La pintura ingenua. Pequeño diccionario de la pintura ingenua. Un libro de Manuel Mujica Lainez

Los “ingenuos” no imitan: están, frente al modelo, en relación directa. Nada se interpone; ninguna noción previa nubla con perjuicios de capilla o con andamiaje técnico el acatamiento de su sencilla sinceridad. La suya es una pintura encantada y participa del clima incorruptible de lo maravilloso. Ilustradores espontáneos de cuentos cándidos y bellos, respiran un aire feérico. Cada uno de ellos es un poeta narrador, un orador de escenarios y personajes mágicos.

Manuel Mujica Lainez





¿Es algo que no existe, el arte ingenuo? ¿Un engaño, una apariencia? ¿Y es verdad que Manuel Mujica Lainez le dedicó muchas horas al tema, horas cuyo fruto es este texto hecho de muchos textos? Todo es verdad a medias. Claro que algo hizo Mujica: dedicarle tiempo a una ilusión. Mujica trató de imaginar algo que no existía, saldar cuentas con el ambiente y sobre todo congregar a una hermandad dispersa de artistas, dirigirles la palabra y activar un espacio adecuado a su manifestación. Fue tan simple y tan difícil como juntar a quienes comparten una búsqueda, ofrecerles una historia en la que se pudieran mirar. Tan simple como contar qué pasó.

Claudio Iglesias



Fragmento

Las cortas noticias enunciadas sobre el progreso de la atención y estima concedidas en lo que va del siglo a la “pintura ingenua”, en el país que más pronto captó la seducción de su sustancia, y las que consignamos alrededor de su presencia dentro de nuestro territorio, comenzando en los días de la dominación española, culminan con las que daremos acerca de quienes se han distinguido y distinguen, en la Argentina actual, por su aporte a un arte en que la percepción sutil priva sobre el bagaje perito y en el que el desahogo poético de elemental frescura se concreta en sensaciones directas, las cuales, al encontrar eco en una sensibilidad afín, producen misteriosas resonancias. Seguiremos, para facilitar la consulta, el orden alfabético, ya que los intuitivos que integran el aludido grupo son, más allá de las distancias que la edad impone, contemporáneos, y han actuado todos bajo la influencia de estímulos similares.

Antes, empero, es justo que dediquemos un párrafo especial a El Taller. Tres mujeres jóvenes y sensitivas –Leonor Vassena, Nini Gómez Errázuriz de Paz y Niní Rivero– inauguraron esa galería el 12 de agosto de 1963, en un departamento de la calle 25 de Mayo 758. Recordamos que se les señaló entonces que aquella selección del centro porteño, de marcado acento portuario, con sus bares de marineros, sus abigarradas pensiones y pequeños hoteles y su estridente vida nocturna, no era la que convenía a una entidad que aspiraba a difundir (y por supuesto vender) la obra de nuestros artistas. Pero ellas tenían razón. La atmósfera circundante y preparatoria resultó la más propicia para presentar, en sucesivas muestras, una pintura de raíz popular, la “pintura ingenua”, que tal fue el objeto perseguido por las tres originales organizadoras. El parentesco que dicha pintura evidencia con las decoraciones polícromas de las cantinas o con los trabajos perseverantes de los artesanos que encierran en botellas barquitos y paisajes, le fijaba su morada lógica en ese sitio. La exposición inicial reunió las firmas de Susana Aguirre, Menghi, Spampinato, Dignora Pastorello, Ana Sokol, Lupka, Fumagalli, Ollavaca, Nicolás Olivari, Torre Zapico, Casimiro Domingo y Juan Otero. Figuraban también en el conjunto un “ingenuo” haitiano y un “primitivo” de Estados Unidos. Algunos de los nombres citados eran conocidos; la mayoría, no. Las directoras proclamaban, desde su primer paso, un propósito nuevo, audaz: el de ubicar según su mérito a una pintura que o se ignoraba o se desdeñaba, y que se catalogaba, en el mejor de los casos, como pintoresca o divertida.

El equipo trabajó bien. Cada una asumió en la tarea la parte acorde con su personalidad. Leonor Vassena –pintora y mujer excepcional, a quien arrebató la muerte de súbito, en agosto de 1964, cuando su misticismo alcanzaba metas de increíble depuración plástica, aportó su rigor estético; Nini Gómez contribuyó con la seguridad implacable de su buen gusto y con sus relaciones mundanas; Niní Rivero con su sentido práctico, con su equilibrio. Un marco de simple e insólito refinamiento –con sofisticados muebles de paja negra, alfombras y mantas multicolores, vino en tazas, piano, conversación múltiple y humareda de cigarrillos– encuadró las obras que se fueron exhibiendo periódicamente, y las escalonadas inauguraciones constituyeron espectáculos en que la bohemia simpática y la calidad obvia sumaron sus niveles. En 1963, como un desarrollo de la muestra general mencionada, se vieron allí otras individuales de José Luis Menghi, Alfredo Spampinato, Minerva Daltoe, Ana Sokol, José Torre Zapico, Augusto Schiavoni y Dignora Pastorello; en 1964, las del brasileño Francisco da Silva, María Eugenia Iriarte de Allende, una segunda de Menghi, Carlota Reyna, Nicolás Olivari, Juan Grela G., el chileno Fortunato San Martín y varios brasileños; y en 1965, las de Torres Zapico nuevamente, Cecilio Madanes, Manuel Mujica Láinez, Alejandra Pizarnik, María Luisa [sic] Schiavoni, Valeria Ledesma y Adolfo Ollavaca. No todos los enumerados se ciñen estrictamente al planteo de los “ingenuos”. No lo son, en nuestra opinión, Grela, Otero, Minerva, Cecilio, Alejandra. Pero aun ellos, por cierta inocencia de la estructura que coindice con el espíritu de este sector pictórico, pudieron alterar ni marcar severos contrastes con los “puros”.


La pintura ingenua. Pequeño diccionario de la pintura ingenua
Manuel Mujica Lainez
Epílogo de Claudio Iglesias
64 pg.
ISBN 978-987-3708-55-8
Maravillosa Energía Universal
2018
por Iván Rosado (editorial), 12 de Mayo de 2018
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Crudo