Silencio de Hernan Camoletto en El Gran Vidrio

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Encuentro con Hernán Camoletto e invitados
se leerán los textos enviados para esta muestra.
(Une Lettre n°23 a cargo de Guillermo Daghero)

¿En qué momento nos damos cuenta de que existen los muertos? No “la muerte”, no los cementerios, no “los que no están”. Algo más general y simple: los muertos. ¿Cuántos muertos hay? ¿Cuántos seres vivientes se murieron desde que existe la vida? Desde el momento en que la conciencia elige saber que existe lo que pasó antes de que estemos pasando nosotros, la materialidad de donde estamos parece hecha de muertos. Miles de personas esperaron que corte el semáforo en esta esquina y están muertas. Otras miles subieron las escaleras de este edificio positivista y están muertas. Los árboles quedan, las personas se mueren, pero los árboles también se van a morir. No hay con qué darle. Los caminos prosperan, las sierras se mantienen, el mar sigue haciendo ruido, siempre, para siempre, como siempre. No se nota la muerte de algunos fenómenos, pero cambian: en el ciclo de la materia y el tiempo, en el derretimiento de las formas, en el pastiche de los círculos imperfectos que se arremolinan. Nosotros estamos acá, sobre el camino de los muertos. Lo que hay no nos pertenece, les pertenece. Lo que había no les pertenecía, estaba antes que ellos. Llegamos a las cosas, esto quiere decir también a las palabras, y las cosas ya existen. Nos vamos a morir y van a seguir existiendo. Esto no tiene ningún problema lógico, solo que revierte con su moño de raso la importancia personal. Podemos elegir los muertos que queramos para volver providencial nuestro paso vital. A esta altura ya los debemos haber elegido. Vamos a elegir muertos favoritos hasta morir, esta idea puede aliviar. Se nos van a morir seres queridos, admirados y desdeñados. También se nos van a morir desconocidos. Miles, millones, hasta que lo nuestro perezca. ¿Pero entonces va a existir la cosa? ¿Habrá que hacer algo para el demás del tiempo? ¿Rige el que vive el descalabro total de lo que no vive? ¿Maneja el que está el peso de lo que está en la memoria final de todo lo que nos regula? ¿Vale la pena pensar lo que pasó? No podemos pensarlo, podemos juntar cualquier parte de lo que sabemos y descubrir EL MITO. Sin gracia y por desgracia, por una llanura elemental de supervivencia, salimos para adelante, en el vitalismo del pobre ciudadano, localizado en la ciudad, con sus plazas, casas, postigones que se cierran y se abren, canaletas, fragancias de flores mezcladas que no se distinguen, colectivos, triciclos, bancos, morfologías de fórmica… se pasa así la enumeración por el tamiz y queda EL MITO, lo único que queda. La estructura de lo que fue es lo que nos queda. Quiero ver si se puede hacer algo menos con la voluntad y algo más con la prudencia. Quiero entrar al nicho perlado de un sueño y volverme a ver en cualquier otro lado, como perdido en el lugar que está atrás de lo que está, más allá de la pampa, más allá del glaciar y del miedo a morir. Se encadenan las partes paradójicas del collar del que no ve. Se tambalea el rengo. Se ata para no tentarse el guardavidas. Tres personajes en el medio de una historia, de un cuento, de un cartón pintado un domingo para esperar la piedra. Después no sabemos más de ellos, después, como estamos en casa, estamos en lo que nos arregla. Arréglensela, ciudadanos, porque no tienen ni la menor idea del rigor ni tienen la manera de explicar. El lenguaje es un obstáculo para la verdad y es su único tubo. Entonces el que trata de decirla se harta, se vuelve loco, agarra un megáfono y grita hasta quedarse en silencio. Pero el silencio nunca es del todo, es relativo. Se hace silencio para escuchar otra cosa. Pedimos silencio para disfrutar de un sonido. Pedimos silencio para pensar, para quebrar la hilazón del sinsentido. Es en este momento donde el silencio se hace a como dé lugar. Millones de años pasan y millones de años van a pasar para que el silencio que puede suceder se repita. Se acepta el lujo de elegir a qué someternos, no se elige la libertad. Se vuelve a dar con la corneta del pitido agudo para llegar al punto en que no hay nada para hacer. Todo esto se suma, se acumula, se superpone, se abigarra. No se sintetiza, se vuelven las cosas contra sí entre sí. También eso es lo que se murió y vive y nos constituye y nos reclama. ¿De qué seremos capaces? ¿De elegir a los vivos? ¿De vivir sin pesadilla? ¿De patalear en el yo hacia un poco de paz? ¿De amanerar lo que se dice para transparentarlo y que brille? Seremos capaces de EL MITO, lo que se fue, lo que siempre puede algo más y por eso está. No estamos bien, pero podemos estar peor. Nos queremos, pero cualquiera puede convertirse en canalla ¿Es preferible ejercer el mal o sufrirlo? Pareciera que lo último, siempre y cuando el mal sea algo discutible. Mientras tanto la lectura termina acá. No hay otra cosa que el resto, ese espacio vacío lleno de regalos para nombrar. Como si “darle para adelante”, ese término caro a la fuerza moderna y civil, no fuese más que un chiste, el malentendido del que no sabe qué hay allá, pero va. Tampoco está tan mal, de algo hay que morir.



Lecturas el viernes 1 de noviembre de 2019

La muestra se podrá visitar hasta el Sábado 8 de Noviembre de 2019 en El Gran Vidrio (Humberto 1° 497 - Córdoba)

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