Sintiéndonos marrón

Los modos sensibles de ocupación del espacio público en contextos de movilizaciones sociales, y la transformación de la calle en laboratorios de experimentación sensible se han convertido en una expresión constitutiva de las formas de hacer política e imaginar nuevas texturas de lo común en la historia de nuestro país.

Sin duda, las técnicas de producción de estas nuevas formas de vivir, o sus ensayos temporalmente autónomos, se modulan al ritmo de sentimientos políticos que vehiculizan su posibilidad: bronca, esperanza, hastió, optimismo, desesperación, se mezclan entre la térmicas sensibles que traman la acción de todos los sujetos involucrados en la polifónica lengua de los movimientos sociales aún en marcha.



Esta relación entre sensibilidad, política y temperatura encontró una forma explicita de ser abordada el año pasado, cuando para la 25 Marcha del Orgullo LGBT iniciaba una nueva barricada, un nuevo Cromoactivismo. Dándole palabras y enunciando sentimientos, enhebrando emociones y consignas políticas este grupo, integrado por Guille Mongan, Mariela Scafati, Marina De Caro, Victoria Musotto y Daiana Rose, comenzó a disputar, a partir de aquella movilización, el lugar central que tiene el color como tecnología de producción de lo social, potenciando posibles alteraciones como formas de interrupción desde las que rediseñar colectivamente los sistemas con los cuales nombramos y comprendemos política y sensiblemente nuestras experiencias como cuerpos sociales en el espacio público. Cromoactivismo no solo nos dejó en claro que la pigmentocracia es un sistema de poder que produce formas naturalizadas de reconocimiento jerarquizado de lo sensible, sino también que pensar en el color desde el cuál se ocupa la calle es pensar explícitamente de qué manera se decide habitar afectivamente la protesta.





Embarrad*s de promesas

Fue en las asambleas de la Columna Orgullo en Lucha, que antecedieron la 26 Marcha del Orgullo LGBT del corriente año, donde nuevamente Cromoactivismo coordinaría un modo sensible de habitar la colorimetría de la desobediencia sexual. Al momento de discutir sobre los modos posibles en los que todas las organizaciones nucleadas en dicha articulación política ocuparían la calle, la discusión rápidamente se orientó en torno a la posibilidad de experimentar con nuevos registros sensibles que pudieran correrse de las térmicas afectivas mayoritarias asociadas a las protestas sexuales tal como las conocemos. Un desafío que rápidamente nos proponía revisar “la colorida alegría” asociada históricamente a los registros institucionalizados de las políticas de la diversidad sexual, y que al mismo tiempo, nos invitaba necesariamente a la construcción de un aparato de extrañamiento en el que pudiéramos movilizar de manera crítica formas de representar una sensación común indiscutida: Un estado absoluto de cansancio, agobio, malestar, miedo e impotencia sobre una coyuntura que nos ensordece con el sonido del derrumbe ininterrumpido, sacudiendo sin parar la fuerza de nuestra posibilidad.

“¡Vamos con el marrón! ¡Si nos sentimos hech*s mierda, vamos con ese color!”



El trabajo que se emprendió a continuación fue el rediseño de una paleta cromática que reescribió la historia política de los paisajes sociales asociados a dicho pigmento, buscando nuevas asociaciones que reclamasen la reconfiguración urgente de su nombre en una clave experimental: Marrón Grasa, Marrón Cuerpo Crudo, Marrón Aguas del Tigre, Marrón Tormenta del Sur, Marrón Sin Frontera, Marrón Sin Ropa, Marrón Fantasma Cansado, Marrón Boca Musculosa, Marrón Fiestas del Mañana, Marrón Máscara, Marrón Lejania, Marrón Profunda Superficie, Marrón Fantasma Cansado, Marrón Adelante, entre muchos otros más.

Así se construyeron los colores que tomaron la calle el pasado 18 de Noviembre en el marco de la última Marcha del Orgullo LGBT. En medio de carteles que reclamaban ¡Justicia por la activista travesti Diana Sacayán y por Santiago Maldonado!, entre banderas que decían ¡No Nos Reconciliamos: Macri es Silencio, Deuda y Terror!, entre cientos de retazos monocromos que rezaban de manera tímida y casi clandestina: ¡Estoy muy cansada! ¡No doy más! ¡Acá estamos! ¡Artesanos de los placeres torcidos!, se logró construir un artefacto móvil de dimensiones no imaginadas, que gracias a la extraña belleza de su irrupción abyecta en la mercadotecnia verticalista de la nueva naturaleza homonormada, propuso un desamarre neobarroso de las potencias sexuales de una multitud extasiada con la fuerza de lo inconforme.





Una manifestación flotante

Guiado por la música de todo el equipo de djs de Hiedrah Club de Baile, que intensificó el llamado radical a sacudir el cuerpo, aquel castillo cucha concentró las miradas de una columna multitudinaria, que se propuso la extrañeza total de toda forma de identidad, una suspensión momentánea a un estado de violencia sistemático, una experiencia de contacto sensible que desfasaba lo conocido, lo naturalizado, la tragedia escrita como destino.

Sentirse marrón no solo fue la posibilidad de agenciar un modo critico de ocupar poéticamente la calle, haciendo del color de la protesta sexual un laboratorio experimental de nuevas formas de construcción de lo común, sino también significó por un lado, la oportunidad de volver a conectar con una lengua olvidada en la historia de las desobediencias sexuales: aquella que recupera la cadencia de lo herido, la incomodidad de la perdida, el cansancio de la violencia sistemática, la melancolía del fracaso recurrente y el reconocimientos ensordecedor de lo desigual, desterrados de las políticas sexuales como producto de sistemas neoliberales de asimilación friendly cada vez más agresivos, y por otro finalmente, supuso el volver a ocupar con una afirmación deseante sin igual, la potencia neobarrosa de tantos deseos morenos fugados de la norma, que a pesar de todo escriben con decisión su libertad desde este sur marrón, tan parecido al culo del mundo.

Noviembre 2017




por Nicolás Cuello, 28 de Noviembre de 2017
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