Una apuesta política al renunciar a su remuneración y subrayar, los valores materiales del trabajo artístico

Ad Honorem . Florencia Temperley en Hiedra desde el jueves 2 de noviembre de 2017 hasta el sábado 11 de noviembre de 2017.

En esta propuesta la artista Florencia Temperley decide separarse de su archivo de obras anteriores para ofrecerlas al costo de producción. Ad honorem implica, en este contexto, dar un paso al costado. Temperley realiza una apuesta política al renunciar a su remuneración y subrayar, los valores materiales del trabajo artístico: costos de producción y variables de composición del precio. Así, al restituir la presencia visible de las obras en el espacio social y cultural de una sala de exhibición no comercial, propone reflexionar sobre los procesos de construcción de valores estéticos, simbólicos y económicos en el mundo del arte.



Del 2 al 11 de Noviembre de 2017 a las 19 hs en Hiedra (Guevara 202 - CABA)





Florencia Temperley es una artista que trabaja con las múltiples posibilidades de la imagen. En sus composiciones fotográficas desarrolla un mundo de fantasía post humana donde conviven naturaleza, teclados, niños, cámaras de seguridad, palabras, sombras y celdas. El juego de contrastes entre materialidad e inmaterialidad, naturaleza y artificialidad, visibilidad e invisibilidad, recorre gran parte de su producción. Después de exponer durante varios años en galerías y espacios culturales, decidió rescatar su archivo de obras anteriores y restituir su presencia a la visibilidad del espacio social y cultural de una sala de exhibición no comercial, para reflexionar sobre los procesos de construcción de valores estéticos, simbólicos y económicos en el mundo del arte. Pues, ¿qué sentido tiene una obra de arte en la sala oscura de un depósito? ¿Qué clase de existencia posee si no se la muestra?.



Habitualmente, las concepciones sobre el arte oscilan entre priorizar una cara del mismo dilema: algunos (idealistas) prefieren ver el arte como una problemática cuya esencia es la conexión eficaz entre objeto, mensaje y espectador y otros (materialistas) conciben al arte como una forma de producción de objetos que siempre modifican el entorno más allá de cómo sean percibidos. Para Boris Groys el arte es “una tecnología de conservación y restauración de lo viejo, una tecnología que lleva los restos del pasado y del presente hacia el futuro. Los restos pueden ser cosas ordinarias u objetos lingüísticos.”1 La reflexión, tan materialista como idealista, resuelve el dilema en la ambigüedad.



Todo objeto económico –por ejemplo, una obra de arte- necesita para existir un marco (institucional, físico o virtual) y un productor. Sin embargo, en el campo del arte se suelen ocultar los aspectos más profanos de las piezas para poner en primer plano el resultado y la experiencia de su contemplación o consumo estético. Así, Temperley parece preguntarse: ¿qué hay detrás de la obra de arte? El término inglés, artwork, significa literalmente “trabajo de arte”. Y, como cualquier producto, el objeto artístico atraviesa fases de producción para su constitución física o conceptual, legitimación social e institucional, valor de mercado, circulación y consumo y, por supuesto, plusvalía. En la actualidad –a partir de la creciente profesionalización en el campo del arte- parece haber surgido una nueva concepción idealista del artista que, a pesar de estar dotado de cualidades especiales, se instala per se en el ambiente artístico y crea valores intangibles (por ejemplo, su firma) pero, asimismo, se tiende a ignorar el aspecto más instrumental de su trabajo, e incluso su remuneración. Otra vez, se insiste en utilizar el término “productores culturales” porque “se supone que borra las diferencias entre los diversos participantes en la industria del arte (artistas, curadores, historiadores, administradores y patrones) sobre la presunción de que estamos trabajando todos juntos para producir significado y, en consecuencia, cultura.” 2 Vidokle, indirectamente, vuelve a señalar el contrapunto entre una descripción armónica y materialista sobre los “productores culturales” porque se desconocen los factores productivos al no analizar las cuestiones internas al campo del arte.



Ad honorem implica, en este contexto, dar un paso al costado. Al renunciar a su remuneración, Florencia Temperley se retira y subraya los valores materiales del trabajo artístico: costos de producción y variables de composición del precio.
Deja ese espacio vacío para pensar los aspectos materiales y económicos pero también los factores simbólicos que hacen de una obra de arte un fenómeno de mercado. En ese hueco, el del valor intangible, abre el campo y critica el modo en que se oculta la composición del valor de una obra de arte. Postura política que arriesga y arremete, porque como sostiene la artista Hito Steyerl: “El arte no está fuera de la política, sino que la política reside en su producción, su distribución y su recepción. Si nos enfrentamos a esto, podríamos superar el plano de una política de representación y embarcarnos en una política que está ahí, frente a nuestros ojos, lista para ser adoptada”3. La actitud de Temperley, precisamente, cierra la brecha entre las posturas idealistas y materialistas para afirmar que allí no hay contradicción alguna.





1 Groys, Boris. “La verdad del arte” en Inés Katzenstein y Claudio Iglesias ¿Es el arte un misterio o un ministerio? El arte contemporáneo frente a los desafíos del profesionalismo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2017.
2 “(...) a term that supposedly blurs differences between different participants in the art industry—artists, curators, critics, historians, administrators, and patrons of art—on the assumption that we are all working together to produce meaning and thus culture.” Anton Vidokle. Art without work? En http://www.e-flux.com/journal/29/68096/art-without- work/ (Traducción propia.)
3 Steyerl, Hito. “Políticas del arte: el arte contemporáneo y la transición a la
posdemocracia” en Los condenados de la pantalla. Buenos Aires, Caja Negra Editora, 2014.


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