Alzetta en Walden

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No importa la época
[EXTRACTO]

Claudio M. Iglesias
Buenos Aires, dos mil diecisiete

Una estrella lejana titila raro, irregular, y confunde los instrumentos de medición. Lo hace a conciencia, ¿quién pretende medir el arte? Marcelo Alzetta es el artista para encontrar en la providencia, como él mismo encontró todo: amigos, ideas, sensaciones. Si se aguza la vista, se lo ve brillar con nitidez en el cielo del arte argentino de los últimos quince años, sus piezas de comienzos de los dos miles, todavía están marcadas por la rugosidad expletiva y los personajes queribles de la historieta argentina de fines del siglo veinte; su psicodelia lo devolvió a los mayores escenarios de una corriente artística minoritaria y amiguera, ya madura; un sereno pintor de bodegones que también fuera, en sus ratos libres, especialista en sintetizadores de la Guerra Fría.

Nació en Tandil en mil novecientos setenta y siete. En el noventa y siete se instaló en Buenos Aires. Fue cartero, cocinero en una casa de empanadas y peluquero. En el dos mil participó en una exhibición legendaria y equívoca en el Rojas con Freisztav, Cali y Aldana, de consigna osada: el futuro es de los artistas que se dedican a otra disciplina. Ahí Alzetta trabajaba de telemarketer, hasta que lo rescataron sus amigos. Porque hablar de Alzetta es hablar de sus amigos: él brilla cuando lo iluminan sus colegas y cuando algún obstáculo le hace sombra vuelve a su mutismo productivo. Él es el objeto de deseo, el artista que los artistas aman y que se deja amar. Los amigos son el oxígeno, el pan y el centro neuronal del equilibrio. Aunque sus cuadros puedan verse solitarios, es un artista de la colaboración. Y es así no por afán de socializar sino por su sinceridad, su búsqueda de la cascada emocional primitiva. ¿Las ideas y los sentimientos humanos más intensos y límbicos no son formas de colaboración en sí mismos? Al confesar la pena o la pobreza, al conjeturar la gracia rara de un perro de ojos maquillados Alzetta se mantiene atento a las personas, a su belleza, a sus tristezas.

Quién puede ver una mano transparente que se enfrenta con el atardecer. O un mocasín orlado de rayos y utilizado como vaso para cepillo de dientes sobre un arcoíris. O el tigre con cuerpo y patas de mesa de jardín, bajo la luna roja. Alzetta se mete en el póker de un surrealismo ingenuo y localista que avanza a contramano de la educación y el cálculo. Alzetta muestra en Belleza y Felicidad en el dos mil y Suárez le compra una obra. Es la pintura de un ser bicéfalo y alegre en bicicleta: medio payaso de película de terror, medio tapa de elepé bizarro de banda efímera. La muestra se titulaba Sentimientos y la integraban, además de Alzetta, Maier, Imola, Laguna, De Loof y Pombo. Al muchacho tímido, retraído de tan extrañas que eran sus ideas, le tocó empezar entre grandes nombres que proyectaban sombras amenazantes a su alrededor.
Quien se acerque a husmear sus obras verá que todo es maquillaje, rubor y disfraz; las criaturas más triviales y próximas se transfiguran. No hay justicia tal vez, pero hay milagro. Las cosas se deforman desde adentro, movidas por un sentimiento rítmico. Aunque sumergirse en su obra requiere un talento indefinible y escaso, no se sabe con certeza cuáles son las capacidades que despiertan sus elucubraciones. Por ejemplo, ¿se puede enseñar a oler un peinado? ¿qué hace el que no puede alegrarse con la sonrisa del chicle gigante en la gruta? A ese lo está esperando un gatito con corbata y un fondo rosa. Para que nadie se sienta excluido.

Alzetta hace de la nacionalidad un asunto de importancia. «Me reconozco en la tradición pictórica nacional. En general, no importa la época». La clave de un anacronismo vivo y abarcativo. Cuando no importa la época el arte se abandona con placidez al cosmos, a lo entero. Psicodélico y surrealista por afuera, Alzetta es un universalista de corazón. «Un estilo naíf pero no tanto», dice. Aunque naíf, surrealista, psicodélico, son etiquetas quietas si no las toca la vara de lo imponderable. Y en Alzetta esa vara es la romántica exaltación de la obra de arte como universalidad en movimiento, océano de sensaciones y sentimientos. Es la idea de que un cuadro es también pintura, música o novela; una idea alemana de fines del siglo dieciocho que rejuveneció en las sierras bonaerenses.

La tierra de Alzetta no es Tandil ni mucho menos Argentina: es un secreto que se cierra a los ojos y se abre al corazón inquieto. El pintor nacional es un cosmopolita tapado. Su obra viaja de la miseria a la epifanía y de la sonrisa al sonido, una y otra vez. Y así se difunde y se mezcla con la vida, hasta ser invisible otra vez. Empieza un cuento de Daniil Kharms (Cuaderno azul, número dos):


Había una vez un pelirrojo que no tenía ojos ni oídos. No tenía pelo tampoco, por eso lo de pelirrojo es un decir. No podía hablar, porque no tenía boca. No tenía nariz. Ni siquiera brazos o piernas, ni estómago, espalda, espina dorsal, o cualquier clase de vísceras. No tenía nada, así que es difícil entender de quién estamos hablando.



Inauguración Sábado 2 de Septiembre de 2017 a las 19 hs en WALDEN (Av. Almirante Brown 808 - CABA) Twitter @walden_gallery


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