El sol leído por la radio

El sol leído por la radio. Fabian Ramos en Big Sur Galería desde el sábado 2 de agosto de 2014 hasta el martes 2 de septiembre de 2014.
Las astillas encantadas de un mundo que prescindió de nuestra guerra

Un manual de los sentidos

El sol leído por la radio es la muestra individual en la que Fabián Ramos (re)construye un universo hecho de materia, sol y silencio. Un universo al que parece posible retornar y que no recuerda haber conocido la agitación.
Las paredes de la galería Big Sur están marcadas con una línea que a la altura del pecho señala hasta dónde puede llegar un agua marrón pálido; la sala está, así, semisumergida. En esta inmersión ‒y sobre ella también, toda división al final es falsa‒ hay un universo poblado con objetos de diversos materiales ‒algunos forman instalaciones, otros se acercan más bien a esculturas‒, hay telas pintadas con formas simples que cuelgan de la pared, una cortina translúcida y, en general, una fraternidad y una disposición entre los distintos soportes que genera un volumen amplio en el espacio, un volumen de silencio y un volumen de elegancia.
Los físicos llaman materia a cualquier entidad cuya presencia en una cierta región del espacio-tiempo implique que la relación (el tensor) energía-momento sea diferente de cero. El sol leído por la radio es esa región donde las oscilaciones son constantes pero sobrias, donde el tensor equilibra las coordenadas espacio-temporales de tal modo que todo pareciera existir (estar) en su propia exactitud y ser impermeable al espectador: esa entidad adoradora de la alteración per se.
Los objetos están suspendidos en el aire pero no cuelgan, se levantan desde el suelo pero no se apoyan, surgen de las paredes pero las olvidan.
El movimiento (el tiempo) queda señalado con líneas que se abren en el aire como recuerdos, como reminiscencias del presente. Los colores traen algo franco ‒generan reconocimiento más que deslumbramiento‒, tal vez sean fruto de la certeza resignada de una rigurosidad espiritual. Pero tampoco parecen conocer la obsesión, la tenacidad, el esfuerzo ni ninguna otra dureza. Los materiales parecen estar subyugados ante el hedonismo de la mirada, parecen responder a un movimiento de deslizamiento más que a una presentación, o incluso de una relación entre distintas partes. El brillo, un tul, diferentes vidrios, superficies transparentes, opacas y de color a la vez, tablas de una tela pesada que arman un túnel suspendido, las finas líneas del metal que se esconden en mitad del aire llevando movimientos, ángulos suaves, incluso la hibridez del paño gris hecho de restos de todo son zonas de roce y detención, y conforman algo que parece haber estado ahí desde siempre, como si descendiéramos a un lago y a todo lo que habita en él.
Este mundo es el himno que pedía Francis Ponge ‒‟Así, pues, no queda más que una solución. Comenzar de nuevo, de forma voluntaria, el himno”‒, un himno hecho de los restos visibles de la mayor entidad, de la entidad que más es, al punto que prohíbe que se la mire: el sol. Y el estado en el que se entra cuando uno empieza a recibir esta transmisión radial es, en realidad, el de una especie de erótica beatitud: hay que callar, rozar y recordar al astro cuyas huellas conforman todo lo que conocemos. Y eso que conocemos es aquello que olvidamos: el sol es como la luz enceguecedora en el mito de la caverna de Platón.
Y de acuerdo a las leyes de este mundo, todo es en sí mismo y a la vez es un pasaje al otro lado de sí. Todo permite continuar, seguir deslizándose, atravesar sin irrumpir, ver sin consolidar lo visto. Volver.

Los restos de un mundo (el nuestro)

“Entonces, se restablece el silencio, y la batalla se da por terminada:
no veo que se pueda decir nada más.”
Francis Ponge

Esta configuración parece haber estado ahí antes, o incluso haberse emancipado de nosotros silenciosamente, sin revuelo; y además parece no necesitar desprenderse de los ecos de aquel lejano y bullicioso, casi olvidado mundo.
En un vértice de la sala, muy arriba, hay dos altavoces estilizados, como dos pájaros que miran a este y oeste. Esos objetos ideados para emitir ruido, difundirlo, elevar la voz, ganar y dominar el aire logran en este espacio ser emisarios de la nada, emisarios de una ausencia que se vuelve un mutismo pleno.
Dos vidrios pintados de negro por la mitad y una larga vara de bronce con sus extremos también negros apoyados en el piso y en la pared traen recuerdos de una violencia remota. Las lunetas pueden haber sido parabrisas, o incluso escudos antichoque de la policía; la vara una elegante ayuda en un duelo, o un elemento de agresión. Y estas connotaciones orbitan alrededor de los objetos pero sin ninguna inquietud.
Así, hubo una violencia, o, mejor, pudo haber habido una violencia, pero perdió todo su poder a manos de una indiferencia superior de los objetos, de los espacios. O: la violencia perdió su poder ante la evidencia de lo bello. Gesto clásico de (difícil) efectividad contemporánea: lo verdadero es bello.
Estos restos dispersos tienen una sensibilidad familiar a la obra del escocés Martin Boyce Out of This Sun, Into This Shadow [Fuera de este sol, en esta sombra](2008), cuyo título describe bien el alicaído ambiente que sobrevuela y quiebra a sus objetos, contorsiona sus espacios, acepta la desganada aparición de una luz rabiosa que sale de unas lamparitas ‒un final más que un comienzo‒ y convive con sombras depresivas. Pero si bien en la muestra de Fabián Ramos no hay nostalgia ni euforia, ni depresión ni furia, sino un estado post, Boyce comparte con El sol leído por la radio la fragmentación sin faltantes, las elegantes sinécdoques, la idea de esquirlas de algo mayor que está en otra parte y sobre todo, y en términos de Williams Carlos Williams, la idea (o la fe) de que: No hay verdad salvo en las cosas.
Entonces, dos hechos dejan su rastro en este mundo: una guerra ya terminada y ese recuerdo imposible, inventado incluso, que es el sol. Ambos son rastros de un viejo boceto que se obstina: nosotros.

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