Ana Sokol por María Moreno

En la peluquería de la calle 25 de mayo no se hacían peinados de peluquería. Nada de ruleros como cubanitos gigantes, ni de pinzas dentadas que hacían ondas a lo María Félix, ni pincitas pellizcadoras para marcar en forma de signo. Allí se iba a cortarse el cabello y cortarse el cabello es simplemente ponerle límite a la naturaleza. Ana Sokol les prolijaba las chuzas a los niños con el peinado taza, navaja en mano devolvía a los caballeros a la época de la colimba y a las señoras le rebanaba los florecidos.

En el medio de la sala, el inmenso sillón a pedal se parecía a la silla eléctrica . En las paredes no cabía nada que no fuera un cuadro: Ana Sokol había desalojado antiguos retratos ovales, bandejas grabadas, varillas de láminas escolares para enmarcar sus cuadros llamados naif.

Del pintor naif se dice que no sabe, en realidad no ha olvidado los recursos siempre geniales de la primera vez. Es más fácil esculpir un David que hacer que sea imposible saber si los platos de La última cena tienen servidos peces o si los peces son el diseño de los platos. ¿Una afirmación delirante? No. Prueben los académicos dislocar la pata de un gatito sobre otro gatito como hace Ana Sokol. O pintar los cascos de un caballo como si fueran chinelas . O dibujar un ojo de Cleopatra en una paloma. No les saldrá.

La perspectiva de Ana Sokol no es realista, es sentimental: las casas tienen el mismo tamaño de los niños, de los chanchitos , de las cigüeñas y de las flores. Las flores son hermanas de las estampadas en las pañoletas de Lisboa, de las golosinas de mazapán que se venden en los mercados de Budapest, de los cucharones de madera rusos.

Una vez Manuel Mujica Láínez le escribió un catálogo a Ana Sokol. No tenía ninguno de sus habituales ironías barrocas. Con amor le ofreció a Ana, el estilo austero de un crítico “serio”.

Paola Vega salió a juntar las obras de Ana Sokol discutiendo amablemente con coleccionistas, con instituciones, con amigos. La imaginamos con una espada de azúcar pintada por Ana Sokol.

La peluquera de la calle 25 de mayo sobrevivió al tifus, al desarraigo y al olvido con la persistencia de su rodete de campesina ucraniana, bien alto sobre la coronilla: aquí está.

María Moreno

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