso propio? Sí, se responde el artista, siempre sobre la base de un deseo sincero y el compromiso con esa libertad.  ¿Y cómo ensayar una respuesta? Con una pintura, o con varias, con el registro ingenuo de la escena y la exposición imprecisa de sus detalles, la desnudez de su composición, la posibilidad de un nuevo acuerdo con el otro. Sarmiento no lleva su uniforme militar, el paisaje es tentativo, como si la mirada estuviera atenta no tanto al detalle fidedigno de una supuesta centralidad sino al detalle contingente, el que siempre estuvo en los márgenes.



La estrategia es, en una totalidad construida, generar estrías a partir de trozos que pueden ser desencajados de esa continuidad aparente, elaborados por una mirada que se coloca en un umbral, entre el sueño y la vigila y que nos solo abandona la mirada monumentalizante, sino que se baja de la perspectiva humana. Como la rueda de una carreta que empieza a girar, visiones y versiones son investidas desde un punto de vista ahora móvil, múltiple y, por momentos, casi imposible. Entonces también Cusnir se mete con Urquiza, con la imagen de una reunión de la que no existen registros: el barón de Mauá arregla la participación de vapores brasileros producidos en su astillero para asegurar la contundencia del ejército aliado. Brindan, cierran el acuerdo, componen una típica situación de despacho. Cusnir imagina y fantasea un color rojo propio, una litografía de Morel, un mobiliario oficinesco que podría ser actual. Las pinturas pivotean entre la simulación documental, la construcción de un archivo fragmentario, entre cuyas partes se puede leer otra totalidad, y la alucinación.



Así aparecen, como ensoñaciones, el sonido del avanzar de los bueyes que bambolean el paso para compensar las irregularidades del terreno de pastizal; un soldado de rojo toma una siesta, más que en posición fetal, en posición de paréntesis, descansa, como la pintura de esta muestra, del trabajo al que fue
encomendado; las hormigas, como involuntarias de la patria, forman parte de la escena en silencio, llevan adelante interacciones invisibles al ojo humano. Pero están. Y duerme también Rosas, pero no el Rosas de la propaganda facciosa, el Rosas restaurador o tirano, sino un Rosas doméstico y en ropa de cama. Y en este inventario de situaciones y escenas, una hipotética, probable, pero también del orden de la metáfora: la imposibilidad de conciliar ese sueño, que puede contener la utopía misma, por la presencia insignificante de un mosquito.

Curaduría de Bárbara Golubiki
textos de Pablo Katchadjián y Bárbara Golubiki

"Urquiza & Mauá" feat Maxi Murad
"Ruido y máquina" by Kim Ji Hyun
"Mansilla y Rosas" feat Nico Oyuela
"Hormigas sociales" by Mónica Heller
"Irineu Bautista de Souza(Barón de Mauá)" feat Kim Ji Hyun

Fotografía de obra
Gustavo Lowry

Fotografía de sala
Santi Orti

Asesoría histórica Prof. Marcos Henchoz







Hasta el miércoles 11 de diciembre de 2019 en Pasto









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