Devorar la norma en tiempos de amenza

La Pieza del Escándaloes un ciclo de debates curado por Marcelo Dansey que se realizó entre julio y agosto en la Casa de Victoria Ocampo y que tuvo por objetivo cuestionar los límites de la práctica artística en el marco de la cultura contemporánea. En total fueron dos encuentros que reunieron a cuatro artistas –Nicanor Aráoz, Sofia Durrieu, Mauro Guzmán y Natacha Voliakovsky- quienes presentaron, en dos encuentros consecutivos, una obra que por alguna razón podría resultar escandalosa. La pregunta detrás de estos encuentros era si hoy algo puede realmente escandalizar a alguien. El sistema del arte nos tiene acostumbrados a reacciones de manual que siguen funcionando como hace 500 años. Cualquier señalamiento a la iconografía religiosa será motivo de controversia y en muchos casos la indignación tomará estado público, como sucedió con el pedido de clausura de la muestra de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta o, tomando un caso más extremo, la matanza en Charlie Hebdo, el semanario de humor francés, cuya redacción fue masacrada por extremistas islámicos después de haber publicado una viñeta sobre Mahoma. Como en este último caso, muchas veces la reacción puritana termina siendo mucho más escandalosa que las obras que las provocaron.




Y es que por otro lado, el mundo del arte, digamos la cultura occidental, parece haber derribado todos los tabúes. Dentro de los parámetros que impone la corrección política, que protege la integridad de la persona de la violencia y la discriminación de cualquier índole, podemos pensar que uno podría hacer y decir todo lo que se le ocurra. En esa frontera se movieron las cuatro obras presentadas: Durrieu, con una performance en la que su cuerpo era manipulado como si se tratara de un objeto; Aráoz, con una instalación que hacía mención a la sangre mestiza de Victoria Ocampo -en su biografía ella reconoce tener “sangre india”- y Guzmán, con una performance en la que, travestido y personificando a la actriz Linda Bler -un personaje de película de terror clase Z- se tiró a dormir en la biblioteca de la Casa, frente a la fotografía de una verga monumental de color verde. Ahora, a la hora de cerrar el ciclo, Voliakovsky parece haber ido un poco más allá, directamente al meollo de la cosa. No sólo en lo simbólico sino en lo concreto. En su performance, Voliakovsky comió y dio de comer de su propia carne. No lo dijo abiertamente pero algunos antecedentes de su carrera artística ofrecían indicios para esa interpretación de los hechos. Hacia el final de la reunión, la artista se presentó en el comedor
de la Casa, vestida de riguroso negro, con guantes de gamuza del mismo color y un vendaje de reminiscencias renacentistas que le cubría la cabeza. El día anterior se había realizado una operación estética y el curador advirtió antes de presentarla que estaba convaleciente.




Voliakovsky y Dansey –artista y curador- ya habían presentado en 2015 una performance en el Centro Cultural San Martín en la que ella se realizó las curaciones posquirúgicas arriba de una plataforma, en una sala del centro cultural. Siguiendo esta línea, un año más tarde en una muestra colectiva en la galería POPA, Voliakovsky mostró una instalación que reunía cuatro pequeños pedazos de su propia carne cocinada, luego de haberla obtenido de una cirugía plástica. Estos datos no hicieron más que inflamar la fantasía de quienes asistieron a esta especie de ritual pagano. Ahora la artista dispuso sobre la mesa un plato de diseño exquisito, adornado con dos pequeñas orquídeas blancas, junto a otros elementos que referenciaban tanto al quirófano como a la gastronomía, en fría y aséptica sintonía: aceiteras de cristal, estuches de acero inoxidable, tijeras y escalpelos junto a la cubertería. Frente a esta instalación y ante una concurrencia que permaneció inmóvil, Voliakovsky puso sobre el plato pequeños pedazos de carne, las condimentó y se las llevó a la boca, una y otra vez, con solemnidad pasmosa. Cumplida su ingesta, la artista tomó con una pinza otros pedacitos y los ofreció a los presentes. Dos de ellos se acercaron a la mesa y aceptaron los bocados sin decir palabra alguna. Finalmente la artista se retiró de la sala y los presentes se arremolinaron sobre la mesa para ver los restos del banquete. No se sabía exactamente qué era lo que había pasado pero estaba claro que había sido algo serio.




El canibalismo es, junto al incesto, una de las dos prohibiciones sobre las que se estructura la cultura moderna; sin embargo, si uno analiza la misa cristiana, la eucaristía es una metáfora de la antropofagia. Tomad y bebed todos de él, porque éste es mi cuerpo, dijo Jesus en la última cena y así lo sigue representando hasta nuestros días, cada sacerdote, en cada misa, en cada iglesia alrededor del globo. Desde la óptica de este ritual fundacional no es extraño pensar el capitalismo como un sistema caníbal que articula secretamente –y a la vista de todos- la dinámica social occidental y cristiana. El clima que enmarcó la performance el 30 de agosto pasado no podría haber sido más ajustado. Esa tarde, el precio del dólar trepaba por arriba de los 40 pesos y en casi todas las ciudades de Argentina una multitud paralizó las calles en protesta por el des-financiamiento a la Educación Pública. Afuera de la Casa de Victoria Ocampo, en el barrio más elegante de la ciudad, caía una lluvia persistente mientras el país se prendía fuego. Adentro, la gente que había llegado al lugar participaba de un ritual ancestral que en su actualización estética y simbólica resultaba un escándalo, sin llegar a romper el silencio.


Título por Camila Stehling
Fotos Nevena Martinovic
Edición Julieta Feresin

por Fabricio Nutkiewicz, 18 de Septiembre de 2018
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