Arqueología de la pérdida en La Casona de los Olivera

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I.
VIENTO

Cuentan que no fue de un día para el otro. Que pudo haberse evitado. Hay quienes dicen que fue por culpa del Canal que construyeron en 1975 para que todas las lagunas de la zona estuvieran reguladas. También, se escuchó a uno que por lo bajo decía que fue por culpa de los militares, que dejaron de controlar la obra porque estaban ocupados con otras cosas. Cada diciembre, alguien venía con la misma queja, que el agua crecía medio metro por año. Y cada verano, con la llegada de los turistas, todos veían al terraplén y confiaban. De un lado, el pueblo; del otro, ese espejo de agua salada que como mar-muerto local, allá por 1920, dio origen al turismo, al balneario, Epecuén, una villa de salud estival.
Quién iba a pensar que justo 65 años después, una sudestada iba a soplar hasta hacer ceder la defensa, volviendo inevitable el avance.

AGUA
Un remo golpea sobre el espejo del cielo y la superficie planchada se vuelve ondas que se expanden alterando ese paisaje chato. A lo lejos, una bandada de flamencos, tal vez por el ruido, tal vez por el movimiento, levanta vuelo. Una pluma rosada cae sobre el bote. Debajo, varios metros en línea recta, la casa de Laura, el tobogán de la plaza, el almacén. Una comunidad que tuvo que ver cómo su vida quedaba sumergida. Sólo unos pocos de los que se fueron, vuelven como quien no puede olvidarse de un amor, a navegar una melancolía profunda.

TIERRA
El tiempo opera sobre la materia de maneras extrañas. Y nosotros, los mortales, que solemos vivir desde nuestro inevitable presente tendemos a acostumbrarnos a lo que vemos como si no hubiera otra forma posible. Hace algunos años atrás, tal vez alguien quitó aquel tapón de olvido y las aguas comenzaron a bajar y la Atlántida bonaerense fue revelándose de a poco.

FUEGO
El sol opera la transmutación y el aire la ejecuta: el esqueleto de un pueblo que, entre barro y moho, vuelve a oxigenarse. Despojos de vida en forma de ruinas.
Costras de lodo reseco descascarando aquel testamento urbanístico. Troncos petrificados, perfectamente pulidos por un silencio abisal, retornando a la luz.
Todo estaba en su lugar y ya nada era lo mismo.

II.
ARQUEOLOGIA DE LA PERDIDA

En abril de 2015, Paula Pellejero realiza una residencia en Carhué, la ciudad más cercana a Epecuén. Ese residir fue una suerte de viaje interno en el que atraviesa las ruinas como intento de dar sentido a su existencia. Podríamos omitir su separación en proceso pero sería faltar a cierta verdad: no existe la asepsia emocional en el desarrollo de la obra, al menos no en la de Paula, y la vida suele colarse en sus búsquedas. Llega a un paisaje devastado y camina, hurgando entre escombros y restos. Fragmentos inertes de lo que supo ser un todo que latía se convierten en las piezas que permiten sus procesos creativos: un ladrillo, que fuera casa, ahora, es desgastado sobre el papel hasta su desaparición, inundando la superficie de trazos ahogados. El barro vuelto pintura quizás aún exudando
sus propiedades curativas. Cada una de las obras que Paula desarrolla en Epecuén vibran sus caminatas, sus charlas con los antiguos habitantes, ciertos procesos de transformación que quedan sedimentados en la materia. Así, su hacer puede devenir arqueología, como una posible interpretación de la cosas, y también alquimia, como una forma de transformar su pérdida.


La muestra se puede visitar del 9 de septiembre al 22 de octubre de 2017


El Domingo 24 de septiembre, entre las 16 y las 19 hs.
Intervención performática a cargo de Félix Busso + proyección del video "El pozo y el péndulo" de Christian Delgado, Raúl Minsburg y Nicolás Testoni

La Casona de los Olivera
Centro de Exposiciones de Arte Contemporáneo

Complejo Cultural Chacra de los Remedios
Parque Avellaneda - Av. Directorio y Lacarra, CABA

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