Juan Tessi en Portugal

Manglar es el nombre de la primera exhibición individual de Juan Tessi en Portugal. La muestra se exhibe en el marco de una residencia previa en Caldas da Rainha, uno de los centros de producción de cerámica tradicional portuguesa, en donde Tessi se interiorizó acerca de las técnicas locales para trabajar este material.

Manglar inauguró el 18 de Enero y se expone Galeria 3 + 1 en Lisboa (Portugal), hasta el 9 de marzo de 2019.






Hasta el momento, todas las piezas y exposiciones de Juan Tessi (Lima, Perú, 1972) se han organizado alrededor de formas narrativas. Sin embargo, al artista no le interesa subordinar la imagen al relato. Por ello, la fuente narrativa, en mayor o menor medida, ha sido negada. La sospecha de su existencia nos conduce a un posible desciframiento.
Este músculo conceptual, que cada obra propone ejercitar, se activa frente a “abstracciones figurativas”: lienzos que reemplazan formas abstractas por figuras que en algunos casos lo ocupan todo. César Aira propone como antecedente de este método a Hebdómeros, la novela sin historia de Giorgio De Chirico que se puede leer como si la tuviera. A través de una lógica de acopio similar, Tessi pinta mucho de lo que se presenta en su campo visual: Muebles, jarrones, caobas talladas o espacios interiores intoxicados de confort. No intenta convencernos que el grado de importancia de estos objetos debería ser revisado en el mundo de las cosas. Tampoco es muy claro a la hora de presentarlos como conductos de historias mayores. Pero decíamos que se trata de pintar a partir de hallazgos, de cruces imprevistos con objetos cotidianos, pero también con el cine, con internet o con el modo en que el viento agita una melena en una pintura de marinas. Como el descubrimiento en YouTube de un tutorial de maquillaje, dictado por la actriz Donna Mills. Tessi anuló las imágenes, conservó el audio y lo convirtió en un manual fragmentado de instrucciones pictóricas. El resultado se ubica en las antípodas de un dictado. A partir de los imperativos de Mills como “siga difuminando con su pincel hasta que la línea alrededor de sus ojos parezca más una mancha que una línea”, Tessi logra dibujar desdibujando.




Sus piezas pocas veces se presentan de modo autosuficiente. Con motivo de su primera exposición individual en un museo (Cameo, Malba, Buenos Aires, 2016) colgó pinturas en el parking, las oficinas y la terraza de la institución para que doce cámaras de seguridad las filmaran. Las capturas fueron exhibidas al público, en tiempo real, en un espacio reconvertido en sala de monitoreo. Los museos, las terrazas y los edificios públicos son habitables o desoladores en función de su política espacial. Intervenir las lógicas arquitectónicas a través de objetos artísticos erosiona sus direccionalidades. El acto de diseminar un grupo de obras en espacios no preparados para su recepción, desestabiliza la funcionalidad inconsciente con la que incorporamos el régimen de visión.

A diferencia de todo ejercicio de cosificación, las series pictóricas de Tessi nunca dejan de estar activas. En los últimos años un tipo de voluntad expansiva, más cerca del juego que de la investigación, ha logrado desbloquear algunos de los protocolos del lenguaje pictórico. La amalgamación de la pintura con otros materiales como cerámicas, plumas, acrílicos o hierro le ha permitido extender los límites del canvas.




