Salón fumador, Carlos Herrera, Claudia Del Río. Cuadros cuadrados a partir de una práctica en vía de extinción

Salón Fumador - Trulalala. Carlos Herrera, Claudia Del Río en Diego Obligado Galería desde el viernes 10 de mayo de 2019 hasta el sábado 29 de junio de 2019.

TRULALALA es un dueto de colaboración artística compuesto por Claudia del Río y Carlos Herrera, que existe desde el 2006. En paralelo a sus prácticas artísticas individuales, estos artistas vienen colaborando en una exploración de manufacturas, diseños y técnicas de producción tradicionales argentinos que se hallan en proceso de decaimiento o extinción, así como el diseño utilitario local. En sus palabras: “Es nuestro principal interés pensar este dúo en el encuentro, vínculo y creación en relación directa con industrias y pymes que producen una mano de obra artesanal e industrializada. Trabajamos desde la experiencia de los productos ya existentes en esas pymes o empresas, interviniéndolos o creando en algunos casos desde la materialidad pura.” En 2010 crearon Lilibud, un conjunto de obras en conjunto con la Cristalería San Carlos, en la provincia de Santa Fe, que fueron exhibidas en el Museo Castagnino, Rosario y en Zabaleta Lab. En 2011 produjeron nuevamente en la Cristalería San Carlos un grupo de obras tituladas ¿Cuánto pesa el amor? que fueron exhibidas en la galería Nora Fisch, en Darkhaus y en DIXIT Arteba 2016. Entre 2013 y 2018 , TRULALALA investiga la alfarería tradicional de barro no industrial y la tradición del legado de tejas musleras en la ciudad de Santa Fe, así como el método en cama de arena para la realización de objetos de bronce. Fabricaron tejas musleras, a partir de sus piernas, en el Taller de Cerámica Artesanal La Guardia en la ciudad de Santa Fe y piezas de bronce copiadas a partir de trozos de ramas y de restos antiguos de la fábrica, con el método cama de arena, en la Fundición Artística S.H. de Rosario. Una instalación de más de veinte obras reunidas presenta el mundo que surgió en el encuentro con el barro y el bronce: un mundo poético de detalles y personajes de ensueño o de pesadilla, donde la impronta de las obras individuales de cada artista es reconocible. El resultado de esta experiencia se presenta en la galería Nora Fisch en 2018, con el nombre El Beso del barro.

En Salón Fumador, esta dupla de artistas propone un espacio con cuadros cuadrados a partir de una práctica en vía de extinción: la cartelería sobre chapa. Verde noche, Marrón, Carmín, Azul marino, Cedro, Azulejo y Tabaco se reúnen en la sala.







Salón Fumador - Trulalala
Por Alejo Ponce de León

La prueba de que la economía industrial argentina tiene una especie de existencia nos la da el hecho de que está deprimida, como vos y como yo. Nuestra validez histórica anida en la depresión, la impotencia es el tópico de moda para la crítica cultural porque alguien la identifica como el rasgo más saliente del hoy afectivo, un zircón malformado en el presente político.

Decimos que la ciudad fue conquistada porque sentimos que ya no es nuestra, pero ¿quiénes somos nosotros? ¿cuándo fue nuestra la ciudad? No somos precisamente pobres, no estamos precisamente locos.

Hay una identidad, sugiere Salón Fumador, que se aferra de manera precaria a un par de carteles de chapa que van camino a desaparecer. Las cosas que se mueren en la ciudad, que ya no pueden multiplicarse porque es la realidad misma la que lo impide, vuelven, gracias a nuestro idioma, como una aurora que se le escapó al tiempo. A veces sí entre la locura (por qué negarlo) y a veces, quizá, también entre la pobreza, nuestra inocencia desgraciada se tornasola entre el marrón, el verde noche y el carmín: lo que queda en nosotros de la ciudad puede tomar formas hermosas.

El fantasma no tiene presencia en sí, es un reflejo traumático de lo que dejó de existir o, en lecturas más místicas, de lo que todavía no es. El humo entra en nuestros cuerpos como ese espectro; imita la forma coralina de los pulmones, nos posee por un segundo y nos abandona: el humo es el presente, un fantasma que se lleva una parte de nosotros.

Los carteles, las cortinas y los ceniceros son la reliquia autónoma que le devuelve materialidad al fantasma fuera del tiempo, y nosotros en el salón fumador, dejando ahí una brizna de vida, le devolvemos un filo espacial al pasado.

Trulalalá —un dueto productivo que va camino a cumplir quince años— se mueve, entonces, en un circuito vectorial limitado entre el tiempo y la identidad. Un tiempo de flujo convulso, que se encarama sobre sí mismo, se enriza y se descompone pero nunca alcanza a romperse y, por eso mismo, nos tortura. La identidad con la que negocia es un lenguaje común, una serie de visiones compartidas por los que formamos parte del detrito que fue derrotado en la conquista de la ciudad, aunque no estemos todos enteramente locos ni seamos todos enteramente pobres. Nuestra identidad se reescribe una
y otra vez sobre un paisaje de persianas cerradas, de cuadras que se hacen mucho más largas los días de lluvia; se habla desde afuera de las cosas pero estando —de algún modo tan raro como la existencia— adentro de todo.

Quizás haya una manera de proponer una temporalidad alternativa en la que nuestro idioma se imponga sobre la sustancia deprimida del presente. Quizás haya una posibilidad continuamente abierta para inyectarle oxitocina al canal del tiempo y que mil formas imposibles nazcan para reconquistar la ciudad. Imposible saberlo, pero nuestra validez histórica anida también en esta lengua de humo y colores que nunca vamos a dejar de hablar.






Hasta el 29 de junio de 2019 en en Diego Obligado Galería (Guemes 2255 - Rosario)


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