Los mundos grotescos y románticos de Eguía

Con estilo personal y siempre alejado de las tendencias, el artista crea un universo de personajes a partir de cuentos, objetos animados y situaciones de la vida cotidiana.


La galería Sara García Uriburu presenta una exhibición de Fermín Eguía (1942), 23 acuarelas de diversas series realizadas en los últimos tres años con sobrado virtuosismo. Pobladas de personajes extraños, las obras de Eguía ostentan los motivos distintivos de su estilo (narices, dientes, peces, coleópteros y rasgos antropomórficos) “Lo mío es arcaico, es anticuado”, señala el artista sin aceptar que lo encasillen. No obstante, llevado a la instancia de declarar alguna filiación estética, se autodefine como un “romántico -grotesco”. En efecto, desde 1974, cuando en los inicios de su carrera ganó el Premio Marcelo de Ridder, hasta hoy, su imaginario resulta único e inconfundible.




Eguía pasó de mostrar el universo siniestro y atroz que se puede asociar a las víctimas de la dictadura, a las ficciones inspiradas en el mundo real. Sobre las pesadillas que pintó en plena década del 70, el crítico Ricardo Martín Crosa subraya el efecto muy especial de la luz, el elemento hasta hoy esencial en la producción de Fermín Eguía. “Por supuesto, no es la luz la que crea monstruos. Ella se encarga de ponerlos en evidencia: separarlos de la tiniebla circundante y señalarlos”. Martín Crosa habla de la capacidad para representar el miedo y describe los engendros y espectros que se deberían rastrear hasta el Bosco y las gárgolas góticas. “Hay varios elementos a explorar para encontrar esas raíces, ninguno de ellos puro, ninguno simple, sino mezclados, conectados, influidos mutuamente”.




Ajeno al conceptualismo, Eguía se alejó también del arte político, aunque, sensible, le dedicó un período a la crisis económica y social de 2001. Luego, la exposición actual está atravesada por varios temas. Las calles porteñas con sus adoquines, los viejos caserones y los cielos de un azul incomparable, son los bellos escenarios de la serie donde rescata a los viejos buzones, humanizados y en actitudes heroicas, salvando unas cartas de la lluvia y otras que se las lleva el viento. Los relatos fantásticos de “Simbad el Marino” exacerban las aventuras del protagonista del cuento. En “La nave de los locos”, el propio Eguía se autorretrata, remando y rodeado por personajes desopilantes. Entretanto, “El gabinete del doctor Caligari” es una acuarela dramática y oscura que cita la película alemana de la década del 20. Eguía pinta la escena expresionista del teatro, cuando Caligari despierta al monstruoso asesino que guarda dentro de un féretro.




El humor está presente en gran parte de la muestra, y un buen ejemplo es el paisaje veneciano pintado como una veduta de Canaletto. Pero la impronta del artista navega en el Gran Canal, donde un bagre gigantesco suplanta a una góndola. Las frecuentes referencias a la historia del arte apelan al caudal de conocimientos del espectador. De este modo, Eguía despierta el inconsciente estético y estimula la capacidad interpretativa de aquel que mira. Laura Malosetti Costa le dedicó un libro donde habla de los secretos que esconde la obra y el riesgo de confundirse debido a la aparente facilidad para interpretarla. Entonces advierte: “Sus imágenes pueden resultar bellas o graciosas o terribles, aun para el espectador menos entrenado o más distraído. Ofrecen una vía de entrada engañosa, en apariencia fácil y divertida, a cuestiones arduas que a veces se agazapan en ellas. Y aun cuando es frecuente que sus acuarelas, como los grabados y los emblemas antiguos, estén acompañadas de leyendas y títulos escritos a lápiz debajo de la pintura, la relación entre palabra e imagen en ellas escapa a lo previsible. Lejos de cerrar el sentido planteando una moraleja, aportan nuevos enigmas que atraviesan la imagen y la potencian”.




La percepción de las obras de Eguía escapa al común. Las experiencias estéticas resultan por momentos poéticas, pero siempre individuales e intransferibles. En algunas acuarelas hay enigmas que tienden a permanecer ocultos, pero la atracción visual suscita el deseo de contemplarlas e imaginar el sentido de la narración. A la felicidad que deparan dos grillos vestidos de gala y tocando la trompeta y el violonchelo, se contrapone el sarcasmo de “Diarios y Revistas” o el miedo a la muerte que anuncia con mordacidad “El trencito de la alegría”. Los esqueletos y fantasmas viajan en un tren multicolor y, mientras toman una copa, ofrecen sus servicios: “Animamos velorios”.

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Hasta el viernes 14 de diciembre de 2018 en la galería Sara García ( Uruguay 1223 - CABA)

por Ana Martínez Quijano , 12 de Diciembre de 2018
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