El limonero real

La película de Gustavo Fontán no traiciona la novela de Juan José Saer, no la traiciona, porque, paradójicamente, la traiciona. La traiciona porque la excede, y porque la excede, justamente, le es fiel. O sea, el núcleo básico de problemas que Saer trabaja en El limonero real es el mismo que Gustavo Fontán trabaja en El limonero real, aunque cada uno desde su lenguaje propio. Lo que Saer escribe, Fontán lo filma. La mano de Saer es la cámara de Fontán. Por eso el director no necesita seguir a pie juntillas una historia, ya que utiliza un lenguaje que le permite otras posibilidades, y lo sabe, y actúa en consecuencia, y esa consecuencia –inesperada para mí desde un a priori– implica mantener a Saer a distancia, a pesar, sin duda, de que está siempre presente.



El Limonero Real - Trailer Oficial - Versión Día from insomniafilms on Vimeo.


En El limonero real, a partir de un trabajo excepcional con el fuera de foco, nunca se distingue un horizonte limpio, todo aparece turbio y obturado, y cuando el foco se recupera las cosas no mejoran, pues una vegetación impenetrable se transforma en un muro para la percepción visual: no se ve, no se ve nada, no se ve nadie. Más aún, y arriesgando un poco en la interpretación, la impenetrabilidad del mundo es también la del personaje. De hecho, la cámara después de fluir junto al río sin posibilidad de penetrar visualmente en el horizonte hace un primer plano de Wenceslao: nada, no se ve ni adentro ni afuera. ¿Quién este hombre? ¿En qué piensa? ¿Qué siente? Lo que sí se ve bien son las manchas de colores, muchas manchas, muchos colores, como si eso fuera lo único posible de diferenciar, nada nítido –ni siquiera el agua es transparente–, o como si esa mancha –una mancha negra– la llevaran los personajes, en lo profundo, rebeldes a cualquier interrogación. Un síntoma de esto son los planos cerrados que sólo alcanzan a tomar una parte de los personajes; y el momento en el que se lleva este procedimiento al paroxismo es en la memorable cena familiar que aguarda el fin de año. Ni un plano abierto. Cerrado, corto. Cada uno en su mundo, pero ¿hay un mundo? ¿Qué estamos viendo?

En El limonero real el tiempo es circular. Los personajes constantemente van y vuelven. De casa en casa, para avisar algo, para buscar algo, para ir a descansar al lago y volver, para dormir. Van, y luego, vuelven –el hijo de Wenceslao que fue a morir a la ciudad no vuelve; su madre, sin nombre, que con esa pérdida perdió todo, ya no quiere volver a salir–. Caminan en círculos, como si el tiempo no corriera –hace dos horas que te estamos buscando, le dice Rosa a Wenceslao, y él responde, me fui un ratito– o como si sólo existiera el presente y el pasado; como si algo les impidiera avanzar o esperar el nacimiento de una diferencia: algunos están empantanados en un recuerdo –del hijo que murió o del que debería haber muerto.

Sin embargo el tiempo pasa, sin plan ni proyecto, confuso, el mundo de afuera –y el de adentro– se presenta, enigmático, gira y avanza, y nosotros, convidados de piedra a una vida extraña, transcurrimos nuestros días bajo una somnolencia que nos impide alcanzar, con cierta fe, cualquier transparencia.



23° Festival de Cine Latinoamericano Rosario 2016
El limonero real (2016) - Gustavo Fontán

El limonero real



por Manuel Quaranta, 12 de Octubre de 2016
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