Escuela Amphibia

Escuela Amphibia. Cecilia Orso, Gabriela Manfredi en Museo Municipal de Bellas Artes Fernando Bonfiglioli desde el viernes 18 de octubre de 2019 hasta el domingo 16 de febrero de 2020.

El río pampeano es tramposo: corriente fluida por arriba y sedimento barroso por debajo. Para comprobar esto, basta con meterse en él un día de corriente calma, una siesta en la que el agua corra como si en su curso todo fuera fluir, y se verá cómo los pies quedan irremediablemente enterrados al fondo. Si todo río es un territorio anfibio (porque aloja dos medios, dos formas de vida, siempre entre el agua y la tierra), en la pampa ese carácter doble se exacerba.
El agua y la tierra del río pampeano componen su medio y su materia, mientras la fuerza del caudal, que delinea el cauce, le da su forma. Nos detengamos por un momento en la coreografía que se compone entre forma y materia. Bien mirado, el río de esta muestra, más que paisaje, es eso: una coreografía anfibia. El río envuelve dos ritmos y dos temperaturas distintas, encontradas en su materia líquida, mientras inunda (o embarra) la orilla de lo cercano. Así es esta muestra, doble como el río pampeano: un mismo curso y dos ritmos, una paleta terrosa y otra centelleante, dos tiempos distintos que se encuentran.
Las dos salas de Escuela amphibia exhiben zoomorfías y fitomorfías, una animalística y una botánica cotidiana y material: gallina, ramita, heliconia, hueso, raíz, dedal. A una orilla de la muestra, hay obras que parecen nacidas dentro una cueva oscura. Sobre la otra orilla, luminosa, las obras brotan como verbenas en un patio de verano, un patio al que alguien acaba de regar.
A Cecilia le ha llevado años liberarse de la necesidad de dar explicaciones acerca de su obra, hasta que se cansó. A Gabriela le ha llevado años volver a concentrarse en su obra, hasta que se puso. Una amasa, la otra afila la mirada. Una embarra, la otra retoca con pincel. Sucede que, desde la parte más honda del río, donde no se hace pie, cada orilla es una conjetura a la que podemos tardar siglos en llegar.

Botánica
Por las noches los ríos tienen fiebre
W. Herzog

La lógica vegetal que Cecilia sostiene hace años (casi como una ética), va y viene entre lo inventado y lo real, entre el interior y el exterior de su casa, entre el decorado y lo salvaje, entre el diseño minucioso y lo que sale de carambola. Cecilia sabe que no hay “retorno a la naturaleza”, que ese “origen” no está dado y por eso debemos inventarlo cada vez. Cuando fabula con las formas, sus pinturas pierden el referente, como quien pierde la cabeza por culpa del color y comienza a delirar. Tanto que la vegetación de estas obras empieza a fosforescer, como atacada por una luz mala, y pop.
Siluetas fitomórficas como “fondo” y especies vegetales como “figura”. ¿O era al revés? ¿Son pinturas o empapelados? ¿Son plantas que existen o las soñó? ¿Nacen de la alucinación del ojo o de la serenidad de la mirada? La lógica vegetal hace que estas preguntas se metamorfoseen, que les crezcan bulbos y pellejos. Las plantas van tomando las formas que ellas mismas se inventan. En algunas pinturas se salen de la pared y se vuelven esculturas blandas, tentáculos de coquetería esponjosa. El de Cecilia es un argumento visual y plástico sobre el carácter anfibio de lo vegetal. Una botánica fantasiosa, surgida bajo los efectos de un delirio aplicado.

Animalística

Imposible ver gallinas sin oírlas gritar. De eso mucho se cuenta. Herzog, por ejemplo, cuenta que una campesina de Iquitos, en Perú, tanto se enojó con las gallinas de su gallinero, que les serruchó el pico con una sierra con tal de hacerlas callar. También se ha dicho que por los años 90 en los alrededores de Lakeville, estado de Minnesota, había nacido una gallina con dientes. Es decir una que no sólo grita, sino que también muerde. Lo que quiero decir es que las gallinas tienen lo suyo. Tan domésticas como atrevidas.
Las zoomorfías de las obras de Gabriela son un misterio que se ha ido metamorfoseando. Formas maternales y picoteadoras a la vez. Mitad ave y un poco de pez, pluma y escama. En el camino han aparecido algunos objetos y dibujos más vegetales, por culpa de una materia escultórica que chorrea y se escurre por las manos de la artista. Sucede que en el río, como dice Martin Rodríguez, “el agua mezcla/ no lava”. Eso sí: las texturas del tejido y la cocción, siempre presentes, delinean el curso principal no sólo de sus esculturas sino también de sus objetos y dibujos.
Gabriela trabaja con lo casero, con lo que se puede levantar del piso. Vive a cuadras del río, de donde junta el material para esculpir. Aprendió eso de un maestro, que una vez le dijo “el mejor barro es el que hay alrededor tuyo”. Una lección que aplica en varios órdenes de la vida.

Hacer escuela

Cecilia y Gabriela comparten el oficio de enseñar. Y ambas han tenido como maestra, a la vez, a Diana Aisenberg, para quien “ser artista y ser maestra son dos actividades inseparables que se alimentan mutuamente”. De esa combinatoria, nace un método. Uno que no sólo imparte destrezas, sino que aprende de lo cotidiano, sin separar esferas.
Escuela amphibia propone una concepción nutricia de lo artístico, mediante un método anfibio y ribereño. Artistas-maestras. Demás está decir que todo río tiene, indefectiblemente, dos orillas.



Hasta el domingo 16 de febrero de 2020 en Museo Municipal de Bellas Artes Fernando Bonfiglioli

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