Rol de Laura Ortego y Lisa Giménez en Walter . Casa para artistas

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Todo lo profundo ama el disfraz
Gustavo Cerati

I
En la estructura social, cada uno interpreta su papel. Obedientes al propio amo que insiste en mantener el dibujo de una matriz identitaria, repetimos las redundantes frases, hacemos las muecas reconocibles, y los otros nos dan el reflejo consolador de nuestro rostro, el eco de nuestra voz. Llevamos a destino el legado de ser alguien. Y así entrar en el curso de la historia, en las fotos familiares, en el tiempo hueco. Ahí nos reconocemos, y los otros saben dónde encontrarnos.
El arte es uno de los modos de hacer explotar ese trayecto, esa línea progresiva, esa herencia.

II
Vemos aquí videos que son sesiones fotográficas.
Una foto familiar se vuelve un dispositivo para enunciar cada una de las vidas individuales, de su estancia en el tiempo y en el mundo. La ropa es envoltorio, como los roles y las poses que guardan latidos desconocidos para sí y para los otros.
Vemos fotografías que son performances.
Las miradas desafiantes replican la intensión de la artista que jugó con los modelos. Retratos donde se difumina el género para expandirse hacia lo escénico en ritos híbridos y de- contextualizados, con cuerpos que desdibujan sus edades y saben ser actores.
Las artistas de esta muestra, en los bordes de la fotografía, abren pequeñas fugas.
Lisa Giménez con su propuesta produce una conmoción extraña, sus modelos deben permanecer un rato (20 minutos), casi quietos a la espera del registro, y es ahí, tal vez por la percepción de un tiempo neutro, que la mirada de los retratados nos hace descubrir (junto con ellos) los velos de lo que los rodea; se desnuda el carácter escenográfico del contexto, sus atuendos pasan a ser disfraces y los parecidos familiares otro juego de máscaras. La neutralidad, buscada también en lo sobrio de los registros, delata paradójicamente una inquietud, las miradas se vuelven activas, los retratados parecen preguntarse: -¿Estoy aquí bajos estas ropas? -¿Yo soy esto que se ve?
Laura Ortego que también registra de un modo despojado, con un leve guiño hacia la fotografía
de moda por un lado y al juego infantil de disfrazar(se) por otro, logra con una pequeña intervención, una desprogramación de la mirada. Los retratos pasan a ser teatrales, casi cinematográficos. Podemos ver ahí: un arlequín, un actor de una película expresionista con ropa de gimnasio, un extraño monje asexuado, un niño-grande con un collar sagrado, un ser medio mujer con algo de barba y pelos en las piernas, como si fueran rituales mínimos y andróginos.

III
La fotografía le roba a la pintura, negocia con la moda la repetición de los gestos, convierte en objetos de estudio a las personas dispuestas en espacios reducidos, separa en celdas las tipologías y calca las composiciones ya fijadas. Ella también ha perdido su papel.
Quien hace retratos fotográficos dispone su objetivo (cree que tiene un objetivo). El retratado se presta a dar lo que le piden, dona su cuerpo para desconocerse y desnuda así al fotógrafo, le dispara con sus ojos. Nadie está parado en su sitio. La imagen atraviesa los cuerpos.
El arte es hermafrodita, usa los géneros a su beneficio, los tiempos, los lenguajes, usa a los artistas. Nos enseña a salir de las actuaciones previstas hacia nuevos riesgos, a probar nuevas máscaras. Y así, ampliando los disfraces construimos nuevos órdenes de palabras y pensamiento, nuevos horizontes y disponemos los rostros hacia la fiesta del devenir.

Texto: Lucas Marín



Inauguración Sábado 29 de septiembre de de 2018 a las 18 hs en en Walter . Casa para Artistas

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