8 de Nicolás Bacal en Liprandi

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El tiempo no se desplaza suave y constante como una esfera perfecta sobre microcemento alisado.
Acelera y desacelera. Se detiene por momentos. Retoma. Y cada tanto vuelve a empezar.

Nicolás Bacal



Los pitagóricos reprogramaron el mundo entretejiendo cosmogonía y números.  Una gigantesca geometría del universo que lo pliega y repliega en fracciones y series armónicas. En principio del 1 al 10, es decir del infinito a la mónada, que no es otra cosa que otro infinito: el de la unidad irreductible, puro interior sin extensión pero con la capacidad de habitar cada rincón del universo. Los números tienen también sus nombres, que acercan la geometría y las matemáticas a la política y la moral. El 1 es Apolo. La divinidad. El origen de todas las cosas. Es la mónada, unidad simple, en el sentido de -no compuesta-. Unidad irreductible, sin puertas ni ventanas al exterior.  Para los pitagóricos, se dibuja así

Un punto y un círculo. Punto que bien puede remitir al momento cero de la inmensa implosión que inició el universo, en donde todo y nada vagaban juntos sin mayores problemas. O tal vez al destello de un sol apagándose en algún rincón de la galaxia hace unos cuantos millones de años. Un gran sol moribundo, visto desde muy lejos. El campo de influencia del punto genera un cerco perimetral, línea divisoria del adentro y el afuera y a la vez ciclo que se cierra sobre sí mismo. El encierro se encuentra en el origen de todo círculo. Circuito cerrado, círculo virtuoso o vicioso, lo mismo da. El círculo cerca y divide. Partiendo de una noción inextensa (el punto) crea la imaginación de un adentro. Por eso el alma es el arquetipo de la interioridad, un interior sellado que solo podremos ver a partir de rastros y señales sucias, repletas de ruido, traducidas por el cuerpo que funciona como médium.

El número 2 trae algunos problemas. La díada es un desarrollo de la mónada y a la vez un desplazamiento, una réplica desplazada. Es el desdoblamiento de la unidad que produce un
ordenamiento del mundo a partir de la dualidad. El conflicto y la discordia como agentes creadores de pares opuestos. Así, lo limitado engendra su contraparte ilimitada y el reposo contiene potencialmente la idea de movimiento. Este desplazamiento de uno a otro punto produce una fuerza lineal, de atracción y repulsión, como campos magnéticos. Creo que subyace una bella idea bajo cualquier desplazamiento, por microscópico que sea; es la posibilidad virtual de inestabilidad. Como en la producción de entropía, que contiene siempre dos elementos dialécticos en simultáneo: un elemento creador de desorden, pero también uno creador de orden. Los dos ligados. El universo del no-equilibrio, sin embargo, es un universo coherente que constituye el dominio por excelencia de la multiplicidad (esa
inestabilidad latente, escurridiza y misteriosa que hemos llamado vida). Los pitagóricos no soportaron esto y en busca de estabilizar los desplazamientos formaron la tríada, símbolo de la justicia, representada geométricamente por tres círculos que forman un triángulo equilátero.

Pero aquí no nos interesan los sistemas en perfecto equilibrio. Más bien vamos en busca de pequeños desplazamientos. Excentricidades casi imperceptibles. Centros duplicados, levemente corridos de eje. Torsiones infraleves y sincronías precarias. Ciclos orbitantes. Elípticos. Donde algo falta.

En el origen de la palabra ellipsis hallamos precisamente la idea de falta, de discontinuidad o ausencia.  Sin embargo, el sentido en una oración elíptica o la forma en una figura geométrica, no permanecen necesariamente oscuros ni ocultos. La elipsis posee esta propiedad extraña de producir continuidad a partir de las interrupciones, los cortes y las ausencias ¿Qué es lo que le falta, entonces, a la figura geométrica que llamamos elipse? Etimológicamente la elipse nos es presentada como un círculo imperfecto. Le falta, en primer lugar, un centro focal (ya que posee dos focos, desplazados del centro; una suerte de centro perdido en un desplazamiento).
Le falta, también, la estabilidad idealizada del círculo. Tiene que vérselas con sus centros desplazados, dibujando trayectorias que orbiten como campos de fuerza. La elipse es una forma cerrada, de acuerdo, pero lejos del ideal de un equilibrio perfecto, podemos considerar a la elipse como una mónada anexacta, en donde los repliegues hacia el interior son fallas potenciales e invisibles por donde tal vez se filtre y derrame el exterior.  A fin de cuentas no es otra cosa que un problema topológico. Basta una leve torsión. Una ecuación de geometría política adentro-afuera. La topología nos mostró que los repliegues hacia el interior no viven más que a partir de los vasos comunicantes que éstos producen y lo conectan con el afuera.

Cuando un asteroide pasa cerca de la Tierra, la trayectoria orbital de ésta puede sufrir leves
desplazamientos, aceleraciones o desaceleraciones. A diferencia de nuestro corazón, que
retorna a su pulso original estabilizando progresivamente el ritmo luego de un susto o una caminata agitada, las micro-variaciones orbitales de los planetas no recuperan el orden perdido, adoptando el desplazamiento accidental y reproduciendo en ciclos la nueva trayectoria. Las estructuras micro y macro-cósmicas oscilan entre fenómenos reversibles e irreversibles. El mundo gira levemente descentrado, en órbitas elípticas que afectan y a la vez se dejan afectar por los planetas, asteroides y soles vecinos, contradiciendo el ideal de un universo armónico, bello y ordenado que forjaron los antiguos griegos (recordemos la relación entre kosmos y cosmética, entre mundus y limpieza). Si sacamos una foto del Sol cada día a la misma hora y desde la misma ubicación durante el transcurso de un año, para luego superponer las imágenes, veremos que la trayectoria trazada en el cielo no responde a una circunferencia perfecta. Lo que obtendremos es un analema, curva que suele acercarse a una lemniscata, es decir a un 8 acostado, figura que se ha convertido en el símbolo del infinito y que también nos recuerda formas topológicas torsionadas, aplastamientos, repliegues en
donde interior y exterior se confunden.

La flecha del tiempo se dirige en una dirección, de menor a mayor aleatoriedad, pero es difícil
aseverar que el paso del tiempo transcurre en fracciones regulares e inequívocas.  Existe el tiempo de los púlsares, estrellas que son también relojes. Y existe simultáneamente un tiempo que suena debajo de la piel. Si ahora estás en una habitación cerrada, tal vez no sea mala idea ir hacia una ventana y ver qué es lo que está pasando afuera. En caso de no haber ventanas, repliega los contornos de las paredes lo necesario hasta no saber exactamente dónde empieza o termina la intemperie, desmontando el círculo de protección con cierta elegancia. Es probable que la intemperie ya esté habitando secretamente el interior. O tal vez sean los objetos dentro de la habitación los que ya están replegando el tiempo y el espacio, señalando sincronicidades imperceptibles y oscilantes, abriendo pequeñas fisuras en donde el tiempo no se desplaza suave y constante como una esfera perfecta sobre microcemento alisado.
Acelerando y desacelerando. Deteniéndose por momentos. Retomando. Y cada tanto volviendo a empezar.



Texto y diagramas por Leonello Zambon
Escrito en algún lugar entre medio de las ciudades de Buenos Aires y Montevideo a principios de mayo de 2017



Inauguración Viernes 19 de Mayo de 2017 a las 18 hs

Ignacio Liprandi
Av. de Mayo 1480 (3ro izq) - CABA

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