Camp de entrecasa: o de cómo el arte nos pone en cuestión

Camp de entrecasa. Chiachio & Giannone en Museo Emilio Caraffa (Córdoba) desde el jueves 22 de marzo de 2018 hasta el jueves 24 de mayo de 2018.

La propuesta de Chiachio & Giannone en esta ocasión, y probablemente en casi todas, contiene
algunos elementos que nos dejan ante sus obras en un estado de perplejidad que nos permite pasearnos entre bambalinas, tocar las piezas y experimentar la escenografía propuesta, a la vez que mirar con la distancia necesaria los objetos de “entrecasa”, convocados como obras de arte en las salas del museo. En principio el título de esta muestra no debe pasarnos desapercibido, en tanto seña significativa de la estética Camp con que esta dupla construye la obra, y desde donde mira el mundo: mezcla de acometida irrespetuosa contra la tradición, signada por el desencanto y la pérdida de la ingenuidad, propia de la posmodernidad1, pero con un giro posibilitador, heredero de ciertas formas de fe –en el arte, por ejemplo-. Vale decir que el nivel meta semiótico de esta instalación –que trastoca las definiciones más tradicionales de las artes visuales-, ha traspasado los límites ya endebles del mundo del arte, cuestionando no sólo los relatos sobre el mundo heteronormativo, sino la construcción del relato mismo, susceptible de ser narrado de diversas formas. La sensibilidad Camp requerida para la apreciación de la propuesta estética, asume entonces un fuerte aspecto político de revisión discursiva foucaultiana y de deconstrucción derridiana.




La dupla artística distinguida y reconocida por su apasionado trabajo detallístico y artesanal textil, reapropia (como homenaje) la producción estética de algunas artistas mujeres, quienes por su condición de género fueron reconocidas tardíamente, distinguidas por sus filiaciones con artistas varones, por sus contratos maritales, o conocidas por un trabajo menos jerarquizado (aunque hubieran practicado también las artes “mayores”) en el ámbito de las artes visuales de la modernidad occidental de principios y mediados del siglo XX. Gunta Stölzl (Munich, 1897-Zurich, 1983), Sonia Delaunay (Hradyzk, 1885 - París, 1979), Anni Albers (Berlín, 1899 - Orange (Connecticut), 1994) y Otti Berger  (Zmajevac, 1898- Auschwitz, 1944) , entre otras, participaron de la Bauhaus en tareas textiles y de diseño. También algunas artistas latinoamericanas como Elena Izcue (Lima 1889 - Lima, 1970), de indiscutida influencia en la recuperación del arte indígena peruano a principios del siglo XX, Yente (Buenos Aires, 1906-Buenos Aires, 1990) y María Martorell (Buenos Aires, 1909-Salta, 2010). En esta ocasión, incluyen además a tres artistas cordobesas que elaboraron tempranamente un tipo de obra con búsquedas geométrico-abstractas, como Rosalía Soneira, Lilian Gómez Molina y Ana Josefa Bettini. Sugieren de este modo, una oportuna revisión de los relatos historiográficos de las artes visuales que no sólo las incluya en la nómina, sino que cuestione la taxonomía que construyó jerarquías disciplinarias dentro de las artes, desconociendo la influencia que pudieron tener los desarrollos de las artes utilitarias y decorativas en el “gran” arte. La selección de artistas homenajeadas no es casual: elaboraron obras con una práctica que la dupla privilegia, y que ya es su marca registrada: la producción artesanal y colaborativa. El gesto no enaltece exclusivamente al objeto: además de destacar la belleza intrínseca de las piezas, rescata el proceso creativo y reivindica el intercambio posible sólo en ámbitos de confianza como ingrediente fundamental en la elaboración de cada obra. Las piezas artesanales y recargadas de colores y detalles, nos hablan de un uso del tiempo desacelerado, de una creación en mantra, en tanto sedimenta, en cada repetición, un aspecto aprehendido de la experiencia rutinaria, aparentemente insignificante. ¿Cuánto de lo que somos se forja en ese hábito reiterativo e íntimo de la vida cotidiana?




Una característica que los distingue es la imposibilidad (o al menos la enorme dificultad que significa) de pensar la obra más allá de sus creadores. Ellos han conseguido cumplir la premisa vanguardista de incluir la vida en el arte, a la vez que transformar el mundo desde el arte, en una escala menor y más concreta: la de su propia experiencia compartida, haciendo uso de la autoconsciencia -la meta semiosis alcanzada por las vanguardias históricas- en un giro posibilitador, que trama en contra del desencanto posthistórico. Encontraron el intersticio del mundo del arte y lo llenaron con su vida, invitándonos a participar alegremente de la fiesta y el melodrama. Sus obras no son textiles o cerámicas solamente, sino la huella de una performance perpetua de sus experiencias vitales que nos interpela: ¿qué pasa si asumimos la importancia de lo afectivo en la concreción de un proyecto? ¿Cuánto de lo que hacemos nos construye identidad?. ¿Dónde está el borde que nos separa como individuos? ¿Qué aspectos de la construcción identitaria heredada y rotulada vamos a conservar, y de cuáles podríamos servirnos para transformarnos? Pareciera que los artistas han encontrado una fórmula creativa exitosa, junto al modo de vida en que se sienten a gusto. Sus obras tienen cierta cualidad que nos permite la empatía mientras nos invita a probar –así sea imaginariamente- otros escenarios posibles para nuestra vida, en los que podamos reconocer la relación afectiva que tenemos con los otros y el entorno, como parte de un tejido más amplio.




Florencia Ferreyra
Área de Investigación



Se puede visitar hasta el Martes 22 de mayo 2018 en Museo Emilio Caraffa (Córdoba) (Av. Hipólito Irigoyen 651 - Córdoba) @MuseoCaraffa ‏






1 Una de las definiciones menos ambiguas de José Amícola sobre el Camp en la posvanguardia.


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