Jane Brodie y Déborah Pruden

casado-sep2019.png

Jane Brodie trabaja con planchas de madera revestidas en fórmica blanca. Munida de un martillo, ella golpea un clavo para levantar la fórmica con la contundencia necesaria para desprenderla, aunque sin el suficiente brío como para que esa fina capa blanca se salga completamente de la madera a la cual está adherida. Brodie bate el martillo una y otra vez. Puntúa la madera y va perforando la fórmica. Obtiene obras escamadas, cubiertas por pequeñas láminas, trozos arrancados, imbricados unos con otros. El resultado de los martillazos es sucio pero limpio.

La fórmica se partió en andrajos. Los pedazos desiguales, juntos, crean una textura impecable. Las
superficies que Brodie trabajó ganan brillos que tornan a la monocromía fascinante. Ella puso puntos.
Realizó perforaciones. Puntuó como si editara un texto con vigor, pero sus marcas no facilitan la lectura de ninguna oración. Esta serie de obras de Brodie siguiere que la puntuación, en vez de aclarar o determinar el significado, puede abrir espacios para la interpretación, permitiéndonos cuestionar lógicas, sociales y artísticas. ¿Por qué Brodie se embarcó en un proceso que no tiene ningún sentido? ¿Levantar fórmica? Sus obras condensan lo que no debería ser y sin embargo es.

Irrumpe la escritura. Al martillar y perforar, sin ningún resultado racional, subvirtiendo nuestras expectativas sobre lo que es coherente o lo que es el arte, Brodie corre el velo de la irracionalidad y nos ayuda a leer el caos que abunda en todas las formas de la cultura.

Déborah Pruden exhibe grandes pinturas que son copias de las obras de otra pintora, Zinaída Serebriakova, nacida en Rusia hace más de un siglo. Pruden replica, trabajando el óleo con laboriosidad, pincelada a pincelada, imágenes que se podrían reproducir fácilmente con tecnología digital. Realiza, en fin, copias originales.

Serebriakova (1884-1967) dedicó su carrera a pintar la figura humana. Como muestra Pruden, retrató
bailarinas, momentos de aseo, saunas y bañistas. Aunque las obras de la artista rusa impresionan por su sencillez, la simplicidad es sólo aparente; una observación detallada revela delicados detalles así como el manejo eximio del color y sus tonalidades. ¿Si las pinturas de Serebriakova son complejas, por qué pintarlas otra vez? ¿Si el smarphone, ya una extensión de nuestra mano, puede capturar y distribuir imágenes con velocidad furiosa, por qué esforzarse en replicar manualmente cuadros históricos?

Pruden realiza estos “remakes” para volver a encontrar la novedad en la historia. Ella no crea desde cero, más vale, vuelve sobre el pasado y desafía el progreso. Altera la cronología. Para Pruden, abstenerse de la novedad podría significar una ganancia: obtener nuevos modos de entender el valor del arte y, también, el de la propia pintura, en una sociedad digitalizada donde la imagen circula con vertiginosa rapidez.

Según la artista, las repeticiones de las obras de Serebriakova son una “excusa para pintar” o al menos “para pintar de otro modo”. Esta excusa, o estrategia, le permite vaciar las convenciones de la pintura (la originalidad, la innovación continua y lineal, las instituciones que albergan e historizan —o no— la obra de pintoras mujeres) para revisarlas. Es un excusa que nos permite ver, y superar, tradiciones opresivas.



Hoy, en un momento de fuertes contradicciones, Brodie y Pruden no niegan las fuerzas que se oponen e invalidan entre sí. Al contrario, afirman la contradicción como un concepto generativo, capaz de engendrar otros modos de mirar el mundo.
Las obras de estas artistas acompañan el estallido que implica toda colisión de fuerzas, exponen la crisis y, así, haciéndola visible, logran abrir paso al cambio y las transformaciones que podrían llevarnos a descubrir nuevas tramas de sentido.

Florencia Malbran


Inauguración sábado 14 de septiembre de 2019 a las 17 hs en María Casado (Lasalle 2156 - Beccar)

compartir