Sin Fin de Marcela Mouján en Cecilia Caballero

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Estamos ante las flores exaltadas que en pinturas casi escenográficas realizó en los últimos meses de compromiso y lucha feminista compartida Marcela Mouján. Conocía su series de fotografías en las que abordaba el autorretrato como dato que le permitía hilar una genealogía matriarcal. Marcela investigaba su propia historia. Un día levantó la mirada para ver más lejos y encontró en la naturaleza ese inconmensurable que nos involucra a todos. Los afectos son los mismos, pero se desvinculan del registro personal más evidente. En definitiva, ante la naturaleza, cada uno teje sus propias emociones.
Sus paisajes funcionan como una alegoría doble. Son, por un lado, una reflexión sobre el tiempo: ante su paso irrefrenable, lo detienen. Funden los momentos que ella adora de esos fragmentos que capturó con la cámara y reordenó con la pintura: las ramas, las flores, las frutas. Son, también, una alegoría política. Ella pinta las flores nacionales, el campo argentino, sus animales, el orden escolar: la tierra verde abajo y el cielo azul arriba. Temas que refieren a las bondades de la tierra, sustento de la economía y el progreso. El discurso de la nación. Un motivo casi patrio representado desde recursos repetitivos, que perturban la imagen como un desvío casi imperceptible.

Desobediencia es una palabra que nombra con claridad el procedimiento secreto que anima los datos realistas que compactan estas pinturas. Las reglas de la naturaleza se trastornan para crear un paisaje imaginado y deseado. Las flores y las ramas se despliegan cerca de los ojos, mientras el horizonte demanda la visión miope, microscópica, que permita ver los motivos mínimos que lo pueblan.
Detalle es otro término importante, ya que todo esta pintado con extrema precisión. Son observaciones minuciosas. La abundancia se libera como si todo el paisaje saliese de esas flores cornucopias. Se trata de una naturaleza precisa y artificial al mismo tiempo, que se expande frente a nuestros ojos en un tamaño mural-escenográfico.
Exceso y fragmento: sus tapices de mosaico de vidrio retoman las perfectas y monumentales pinturas expuestas. Las mismas flores cuya superficie unificaba el pigmento, ahora se componen desde los trozos de vidrio. La grieta que los separa remite a la reconstrucción museográfica. El cuidado afectivo con el que se unen, conservando los vacíos, restaura la imagen que vive, más allá de sus quiebres. Porque su obra parece desear que nada muera; que cada color, cada textura, conserven lo mejor de sí sobre la tela.

Junto a la belleza que se refuerza desde la iridiscencia del color, las texturas, los relieves, los dorados a la hoja, los vidrios, en un despliegue de recursos plásticos y de saberes técnicos, la obra también reconfigura un lugar común para proponer un sentido crítico. Casi como un comentario irónico respecto de los temas que la historia de la pintura atribuye a las mujeres, Marcela Mouján nos entrega sus flores hiperbólicas. Durante las semanas previas a la inauguración subió a la red cortos videos que registraban el proceso de realización de su obra. Los films obran casi como prueba de que fue ella quien pintó esa inmensidad con tal detalle. Ella desde su piel. En los films vemos como recoge la materia desde la superficie de su mano: desde la suya a la otra piel, la pictórica. “Mi piel es donde termino yo y empieza el mundo exterior”, escribía en 1993. En ese momento cubría su cuerpo con una segunda piel que despegaba y registraba en una foto performance. Ahora la piel es la paleta desde la que el pigmento pasa a la tela. Cuerpo, materia, pintura.
En estos extraños paisajes laten, simultáneos, la alegoría crítica y el impulso de supervivencia. Sus naturalezas nos proveen las formas y el color del cambio, que incluye otros tiempos y éste, en el que todo se agita de nuevo.

Andrea Giunta



Inauguración Martes 31 de julio de 2018 a las 19 hs en en Cecilia Caballero ( Montevideo 1720 - CABA)

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