En este ensanche es posible reemplazar tela por pintura. Los fondos lisos de colores apagados, donde se despatarran sus siluetas con cabezas de cerámicas esmaltadas, no son los efectos de impregnación del óleo sobre el lienzo. Tessi llega al color a través de superponer diferentes tejidos de algodón monocromos, que sustrae de su stock de telas. Su trabajo como pintor tiene mucho de señalamiento, donde lo pictórico sucede en la conjunción de unos pocos elementos: una plancha de acrílico de color sujetando materia pictórica extraída de su soporte original sobre un lino embastado. Si bien son estructuras fijas, a la detención que la pintura parece ostentar Tessi le imprime cierta lógica molecular. En este engarce de estímulos y reacciones que la preceden, una pintura se continúa en otra. Pero la cadena de afectaciones no se circunscribe únicamente a las obras, más bien refleja en ellas la vida entera del taller. A fin de cuentas, como señala Bruno Latour, “no hay dudas de que las pavas hierven el agua y los cuchillos cortan la carne, etc. ¿Cómo podría la introducción de esas actividades humildes, mundanas y ubicuas decir algo nuevo? Y sin embargo, lo hacen”. Cualquier elemento que modifica con su incidencia el curso de las cosas, sean estas pinturas o estructuras sociales, es para el filósofo “un actor o, si no tiene figuración aun, un actante”. Las pinturas y esculturas de Tessi no solo posibilitan relaciones entre objetos y personas, también lo hacen entre personas presentes en otro tiempo y ausentes en nuestra cotidianeidad. Henri Rousseau, Jean-Léon Gérôme, Marsden Hartley o Cookie Mueller son algo más que un campo referencial. Su efecto es tan vinculante como inasible, al igual que lo es la luz del salón donde Tessi realiza sus obras.




Las pinturas, dibujos y jarrones que conforman Manglar corresponden al género de piezas situadas: ubicadas en un eje geográfico y temporal preciso. En este caso, no se hallan en un país, en un continente, en un barrio, sino en uno de esos terrenos que cubren de agua salada las grandes mareas y en cuyos esteros crecen árboles y especies de todo tipo. El manglar es el hábitat de una gran diversidad botánica y a la vez el estadio juvenil de cientos de especies, capaces de desarrollar una inteligencia biológica y de experimentar diversas adaptaciones anatómicas. El manglar es abierto, libre, acomodaticio y su fondo es blando. Por ello, no resulta difícil visualizar este estuario de "alta productividad", según informa Wikipedia, como la zona donde se ubican las corporalidades pintadas, moldeadas y dibujadas por Tessi. Sus entidades pocas veces están completas, incluso muchas de ellas proponen un nuevo orden, donde pies, manos y cabeza ocupan un lugar indeterminado. El interés por construir tal grupo de corporalidades a través de líneas y por no ocupar la totalidad del lienzo son el margen que necesitan para desarrollarse. Los artefactos corpóreos, nunca naturales siempre artificiales, eluden cualquier atisbo de realismo. Estas formas, al servicio de la invención, son experimentadas por el artista como un prototipo de especie. Sus formas y volúmenes van mutando pero también la cantidad de extremidades, conformando una especie anfibia. En tal abundancia de inventarios, un jarrón mantiene su morfología pero su función ha mutado, para ser más precisos, ha sido interrumpida. Los jarrones de Manglar, realizados en el taller de Pedro Pacheco en Caldas, son formas cerradas, bloques macizos en el que las plumas, para adornarlos, deberán sortear la dificultad que ofrece el conjunto de tapas selladas.




Entre el artilugio y el cuerpo, las complexiones inacabadas de Tessi acrecientan cierta iconografía festiva. Una pierna levantada, una mano ofreciendo uvas, una pareja de cinturas agitando minifaldas de plumas. Las coreografías y movimientos que sus siluetas emprenden se acercan al ritual y por lo tanto a determinados modos de narrar, pero muy pocos relatos a los que atenernos vamos a descubrir allí. Cada una de estas entidades son músculos que avanzan a través de una acción, sin contar nada.
Estos movimientos no disponen de un destino, tampoco se configuran a partir de imágenes preexistentes. Comparten el hacer de los niños: poner pintura en una superficie hasta que la forma aparezca. Y se establecen bajo un estado de contagio y contaminación, haciéndose eco de este verso de Francis Picabia: “Una pintura no existe si no sabe llevar más allá a todas las pinturas”.

Por Mariano Mayer (diciembre 2018)




Hasta marzo en Galería 3+1 (Lisboa)

por Mariano Mayer, 7 de Febrero de 2019
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