Twin Otter T-87

Fecha: 17 de noviembre del 2017, 21 hs.
Lugar: San Martín de los Andes.
Antecedente histórico: El 7 de agosto de 1977 ocurrió un accidente aéreo en el cual fallecieron los abuelos de Malén y Suyai Otaño.





1
La casa de una tía (la tía murió cinco años atrás) rodeada de árboles y montañas es el lugar ideal para hacerse una pregunta (ya planteada por el filósofo francés Michel Serres): ¿qué pueden nuestros cuerpos? La casa de la tía también es el lugar perfecto para responderla (una respuesta idéntica a la que dio el filósofo): nuestros cuerpos pueden casi todo. Y esa casa, por último, resulta un lugar propicio para extender el interrogante: ¿por qué no todo? ¿Qué sería poder todo para un cuerpo?

Antes de avanzar, liberemos a Michel Serres de la asfixia de los paréntesis. El libro en cuestión se titula Variaciones sobre el cuerpo y nada más abrirlo leemos una dedicatoria subversiva (desde el punto de vista de la historia de la filosofía) que tal vez ofrezca una clave interpretativa para desentrañar la acción propuesta por las hermanas Otaño en la casa de la tía: “A mis profesores de gimnasia, a mis entrenadores, a mis guías de alta montaña, que me enseñaron a pensar”.

Pero empecemos de cero (deseo, evidentemente, imposible).



2
La casa a oscuras.

En la primera habitación una carpa esconde un relato (el relato de lo que fue o de lo que no fue). Uno decide: entrar o pasar de largo. Si pasa de largo debe subir una escalera que lo conduce hacia donde se proyecta un video que muestra la preparación y el posterior ascenso a la montaña de las hermanas Otaño junto a sus compañeras de viaje. Allí encuentran piezas, partes, trozos del avión siniestrado. Luego, nos espera una nueva escalera. Si uno elije subir se abren dos caminos. A la izquierda se erige un modesto cúmulo de restos de avión. A la derecha, descubrimos una serie de videos con tomas fijas del Cerro Paleta proyectados sobre los pliegues que se forman en las cortinas que cubren las ventanas de la habitación (en uno de esos videos cruza un pájaro).

De pronto aparecen las mujeres Otaño, examinan los pasillos penumbrosos con sus linternas intermitentes, son exploradoras o brujas o fantasmas, brujas que buscan conjurar fantasmas o fantasmas que esperan compañía. Dan miedo, o quizás sean ellas las que tienen temor de toparse con lo que buscan.

Malén (o Suyai) ingresa a la habitación, toma un resto de la aeronave y trepa un mueble, queda suspendida, después alcanza la cima, descansa, enciende su linterna, observa el resto como si fuera un hallazgo arqueológico, un fósil, abstraída o ensimismada.

Suyai (o Malén) escala (¿el mismo?) mueble ahora devenido montaña y asciende de tal modo que su cuerpo parece regresar a un estado animal cuadrúpedo. Sus pies se han convertido en manos. La manera de proceder nos recuerda lo que alguna vez fuimos.

En medio del paisaje montañoso proyectado sobre los pliegues de las cortinas se encuentran las hermanas Otaño. Una de ellas (parada) mantiene firme su pie contra la cabeza de la otra (tirada). Ambas Inmóviles. La opresión es infernal. La mirada perdida o fijada en un objeto ominoso. Algo está trabado, no fluye; la memoria obstruye el recuerdo.

Desaparecen.

Regresan las hermanas gemelas al paisaje montañoso y practican ejercicios de rescate. Sus cuerpos se funden en tácticas de supervivencia. Son cuerpos que enseñan una danza ancestral a los espectadores caídos en trance. ¿Danzan para meditar o se trata de una danza de muerte? La música suena, invisible. Y ahí es cuando a uno le dan ganas de llorar. No hay puesta en escena. No hay representación ni simulacro, sino construcción poética de (y con) los cuerpos. Nada de teatro. Nada se reconstruye, sólo un aquí y ahora profundamente arcaico.

La acción finaliza.

El video del ascenso es reemplazado por el registro de otro ascenso que termina con la única palabra legible de la noche: LEALTAD. Después, en una de las habitaciones, alguien recita dos veces (¿el mismo?) texto. Después, en una especie de convite, se reparten empanadas y mouse preparados con antiguas recetas familiares.



3
La acción de las hermanas Otaño transfiguró a las hermanas Otaño. Mientras duró (insistió) su accionar la sensación de metamorfosis impregnó a los asistentes y convirtió la casa de la tía en lo que el filósofo Martin Heidegger llama la morada del ser. Pero ¿qué sería la morada del ser? La morada del ser (ignoro si Heidegger suscribiría esta sentencia) es un espacio (metafóricamente hablando) donde habita la poesía. Y donde habita la poesía late la posibilidad de una verdad. Y la verdad que late en las hermanas Otaño (por misterioso que suene) la escribió un poeta alemán, Friedrich Hölderlin, hace más de dos siglos:

Cerca está
y difícil de captar el dios.
Pero donde hay peligro, crece
también lo salvador.
En las tinieblas moran
las águilas y sin temor caminan
los hijos de los Alpes sobre el abismo,
sobre puentes livianamente construidos.
Por eso, porque se amontonan a nuestro alrededor
las cumbres del tiempo,
y los más amados moran cerca, desfallecidos sobre
las montañas más separadas,
por eso ¡oh agua inocente!
danos alas, para con el espíritu más fiel
pasar al otro lado y regresar.



4
En la escena más conmovedora de la serie Twin Peaks, de David Lynch, los demenciales hermanos Horne, Benjamin y Jerry, recostados en las cuchetas de la cárcel, rememoran una imagen de la infancia que aún los emociona: Louise Dombrowski bailando en una habitación oscura con una linterna que apenas permite intuir su belleza. Ese recuerdo borroso que continua hipnotizándolos a pesar de los años y de las estafas perpetradas es el fantasma (el encantamiento) del amor. La escena, luego del flashback, culmina con una pregunta que quizás sea (ahora sí) la clave interpretativa para la acción de las hermanas Otaño: “Señor, ¿en qué nos hemos convertido?”.




por Manuel Quaranta, 27 de Noviembre de 2017
compartir