Brújula para un nuevo universo

Brújula. Leonardo Cavalcante en Schlifka Molina desde el jueves 10 de octubre de 2013 hasta el sábado 9 de noviembre de 2013.
Pinturas, dibujos e instalaciones de Leonardo Cavalcante en la galería Schlifka Molina

Entrar a la muestra de Leonardo Cavalcante se asemeja a atravesar un portal, temporal pero sobre todo espacial. Iniciar un viaje hacia un universo nuevo, con puntos en común con el nuestro pero también con otros completamente distintos.
Y como cada vez que nos dirigimos a un lugar desconocido, buscamos alguna referencia, necesitamos de un instrumento que nos guíe, nos acompañe y nos conduzca para no perdernos. La brújula será entonces nuestro elemento.
Desde afuera, en la vidriera, nos recibe un ser recubierto en grafito brillante que dormita bajo el sol; tal vez, incluso sueña. Como si fuéramos nosotros los que estamos en el interior de una cueva, vemos una luz que se proyecta a lo lejos, la silueta de un hombre que trabaja. Desde dentro, la penumbra nos envuelve.
Ya en la galería y predispuestos a comenzar el viaje, vemos una serie de personajes que habitan solitarios cada uno de los espacios pictóricos que los contienen, que como si fueran cristales adoptan diversas figuras geométricas. Los paisajes de este mundo divergen entre sí, una cadena montañosa conformada por pirámides; ondas expansivas de mil colores que invaden los suelos; un río delineado por puntos luminosos, que destellan como un conjunto de noctilucas, organismos que brillan en las profundidades marinas.
Los personajes, cuyos rasgos exactos desconocemos por la forma en que sus trajes cubren también sus rostros, están ensimismados en sus actividades, reflexionan, meditan. Algunos llevan armas, quizás partiendo rumbo a una cacería. Todos se nutren de su contexto, se mimetizan aunque sea de manera parcial, reabsorben las tonalidades adyacentes para conformar sus atuendos, se alimentan de los árboles, del agua, del suelo. La integración con esta extraña naturaleza es total.
Pero no solo de pinturas se compone la exhibición, una serie de dibujos irrumpe en medio de la sala. La cabeza de los protagonistas desaparece aquí; en varios casos es absorbida por una especie de nube molecular a la que parecen asomarse para estudiar su contenido. Su órgano del pensamiento se expande así en una especie de prótesis, que los confirma como homo sapiens, la especie que más ha desarrollado su cerebro entre todas las existentes.
Cuando pensamos que el viaje se termina y la oscuridad cierra el espacio de la muestra, notamos que en el fondo hay algo más. En la pequeña sala contigua a la principal nos esperan 4 metros cuadrados de mar. En una pileta encontramos lo que parece ser un corte trasversal de un fragmento de agua marina; pequeños oleajes la impulsan contra los bordes, como queriendo escapar de estos márgenes que la contienen y reflejando el movimiento en las paredes. Quizás en el fondo de estas aguas turbias habite un ser sumergido que se esconde, por ahora, de nuestros ojos y que éste sea el estimulo misterioso causante del temblor. Nos queda observar y ver qué sucede, acaso sea eso lo que hacen los protagonistas de las pinturas, examinar detenidamente todo aquello que los rodea, captar la información de su entorno para después transmutarla.
Sin proponernoslo, la visión del agua en movimiento ejerce un efecto oscuramente introspectivo, detonando múltiples pensamientos de toda índole. Y empezamos a sospechar que tal vez nunca salimos hacia ese nuevo universo que creímos descubrir. Tal vez sólo nos proyectamos dentro de nosotros mismos.

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