Como nunca antes de Javier Barilaro & Jackie Ludueña Koslovitch en Edificio Kavanagh

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Barilaro vuelve en pleno Brexit

La situación mundial lo andaba necesitando. Quien fuera uno de los cascabeles resonantes de la escena porteña anti globalizada, pobretona, latina y aristocrática de comienzos de la década del 2000, fundador de Eloísa Cartonera, animador habitual de Belleza y felicidad y miembro de la claque estable de Sergio De Loof estaba guardado, tomando nota de los acontecimientos a su alrededor. Javier Barilaro vuelve como nunca antes para repasar las etapas de su periplo por la pintura, la historia y el amor, todo cerquita, en el barrio con su novia o con los amigos tomando algo. Le interesan las cosas que no tienen copyright (y Barilaro se desentiende siempre que puede del problema del copyright).

La manía. Desde sus poco comentadas primeras muestras (la primera de todas en su casa de San Telmo, en los altos de un local que dirigía De Loof, llamado La Victoria, la segunda en el café París también de De Loof) Barilaro juega con la letra y el plano de color para construir pequeñas aberraciones y saltos en la comunicación gráfica de un ímpetu localista y latinoaericano muy claro. “Juira Yanquis” se lee en una de las pinturas en estilo trosko-gauchesco. Fue formando un estado de la cuestión política, atravesado por el rechazo de la globalización, el orgullo revisionista y la urgencia de la crisis.
La manía dura varios años. Comienza en 2003 o 2004, durante el furor de Eloísa Cartonera y la cumbia; pasa por los años centrales del boom de la soja y se apaga a poco de los festejos del Bicentenario. En 2009 Barilaro decide organizar una muestra colectiva de artistas argentinos en la galería Planta Alta en Asunción del Paraguay, para la que viaja acompañado de De Loof, Mariela Scafati, Victoria Colmegna, entre otros. Filman también una película, atravesados por la euforia. Al volver, poco más o menos, le agarra el bajón.

La depresión y el barro. La euforia recede y trae marea baja. Barilaro acierta que su competencia no es la de los jurados y los premios de arte pero no puede insertarse en ninguna otra faena concreta, como un noctámbulo que recorre las mesas del casino sin decidirse a apostar. Pintar lo agota y repetirse también; mientras diseña las tapas de Mansalva, va desandando su camino al éxito fácil en busca de alguna otra cosa que no entiende. Una estadía en el Tigre lo cura de los vicios del ambiente y de su propia resaca negra. Solo y atrincherado, Barilaro lee historia. Son de esta época, poco antes o después, las cataratas y los mapas. Pequeños acertijos de análisis político global y filosofía práctica para bacanes entre los que Barilaro se siente cómodo.
La pintura, piensa Barilaro disimulado entre los arbustos, es naipe, baraja taimada. Pero hay otra timba, un lugar mas secreto y etereo, donde se juegan cartas mas pesadas. Mejor ni avivar giles: dejémoslo ahí. Al final de su camino, entre basura recuperada del río y unos cuantos intentos fallidos de concebir pensamientos con materiales domésticos, Barilaro encuentra una pista: la pintura también es contrabando de ideas y berretín amoroso. El talento esta en el corazon, escuchó una vez. Y el amor es lucidez fría, intercambio de saberes. Barilaro se negó a ser un especimen del arte como tarea normal, y de esa mesa a la que todos querían llegar, él se fue.

Las musas. Son muchas y mejor no nombrarlas. Como todo buen caballero, Barilaro no tiene memoria. Y además es un caballero feminista, que descree del ego y cree en los vínculos. Dejen que el tiempo borre lo que sobra: quedan unas pinturas con dedicatoria y trayectoria secretas. Cosas que el río lleva y trae, y siempre hechas de a muchos. Una de las últimas, realizada en colaboración con Catalina Pérez Andrade, los muestra a los dos felices en la catarata, ella medio ida y él tratando de encaramarse sobre unas piedras húmedas, para acercarse a su amor.

Los militantes de la juventud gloriosa decían de sí mismos: somos las flores que sembraron Perón y Evita. Barilaro es la flor de Sergio de Loof y Belleza y felicidad. Pero la flor además es padre de unas cuantas criaturas.

Cristina Pérez Cochrane


Arte anormal 2017

Si lo viera Mujica Lainez vestido de punta y blanco caminando por Retiro pensaría que Susana Aguirre acaba de reencarnar. Las acuarelas y pinturas de Jackie Ludueña, hechas como entremés de jornadas de baile y trabajo agotador, son pequeños ejercicios del cuerpo y el cerebro como portales de una ciudad elevada, ideal y llena de espectros notables. Incluyen retratos de la monarquía italiana con un perfil astrológico incluido, temas de la cábala y la gauchesca, criollismo—trash-naïf, visualizaciones simbólicas
al estilo de Aleister Crowley y muchos accesorios de vestimenta. ¡Quién pudiera ser cómo Jackie y andar siempre tan agradable por la vida! Y pintar igual. Es que en sus actuaciones y en su vida cotidiana Jackie se mentaliza para vivir como si fuera uno de los grandes reyes, caballos o prostitutas de la historia. Es un artista anormal y de todos los tiempos, con el que tenemos la suerte de compartir las noches de Buenos Aires y sus rastros sobre el papel.
Ahora rápido a cambiarse que empieza el show.

Alina Romero Herts



Viernes 28 de Abril de 2017 de 18 a 22.30 hs


Edificio Kavanagh

Florida 1065 (p13A) CABA

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