Color municipal de Florencia Caiazza en Hilo

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“Y a diferencia de lo que me imaginaba para este proyecto, acá no hay nada.
Hay espacios vacíos y hay tiempo.”



Hay una arquitectura oficial que homologa, en un estilo que solemos nombrar como neutro o despersonalizado, a las escuelas, las comisarías, los juzgados, los hospitales y demás espacios
de la administración pública. Suelen ser sitios de alta vigilancia, de luz de tubo y olor a desinfectante, que oscilan entre la plena ocupación y la letanía. Una arquitectura de múltiples usos y ocupaciones varias que, como capas geológicas, van dejando memorias de antiguas vidas. El color es una marca, un indicio, contexto y afectividad. El espacio del arte, en cambio, suele responder a otra lógica. La profilaxis del cubo blanco actuó en sus muros dejando afuera la historia y el tiempo, para volvernos cuerpos sin sustancia: pura mirada.

A Florencia Caiazza le tocó trabajar en el Centro Cultural Boulogne durante la temporada de verano de 2018 luego de haber obtenido el Premio Kenneth Kemble que otorga la Municipalidad de San Isidro. El receso estival suele tener carácter absoluto en sitios como estos, cuya actividad está signada por el calendario escolar. El trabajo durante esos meses se transformó en un acto de soledad e introspección que trajo consigo, como suele suceder, cosas nuevas.

Su trabajo es siempre una reacción a un contexto, que se materializa, generalmente entre la escultura y la instalación. Sin embargo, esta vez, los imperativos del orden administrativo y el receso de verano hicieron imposible la transformación de aquel espacio en un taller  de experimentación artística como lo solemos imaginar. No podía haber materiales húmedos ni “sucios”, ni nada que alterara el normal funcionamiento del lugar. Pero el proyecto debía llevarse a cabo de todos modos, y así fue que Florencia ideó una ocupación silenciosa, pero no por ello menos efectiva. Habitar el espacio supuso entender su humor, su ritmo y su idiosincrasia. La atmósfera del color local la llevó a tomar varias decisiones de orden formal, que conformaron una poética del tiempo:

El edificio tiene mucha historia. Fue una escuela, un hospital, y ahora es Casa de Cultura. Hay
mucho azulejo, muchas puertas y espacios extraños. Todo fue pintado. Desde la primera vez que
visité el lugar me llamó la atención que es una construcción de esquina curva. Y la fachada, en
curva, toda pintada de un lila muy apagado, casi gris, casi marrón, pero lila. Y por dentro hay
algunas salas de un color verde manzana pastel, y en esos espacios las puertas y los marcos de las
ventanas están combinados en un verde manzana más subido.

Acompasar el tiempo suponía aceptar la regularidad y la invariabilidad, y la mejor opción resultó ser el tejido, buscando la mímesis con el color in situ, tanto interno como externo. El cuadrado se volvió unidad de medida y fragmento del entorno. Y así fue como los pares de tejidos surgieron para arraigar el contexto de origen y volverlo transportable. Tejer es habitar el tiempo desde la repetición y la mecanicidad, y Florencia se perdió en él.

Es curioso, porque la regularidad lleva de igual modo a la meditación como al desquicio.
En ese margen en que se deshace la conciencia para dejarse fluir, aparece primero el error y luego el gesto de pronunciarlo para transitar otra textura, otro espesor. La nueva imagen surge desde la trama buscando ser siempre lo mismo, pero sin conseguirlo. El tejido es nómade y un buen compañero. Solo hay que entender su tiempo, el de la inmediatez y el letargo, como el color municipal

Curaduría: Jimena Ferreiro

Inauguración sábado 27 de julio de 2019 a las 15 hs en HILO Galería Av. Raul Scalabrini Ortiz 1396 - CABA

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