El principio cooperativo del color

Los modos sensibles de ocupación del espacio público en contextos de movilizaciones sociales y la transformación de la calle en laboratorios de experimentación poéticos, políticos, sexo-genéricos e identitarios se han convertido en una pieza constitutiva de las mutaciones en las formas de hacer política e imaginar nuevos comunes en los últimos 30 años.



En nuestra historia local existen una serie numerosa de experiencias que desde los años ‘80 han sabido imbrincar, desde el despliegue de dispositivos poético-políticos de intervención táctica de la esfera pública, la historia política de las luchas populares con las transformaciones de los lenguajes expresivos que de ellas se han desprendido. Una conjunción que volvió prioritaria la pregunta por los modos de aparición de los cuerpos y la cadencia poética del andar multitudinario en los programas de acción política de los horizontes transformadores de la realidad.

Vemos entonces como desde el montaje de talleres de impresión serigráfica en el espacio público (como el Grupo CAPaTaCo en la década de los 80, el Taller Popular de Serigrafía a partir del 2003 o Serigrafistas Queer desde el año 2007), como desde la producción gráfica de afiches, señaléticas, y objetos entregados mano a mano (como el Grupo de Arte Callejero desde mediados de la década de los ’90, Arde Arte! en pleno despliegue de las interminables jornadas de protesta post 2001, y Mujeres Publicas desde el 2003) hasta el diseño de experiencias performáticas de intervención en la trama de lo colectivo (como el grupo Costuras Urbanas de Córdoba y los ETC aquí en Buenos Aires hacia finales de lo ’90) ha sido constante el vinculo entre sensibilidad y política, para producir alianzas estratégicas entre diversos movimientos, disciplinas y experiencias que disputaran sentidos en cada ciclo de conflicto.



Esa relación entre sensibilidad y política encontró este año, en la 25 Marcha del Orgullo LGBT, el inicio de una nueva barricada: Aquella que se pregunta críticamente por el lugar del color. Su nombre es Cromoactivismo.

Bajo las consignas/manifiesto: ¡Pantone NO tinte político SI! y ¡El color no es inocente! entre muchas otras, las artistas Mariela Scafati, Marina De Caro y Guille Mongan, invitaban a darle la palabra al color, para hacer de el una nueva militancia poética. Una propuesta cuya iniciativa busca revalorizar y disputar el lugar central que tiene el color como tecnología de producción de lo social, potenciando su alteración como una interface posible de interrumpir y rediseñar la inteligencia colectiva para volver a pensar su protagonismo en la vida y en los sistemas con los cuales nombramos y comprendemos sensiblemente nuestras experiencias como cuerpos sociales.

Propuesto como un ensayo micropolítico, Cromoactivismo trabaja en el rediseño de paletas cromáticas en las que colectivamente se reescribe la historia política de cada pigmento, su nombre, su historia y sus referencias en la vida social. ¿Quién nombro los colores como los conocemos? ¿Por qué naturalizamos que los colores nos arrastren a conexiones y asociaciones históricas que no cuestionamos? ¿Quedan colores por inventar? Bajo el trabajo exhaustivo de la experimentación sensible con la materia nacen nuevas asociaciones que reclaman para si otro nombre: expresiones populares, luchas colectivas, fragmentos de la historia del arte, personajes marginales, entre otros, se vuelven los nuevos modos de pronunciar la aparición de tal o cual coloración en cada paleta. Un trabajo cooperativo que desprograma la maquinaria de la intelegibilidad sensible de la luz y nos regala la oportunidad de volver a mirar la calle, la multitud, y nuestros cuerpos.

Rosa Chanchisimo, Rosa Anarcomimosa, Rosa Venganza de Viejas, Rosa Guerrera, Rosa Act UP, Rosa Mordida, Rosa Fuerte y Furiosa, Rosa Multitud, Rosa Perreo, Rosa Callejera, Rosa Maravichonga, Rosa Concha Espuma, Rosa ¡Hola Bebé!, Rosa Queer Nation, Rosa Herida Cicatriz, Rosa Atada, Rosa Ritmo, Rosa Rrose Sélavy, Rosa Gran Fury, Rosa Sindical, fueron algunos de los colores que tomaron la calle el pasado 26 de Noviembre en el marco de la última Marcha del Orgullo LGBT. En medio de carteles que reclamaban ¡Justicia por la activista travesti Diana Sacayan!, entre banderas que decían ¡No en nuestro Nombre: Macri es Hambre, Ajuste y Represión!, mezclados con volantes que pedían más orgasmos y menos violencia institucional contra las cuerpos trans, emergieron estas pancartas monocromas rosadas que marcharon reclamando la urgencia de una nueva sensibilidad, abrigando con la temperatura de sus pigmentos un cuerpo colectivo entregado al disfrute de la política del deseo.



En medio de un paisaje gris y húmedo por una incansable tormenta, los rosados, uno de los colores mas significativos para la historia de lucha de los movimientos políticos LGBT, hacía vibrar la incomodidad del cuerpo inundado para sacudir con extrañeza la percepción colectiva de aquel acontecimiento social, generando una pregunta que hasta hoy resuena: ¿Por qué pensar ahora en los colores?. Es que intervenir en los aparatos de producción de lo sensible, como se lo propone la práctica de quienes llevan adelante Cromoactivismo no solo significa posicionar el color, los movimientos corporales, las canciones, el diseño y la comunicación, como fracciones constitutivas y hasta incluso centrales en los modos contemporáneos de la acción política, sino también implica desatar una disputa que tuerza las ficciones naturalizadas en el lenguaje social que nombra, que designa, que administra y vuelve real lo sensible. Es un esfuerzo por desprogramar el código cerrado de la percepción, para enredar el lenguaje que modela la mirada, y transformar afectivamente los cuerpos abriendo espacio para nuevos modos de sensibilidad social: una lucha que resuena en la historia política de los movimientos que sueñan crear desde sus deseos desviados una nueva forma de sentir.


Fotos: Gustavo Miguel Angel y Fran Lemus


por Nicolás Cuello, 3 de Diciembre de 2016
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