Todo era alucinación y vértigo sagrado de Nicolás Rossi en Espacio Modo (Lobos)

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Corte, Medida y Distancia
Los artistas son obligados a crear obras de arte que den respuestas muy claras sobre el mundo, se les pide un diálogo erudito con su época y ser la prueba forense de su contexto, limitada a reproducir un presente cristalizado y sin goce. Este escenario blanco pretende ordenar a las imágenes de acuerdo a postulados e hipótesis, lo cual sugiere un conocimiento clausurado, su aprobación y transformación en teoría elevada. Algunos artistas hacen el pacto con esta forma de concebir al arte y otros deciden construir su propio guión, donde no hay señales de tránsito y el camino se encuentra repleto de grietas y obstáculos, pero también de oportunidades.

Las obras de Nicolás Rossi pueden pensarse como parte de la conversación infinita acerca de la relación entre superficie y profundidad. Busca profundizar en el vacío que enriquece a a imagen y recorta sus bordes para construir un dibujo invisible, una tijera sugiere la sensualidad en la superficie de papel. No hay intento de tortura como se observa en el gesto de Lucio Fontana, para este el espacio es una cuestión mental y deviene en intelectualidad. Para Rossi la idea de recortar y construir figuras mediante sus detalles y las ausencias se relaciona más con una premisa que con un gesto. A diferencia del gesto, siempre asociado con el presente del artista, la premisa se proyecta y se expande. Puede manifestarse en diferentes estadios de producción del artista y es de naturaleza periférica y
no centralizada. Trabaja en los bordes, no se percibe tanto como un discurso de acción sino como una necesidad natural del artista, como si tuviera hambre o frío. Esta obra manifiesta la premisa del detalle como elemento fundamental.

William Blake afirmaba que para encontrar el conocimiento uno debe prestar atención a los diminutos particulares, esos detalles minúsculos que construyen la columna vertebral de la realidad. Tal metodología romántica puede ser aplicada con la serie de recortes de Nicolás Rossi, sus pequeñas y sensuales formas intentan convocar al todo, pero este siempre escapa, ya sea en el recorte de una representación renacentista de telas o en el vacío de una silueta que podía ser tanto una mancha abstracta o un cuerpo alargado que sugiera luz y sombra. Su disposición en el encuadre tradicional, un problema anciano que atormenta a los artistas contemporáneos, evoca un capricho preciosista por el orden y las distancias, como si las figuras recortadas fueran insectos desconocidos que necesitan su propia clasificación. Cada uno de los recortes es una unidad mínima de deseo y expresión, fragmentos de una historia del arte oficial que aparece en los fascículos de la Pinacoteca de los Genios, uno de los materiales predilectos para el artista. La elección de utilizar un material accesible para reproducción de obras de arte susurra un amor por las imágenes y una burla para la carga solemne que estas arrastran. Nicolas Rossi no pretende ejercer violencia sobre estas láminas ni convertirlas en monumentos nostálgicos, es más bien la construcción obsesiva de un vínculo entre los fragmentos del pasado, diseccionados con un presente que reclama otras maneras para confrontar a la bidimensionalidad.

Sería conveniente evitar la idea de composición y pensar en las imágenes de Rossi como micro escenarios de un sistema de pensamiento, lejos de la comunicación y más cercano a la idea de organización. Cada uno de los papeles recortados funciona como una instancia intermedia, un momento donde se detiene el péndulo del tiempo y los movimientos visuales no se encuentran en un punto compositivo central sino en los alrededores, en la marginalidad que antecede al marco. En una entrevista televisiva el artista Max Gómez Canle refiere a la construcción de la mirada como un camino desde lo periférico hacia lo central gracias al avance de la tecnología en la pintura. A su vez se interesó por los catálogos de historia del arte occidental editados en Francia y Alemania durante los años
40, focalizando en su baja calidad y en la idea de repintar sobre otro tiempo. Mientras que Canle cita y trabaja explicitamente con la superposición de imaginarios visuales históricos, Rossi busca construir el misterio a base de ladrillos minúsculos, son unas manchas doradas que parecen un pétalo o una tormenta.

El artista trabaja desde la serenidad, como una escena a cielo abierto donde las hojas de los árboles se pierden entre el celeste y blanco. Tal vez la síntesis de un paisaje argentino, esa calma que uno observa en las líneas horizontales y verticales cuando se sale de la gran ciudad y se habitan los campos, su noche ruidosa pero carente de violencia. Sus estrellas y otra vez la idea del fragmento. En su busqueda de pensar un nuevo rumbo para el arte brasileño Anita Malfatti afirmaba que este era variedad infinita, “es el texto que cada uno lleva adentro”. Todas las obras de arte tienen una historia, a veces está escrita de manera elocuente, académica o estrictamente poética, lejana e inquietante como manchas de humedad en las paredes. La historia de cada artista con su producción surge a partir deseos e interrogantes, pero sobretodo crea una oportunidad de encuentro. A veces los preconceptos artísticos o los prejuicios silvestres dificultan el contacto entre la obra y un otro, la indiferencia se vuelve un insulto y el muro del intelecto nos vuelve a dividir. La búsqueda de Rossi obtiene algo que pocos artistas logran: un encuentro de iguales con su obra, una confianza visual que se otorga al espectador como ofrenda y no como caridad. La obra de arte se vuelve un acto de sinceridad, las motivaciones individuales del artista se entregan al ojo ajeno, es un recorrido visual saludable y propositivo. Se aleja de las expectativas ornamentales del artista contemporáneo y crea un mundo nutritivo. La obra de Nicolás Rossi tiene la actitud de quien piensa y trabaja, celebrando la paciencia.

Emmanuel Franco



Inauguración sábado 6 de Abril de 2019 a las 19 hs en Espacio Modo 25 de Mayo 463 - Lobos



Nicolás Rossi nació en 1991 en Lobos, Provincia de Buenos Aires, donde asistió a talleres particulares de escultura. En 2010 comenzó a estudiar Profesorado en Artes Plásticas en la Universidad Nacional de La Plata, carrera de la que se graduó en 2014. Se sirvió de su estadía en la ciudad de LP para exponer y mostrar obra en el ambiente independiente y formarse extracurricularmente a nivel teórico. Ha realizado talleres y clínicas con Fabiana Barreda, Daniel Joglar, Leonel Fernandez Pinola y Diana Aisembeg. Entre sus muestras se destacan Proyecto Habitat en Galería Damme, 2014; El viaje también es un destino en Ansia galería, 2017 y su participación en Cuando las forman pulsan, interferencias en la colección Juan Batlle Planas en el Centro de Arte UNLP, 2018. También ese mismo año fue becado por CIA para realizar seminarios de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas/ UNDAV y participó del Salón Provincial de Escultura, Museo Emilio Pettoruti. Actualmente asiste al taller de los artistas Sebastián Bruno y Andrés Sobrino y prepara su tesis en escultura en la Universidad de La Plata.


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