La magia blanca de Leandro Erlich

S/T. Leandro Erlich en Ruth Benzacar desde el martes 16 de octubre de 2012 hasta el viernes 16 de noviembre de 2012.

Un ascensor, tres nubes, una tienda, tres fotos, un tren, una puerta rota y un jardín perdido. Si conocemos el título de la muestra, no deberíamos sorprendernos acaso con nada de lo que encontremos, ya que el mismo es absolutamente descriptivo; un listado que enumera todos y cada uno de los objetos que allí se exponen. Pero el lenguaje escrito a veces dice muy poco en relación a las imágenes, tal vez porque no deja de ser un intento arbitrario por ponerle nombre a las cosas. Las obras que veremos llevan estos vocablos a un estadío mucho más desarrollado de nuestra imaginación, que lo que las meras palabras puedan sugerirnos.
Visitar la exposición de Leandro Erlich en Ruth Benzacar se asemeja a entrar en un territorio mágico, una especie de agujero negro subterráneo en el que reina la superchería; en donde nubes yacen atrapadas en un recipiente vidriado, un ascensor transporta decenas de vecinos hacia pisos fantasmales y un jardín crece y se desarrolla metros bajo tierra, como si tal cosa. Después de atravesar la experiencia de haber sido absorbido por esta muestra y devuelto más tarde a la superficie, es el mundo cotidiano el que se vuelve de repente extraño, incomprensible.

Una puerta rota, dislocada, trozada en pedazos con la misma aparente facilidad con que se rompe una hoja de papel o un cristal. Acaso fue la bola plateada la culpable, aquella que reposa a su lado y que impactó instantes antes sobre la madera, haciéndola estallar en añicos de la misma forma en que innumerables ventanas se habrán visto destrozadas ante una pelota de fútbol, proveniente de un jardín vecino y que súbitamente terminaron su ciclo vital. Mientras, los restos de la puerta siguen suspendidos en el aire, como si hubiésemos presionado el botón de pausa para captar con atención y en detalle el momento exacto del estallido y una caída que aún no se produce.
Un ascensor, que sube y baja ininterrumpidamente, deteniéndose cada vez en el nivel en el que estamos, y que hace sonar su característico pitido. En más de una ocasión, los “vecinos” oprimen el interruptor que acelera el cierre automático de las puertas, para acortar así el tiempo que media hacia el regreso a casa y el sentimiento de incomodidad ante la confrontación con un otro en un espacio tan intimista y que obliga a la proximidad. Evasión de miradas, intercambios verbales casi inexistentes que todos hemos padecido.
Un jardín perdido, pero lo que parece realmente haberse perdido ahí es la imagen de uno mismo, que como por encanto hechicero, hallamos en las ventanas que circundan el jardín. Y allí es donde nos encontramos con nosotros, con nuestra cara y su expresión descubierta infraganti, requisando cada rincón y cada muro y que nos es devuelta multiplicada. Y miremos donde miremos, nos encontramos, omnipresentes. No hay escapatoria de nosotros mismos.
Una tienda, un piso más abajo. Nos encontramos con probadores de una indumentaria imposible, que yace sobre estantes con una rigidez que jamás le permitirá uso alguno.
Nos adentramos en un laberinto de espejos, cortinas y bancos, ubicados con una simetría desconcertante. Desorientados avanzamos, buscando llegar a un punto que no sabemos muy bien cuál es, cuando de pronto llega un otro. Nos topamos cara a cara (o cara a reflejo, o reflejo a reflejo, nunca sabemos bien) con otra persona que también se ha introducido en el sistema y que se interpone en nuestro sueño-pesadilla de un laberinto a primera vista irresoluble. “¡Qué miedo a pasar vergüenza!”, me señala ese otro, probablemente imaginando un circuito cerrado que captaría nuestros traspiés, los pasos en falso y la coquetería de los cuerpos antes las decenas de espejos.
En apariencia silenciosos y atrayentes, el jardín y el laberinto no dejan de mostrarse a la vez terribles y siniestros; nuestra imagen nos persigue, nos acosa. Resulta chocante y terrible la confusión latente entre representación y realidad. Nos perdemos en un laberinto guiados por nuestra propia imagen. Somos nuestros guías y a la vez una pesadilla que nos sobresalta a cada movimiento.
Nos movemos por la muestra como Alicia en su país de maravillas. Sólo que ella avanzaba persiguiendo a su conejo presuroso de frac y reloj, y en nuestro caso lo que nos arrastra no es más que un poderoso sentimiento de curiosidad. El retorno a la realidad no es rimbombante ni adornado por parafernalia alguna; una simple puerta trasera nos expulsa del laberinto, para volver, escaleras arriba, a seguir inquietándonos y persiguiéndonos con el reflejo que nos devuelve cada escaparate de la calle Florida; preguntándonos si realmente abandonamos en algún momento el umbral de la galería.

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