Ya fui mujer

Ya fuí mujer. Tomas Espina en Museo Emilio Caraffa (Córdoba) desde el miércoles 23 de marzo de 2016 hasta el jueves 12 de mayo de 2016.

… el anarquismo es por completo ajeno a la concepción lineal de tiempo.
Sus antecedentes pueden rastrearse en el Timeo platónico,
cuando se firma que los siete planetas retornan al mismo punto una vez por año.
Raúl Antelo

Ven a ver: un gato se está comiendo las rosas.
Se convertirá en mujer.
Mary Shelley





En dos de las salas del Museo Caraffa las acuarelas de Tomás Espina nacen en el límite mismo de la pared. Una secuencia de formas acuosas y amorfas aparece en línea continua por el espacio, generando una extraña sensación de movimiento.
El contundente enunciado del título “ya fui mujer” cobra sentidos diversos en esas manifestaciones materiales, desde la transformación más evidente a la experiencia interior. Quien admite haber sido mujer es ahora un hombre y esa mutación se torna real cuando descubrimos que en cada acuarela se registra una variación anatómica. La operación se produce en la gestualidad de la materia, en la carne misma, como sí al mostrarnos esto Espina desnudara su estado originario, aquel que en el útero materno la indefinición de la carne negaba al género.
Probablemente, el lenguaje nos seduzca a sospechar, nos tienda alguna de sus trampas ¿Qué estoy afirmando cuando digo qué Tomás Espina ha sido mujer y en la actualidad un hombre? ¿Cómo podría afirmar que su carne, su piel y su sexo han tramado una transformación imposible?

Ser Tomás, ser un individuo (x), según el principio de contradicción de Aristóteles implica necesariamente la regularidad de esa unidad, física y psicológica, en el espacio y el tiempo. Somos seres arrojados a la linealidad y la contingencia; según nuestro criterio de verdad, una proposición y una negación no pueden ser ambas efectivas al mismo tiempo, en el mismo mundo. Tomás no puede ser hombre y mujer, al mismo tiempo, en la misma carne.
Sin embargo, Espina no indica que fue mujer y luego hombre, en dos épocas diferentes, reforzando la lógica y la estructura cronológica del tiempo. En sintonía con el gesto de la pintura, la mancha, la materia, resucita aquella mujer latente, que sigue siendo mientras el gesto opera en la materia. Es en la gestualidad misma donde la linealidad del tiempo se rompe, para actualizar un cuerpo antiguo y ambiguo, el cuerpo real indefinido y originario.

También en ese montaje, sin comienzo y final que circula el espacio, buscando volver al principio y evitando acudir a la muerte.
El gesto es el anclaje de esa potencia ancestral, y el gasto de energía, en el reiterado ritual de la pintura, lo que rompe con los signos estereotipados del cuerpo, con la imagen de la anatomía científica; indicando que la forma o el contorno, es el dibujo, la huella, que la mirada cultural imprime sobre nuestra carne.

Una mujer uterina persiste en esa carnalidad, en el tejido del género actual y nos muestra como reverso la funcionalidad operativa del género. La opresión de la lógica binaria, expandida en esa línea del tiempo que nos detiene en una identidad funcional.
La madre, ese útero, donde el hombre permanece anclado a la tierra, en una memoria agigantada por todo lo que hay y puede ser liberado de su finalidad mercantil no es, precisamente, la madre del baby shower, ni la que anticipa la realidad de un mundo dado al niño que vendrá. Sino como dice León Rozitchner, en Materialismo Ensoñado, “…esa madre queda contenida como fuente viva en una memoria que, por ser originaria, no tenía espejo para reflejarse porque las palabras como meros signos aún no existían.”
La mujer de las acuarelas de Espina es potencia materna que engendra pero también es el hombre que ha engendrado; en esa ausencia de linealidad, en ese anarquismo del tiempo, es posible una materia carente de valor productivo, generada para la vida sin otra finalidad que existir. Así, la conciencia nace en el instante del gesto, evitando el anclaje de la representación.

Haber dejado de ser mujer es doloroso, las acuarelas palpitan ese desgarramiento, la tragedia del desprendimiento. Pero se afirman en esa experiencia del dolor, lo habitan como una experiencia amorosa. El yo, las cláusulas del individuo solitario, se abren a la vida, en el sufrimiento, en la rasgadura, de ese cuerpo latente.
La actualización de esas emociones, provee de un conocimiento del yo interior, que no puede ser objetivado por las categorías esterilizadas de la ciencia. La humedad y la sangre acuden a nuestra verdadera individuación, desde la visceralidad del nacimiento, a un encuentro con el mundo, una unidad mágica e imposible para la lógica pero real para la materia amorosa, que todo lo engendra.


La muestra se puede visitar hasta el 12 de mayo de 2016 en Museo Caraffa


Emilio Caraffa (Córdoba)
Av. Hipólito Irigoyen 651

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