Antosofías de Antonella Agesta en Selva Negra

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Sentada al borde de un río, sobre el césped, uno de esos días hermosos de octubre, Virgina Woolf
departe sinuosamente sobre la literatura y las mujeres. Interpretar la demanda de un espacio propio y dinero para nosotras, por lo tanto, no debe desprenderse de las condiciones mentales necesarias para hacerlo: el paseo, la salida, el divague, la fantasía.

Las pinturas de Antonella Agesta advirtieron esto y empezaron a hacer ese movimiento hacia afuera. De los primeros interiores lúgubres, empapados de una metafísica doméstica, pasando por las pinturas en miniatura en diálogo con un mobiliario ornamental que le sirve como plataforma de acercamiento y observación (una escalera usada para asomarse), hasta las pinturas de Antosofías, en las que las ventanas y puertas se abren, los velos se descorren, los jardines aparecen, el trabajo de Antonella hace eje en la necesidad mutua del adentro y del afuera, de la simbiosis entre el imaginar y el habitar. Sobre estos dos núcleos postvictorianos, modulan su amor por lo femenino.

Esta predilección, no por el personaje femenino (no hay retratos en su repertorio formal), sino por una cualidad más vaporosa y lábil opera en la atención al detalle, en una deriva preciosista e intermitente o, como ella misma dice, en la confección de un inventario de “objetitos”, una antología. Y, entonces, una mirada que se complementa con los cantos de la época pero sin la necesidad de la denuncia viceral, para rebajar, diluir, disipar toda estridencia en este universo silencioso de entidades que solo vemos como femeninas en tanto están investidas de una energía particular y soberana: la del deseo de pintar lo que quiero.

Antonella no solo acepta “that collar I have spoken of, women and fiction” (que Borges traduce sin pudor en su versión de Un cuarto propio de Virginia Woolf, como “yugo” en lugar de collar), también lo usa, casi lo ostenta, a través de una inmersión desprejuiciada, incluso si los objetitos se transforman en vórtices de tensión dramática, en ejercicios melancólicos de descarga, o en señales de una mitología ecléctica y kitsch, que la acercan a figuras como la pintora surrealista Leonor Carrington.
De este modo, volviendo sobre motivos anacrónicas y de larga data, la protagonista de sus pinturas es un hecho virtual: la fantasía. La fantasía como terreno de lo poco riguroso donde las pinturas trabajan con dudosas perspectivas, reflejos incompletos, elementos que se encabalgan o, se repiten como restos diurnos, contornos porosos. Las proporciones son caprichosas y los personajes híbridos engalanados con tocados de flores, flores que rodean cuernos, colas con estrellas, estrellas que cubren a través de velos un paisaje cortesano. Una cascada de gasa cae sobre el río y las aves, o los cisnes se miran en espejos negros de marco dorado. Finalmente la prerrogativa de la fantasía y su tendencia a lo decorativo, no socavan, (por el contrario, blindan) un espacio autorregulado, donde el acto de replegarse, el aislamiento están unidos a una confianza en que al final del camino lo que se construye es una sabiduría de sí. O varias.

Bárbara Golubicki (Curadora)



Inauguración viernes 15 de Febrero de 2019 a las 19 hs en Selva Negra (Gurruchaga 301 - CABA)


Antonella Agesta nació en Temperley, en junio de 1993. Es Licenciada en Artes Visuales de la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Realizó Clínica de obra con Pablo Siquier, Ramiro Oller, taller de dibujo con Eduardo Stupía en la Universidad Torcuato Di Tella. y clínica de obra a cargo de Ana Gallardo.Participó en el Programa de Artistas 2017 de la Universidad Torcuato Di Tella, coordinado por los docentes Santiago García Navarro y Carlos Huffman. Formó parte de la selección de Artes Visuales de la Bienal de Arte Joven 2017, donde realizó Clínica de obra con Esteban Álvarez. En 2018 quedó seleccionada en el Premio Itaú de Artes Visuales. Durante este mismo año participó en “El ritual de las cuatro paredes” muestra en conjunto con Mayra Vom en el Centro Cultural Matienzo, con texto de Silvina Yesari y curaduría de Sasha Minovich. Mostró piezas en las dos exhibiciones realizadas en el marco del cierre del Programa de Artistas (UTDT) en julio de 2018 con curaduría de Guadalupe Creche, Alfredo Aracil y Bárbara Golubicki y Gonzalo Lagos y Guillermina Mongan, respectivamente. A fines de 2018 realizó una muestra en colaboración con Carlos Huffmann llamada “Asuntos internos”.


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