Andrés Waissman, Juane Odriozola y la muestra colectiva "A punto de caer" en Munar

munar2018oct.png

Emboscada de Andrés Waissman
La instalación reúne, en un mismo espacio, dos pinturas de gran formato, una larga tira de dibujos sobre papel, un video proyectado sobre el ambiente que muestra la evolución de una gran viruta hacia su oxidación, y una serie de objetos monocromos que plantean un recorrido activo por parte del espectador. En una planta rectangular la instalación tendrá un planteo longitudinal, con un cortinado negro que cancela la luz levantado sobre un espacio posterior de aproximadamente 4 metros y que funciona como fondo.

Esta instalación junto a las de Viruta hacen pie en la desintegración, un proceso continuo y casi siempre en movimiento. No solo es el polvo que se desprende del material de acero en las virutas lo que se evidencia como residuo de la desintegración, en estas obras esa metamorfosis está conceptualmente visualizada en la contorsión de las figuras que intentan amoldarse a la cámara donde están forzadas a un mínimo espacio. En estas apropiaciones suscriptas a la estética medieval románica, esta instalación se dibuja como un pasillo procesional en donde el espectador es dirigido hacia la última figura detenida sobre el suelo como punto de referencia para todo el conjunto.

Como parte de esta escena de climas y penumbra, de luz apenas proyectada por un video que muestra la viruta palpitando, esta instalación se asume como un espacio de decisión para discernir y asumir: lo viejo y lo nuevo, lo consolidado y lo desplazado, la risa o el espanto. Los hilos de alambre que tejen los objetos presentados asumen la complejidad de aproximarse a los fenómenos del pasado desde la práctica artística, configurando en el escenario contemporáneo una posible definición del “aquí y ahora”.



Inaugura también "Información agregada" de Juane Odriozola

Juane Odriozola -artista- así como vive, trabaja: sin pausa. Su obra es su manera de transcurrir, aquello que hace con el tiempo. Es prolífico, entonces, sin necesidad de exhibir su genio en el desborde y el exceso, sino por dedicarse absoluta e irrefrenablemente a hacer, a hacer probando, a hacer haciendo, a hacer de todo todo el tiempo. Esta equivalencia no significa necesariamente que su poética se inscriba dentro de la tradición del arte=vida, según la cual la diferencia entre la naturaleza de esos términos es lo que juega a desvanecerse, sino que tiene que ver con que los tiempos
de ambos se solapan ampliamente. Sin importar la forma que adquieran, sus obras son una manera de estar y de reacomodar lo que está, ya sea escribiendo y distribuyendo sus libros de poemas que desentrañan las claves de lo cotidiano, pintando cuidadosamente pañuelos descartables de papel tissue, consumiendo chorros de tinta, publicando en la red productos inmateriales para la venta, duplicando objetos y arquitecturas en el espacio al instalar sus fotografías fantasmales u organizando los pequeños caos de la ciudad mientras filma sus videos. Son orden que desprende el hombre trabajando, enfrentándose y entregándose al presente y usando el tiempo. Son la transformación en presencia de todo lo que puede desvanecerse ante el uso o la indiferencia, incluso de lo imperceptible que, por imperceptible, se vuelve ausencia.

Juane Odriozola es metódico aunque no lo crea. Y a la obra la busca, no la espera. Se dispone a producir como un autómata, habiendo interiorizado una serie de reglas que dan lugar en su proceso a la repetición tanto como al azar, a lo anticipado tanto como a lo impredecible y al hallazgo. Su capacidad para abstraerse de la sensación de caos, para navegar sin desconcierto la sobreinformación y su disposición a trabajar modular y sistématicamente vuelven a su cuerpo un educado canal de acciones y de movimientos interiorizados que descansan en su habilidad para sostener una velocidad
crucero y le permiten así ingresar al paraíso de la no ansiedad, donde no hay frustración ni desenfreno. Como ocurre con la serie Cromogramas, que exhibe en Información agregada, sus pinturas se pintan como se pronuncian mantras. Son el resultado de un trabajo que Juane produce, rítmica y coreográficamente, sobre varios papeles en simultáneo a los que pinta por partes, sin verlos en su totalidad y eligiendo colores por antojo jugando así a lo inesperado, confiando en la sofisticación de su sensibilidad aprendida e innata y en la garantía estética de la que lo provee este poco de azar y su empeño. De esta manera, sus composiciones se sospechan, no se imponen de manera premeditada. El proceso da lugar a todo el potencial de sus reglas combinatorias y la varita de la arbitrariedad, sabiéndose regulada por las restricciones de un supuesto orden, regala originales y belleza una

y otra vez, además del humor que contagian estas tácticas que vuelven a lo absurdo, fértil. La obra se realiza así al amparo de la norma, pero coqueteando con lo aproximado, con la imposibilidad de la exactitud. Se nutre de las ricas diferencias entre lo casi igual, del carácter sublime que sabemos encontrar en lo sutil y estructural y de un devenir que concedió a aquello que en el entorno cotidiano es inmutable y banal, un destino cargado de gracia y de sorpresa.
Juane Odriozola no cree pero supone creer, tal como él escribió hace un tiempo. Esto implica que no es absolutamente escéptico, pero probablemente deja en claro que entre acción e inspiración prefiera confiar, al menos para empezar, en la primera. Su minimalismo generativo, su dedicación a producir
y a reproducir orden, a registrar el suceso de su encuentro con lo cotidiano, son una apuesta a que puede existir el vagabundeo con propósito, a que vale probarlo todo y dar a cada impulso, método. Es este -un pausado proceso de información agregada- el que provee a su inventiva inagotable de su
fantástica fórmula de casi no repetición para llegar al infinito sin impedimentos.

Alejandra Aguado


Sábado 27 de octubre de 2018 en Munar (Av. Don Pedro de Mendoza 1555 - CABA)
Instagram @munar_arte
gachiprietogaleria

compartir