La lógica del hielo

Contra el sol. Verónica Gómez en CC Recoleta desde el miércoles 10 de octubre de 2018 hasta el lunes 10 de diciembre de 2018.

Todo empieza con un gran óleo de azules, azul agua, azul cielo, azul negro. Nos encontramos en medio de una gran tormenta, semiahogados en la belleza de una ola enorme. Descenso, caída. Tal vez el sabor sublime, insospechado, del último respiro.




Ellas- la niña del pecho peludo, la adornada, la muchacha crepuscular y Mary Baker, ya pasaron por ese lugar. Desde ahí nos miran, atrapadas, congeladas en sus marcos, cajas de madera, cajas ataúd, cajas con hendija. Es por la herida que entra la luz. Y es, aún muertas, a través de sus ojos desde donde nos miran. Rodeadas por paisajes en blanco y negro, tan pequeños como densos. Para cada ser su paisaje, para cada muerto su propio espacio. Están allá. En la tierra de los muertos que viven. Bajo la misma atmósfera que Udolfo, con todos sus misterios en su castillo loco. Están muertas y aún nos miran. Verónica Gómez destapa aquello de lo que no se habla más que como metáfora. La artista nos revela eso que es invisible pero no inmaterial.




Ellas nos miran con ojos de una melancolía sin tiempo. Quedaron detenidas. Pero a su alrededor todo sigue palpitando. Algunas murieron niñas, y aún siguen extrañando algo de esta tierra, la misma que las invade metamorfoseada en musgo, en barro, en corteza. Aún sin respirar, aún escondidas, enraizadas siguen buscando. Hasta conservan su ropa. A pesar de las raíces, de la humedad, del frío y del extremo calor, su ropa sigue intacta. Congeladas. Tal como fueron enterradas, así siguen vivas, contra el sol, abrazadas por raíces que devienen estalactitas de madera, de barro. La nieve, el hielo, conserva la vida.
Qué extrañan estos seres? Algo quedó en la tierra sin concluir. Destinos arrasados. Deudas pendientes, amores en suspenso, suicidios , tragedias que cortaron un hilo. Pero no del todo. Algo las sigue esperando. Y ellas siguen pendientes. Por eso conservan sus moños, sus vinchas de pelo, los botoncitos de sus vestidos. Están preparadas.



Uno de los retratos, la viejita niña. Se hizo vieja pero murió joven. Por eso ella tiene un aura verde, verde naturaleza ,verde pasto , verde vida. Rostro y cabeza de niña, pero allí el pelo siguió creciendo. Ahora es una niña muerta repleta de canas vivas. Hilos de plata sublunares.

Debajo de la tierra, como arriba, los cristales tienen sus propias fases. Pero siempre el mismo sentido: conservar. Aun el retrato de la mujer madura, al verde de su aura le crecen capas de cortezas. El universo de Verónica Gómez parece ubicarse en otras dimensiones, hades de barro, raíces y fuego, pero con la lógica del hielo.

En las pinturas grandes aparece más latente, mapas de algo más complejo, menos humano, más geométrico. Hay cielo también en este lugar contra el sol del que nos cuenta la artista. Hay cosmos. Tal vez arriba. Tal vez adentro de ellas mismas, de las muertas que nos miran, porque aún muertas siguen vivas. Hay una que está muy enojada. Se nota que murió en un accidente. Su pezón, resentido por no haber podido nutrir a un hijo deseado, gotea leche, que en esa atmósfera devienen raíces. O la mujer jirafa, puro cuello tronco: cuánta elegancia puede haber en la muerte!

Así vamos, hipnotizados, inquietos recorriendo un mundo que no sabemos si está arriba o abajo, cuando la artista y curadora Silvia Gurfrein nos da un golpe en la nuca. Nos hace entrar en otro lugar, nos recuerda que la obra de arte es también artificio, interior burgués, a través de la repentina ficción con una pared de amarillo limón, amarillo luz, amarillo reflejo del pálido sol. En el artificio puede haber luz. Y las obras, aún formando parte de una decoración de interiores, siguen siendo un respiro. La magia de la pintura. Qué más nos queda sino abrir en nuestros encierros ventanas como paisajes y ventanas como fantasmas.

Al salir de allí, se alzan unos altares seculares, ni horizontales ni verticales, vitrinas repletas de radiografías de paisajes. Líneas como estalactitas. Cajas de madera, una vez más. La madera hace de tierra tronco árbol. El vidrio protege la obra, y nos protege a nosotros, espectadores, de esa secuencia de paisajes inquietantes, en los que las líneas en blanco y negro pueden llegar a cortar la piel.

En la antesala, una fila de retratos, pequeños fantasmas de una belleza y una gracia inquietantes: Niña modigliani con moño, Señorita Jane, Niña con trenzas, Niña blanca, Niña vieja o La niña oveja, Niña carnero, Muchacha de ojo nublado.
Son seres construidos con materia, pero una materia de consistencia extraña, a punto de desaparecer. Rodeadas por la Nieve interminable.

Nacemos. Morimos. Pero tal vez el tiempo sea una quimera.



Hasta el 10 de diciembre de 2018 en en El Recoleta CC Recoleta (Junín 1930 CABA) - @CentroCRecoleta

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