El hombre araña y los sueños

End Vehicles: Sketches for later works. entre otros, Julián Gatto, Maricel Nowacki, Mario Bochicchio en Ferro Strouse Gallery (Nueva York) desde el miércoles 10 de octubre de 2012 hasta el jueves 15 de noviembre de 2012.
Sobre “End Vehicles: Sketches for later works”, Ferro Strouse Gallery del 10 al 31 de Octubre/ www.ferrostrouse.com Mario Bocchichio, Julián Gatto, Martín Lanezán, Maricel Nowacki y otros.

El cuarto del medio de la casa de Maximiliano Ferro y A. W. Strouse parece haber pertenecido a un nene y una nena. Hay una calcomanía del hombre araña pegada en la intersección entre la pared y el techo de forma que parece estar suspendido de su tela en la posición esa que usa para colgarse de los edificios, cabeza abajo. El lugar y la altura donde está pegado hacen un efecto 3D perfecto de un hombre araña mínimo, del tamaño de la palma de una mano. Más abajo hay una transparencia de Bob Esponja a medio arrancar, una versión zombie del pobre Bob. Parece como si la nena que antes dormía en el cuarto no hubiera tenido demasiado voto en la elección de stickers, pero de atrás de la puerta del armario asoman un par de princesas de Disney y en la puerta del baño se termina de confirmar su dominio secreto de los espacios menos pensados con un arranque de flores y unicornios. Triunfo histórico de las princesas y el hombre araña, demasiado altos para que las manitos que sacaron los stickers antes de la mudanza llegaran a arrancarlos. Ese cuarto es el cuarto central de la nueva galería que abrieron un artista tucumano y un escritor neoyorkino en Brooklyn, en su casa, a veinte minutos de Manhattan.
En su manifiesto (http://www.ferrostrouse.com/), porque Ferro Strouse Gallery cree en los Manifiestos, dicen cosas como: “Estamos cansados del arte que es tan malo que es bueno. Creemos en hacer cosas que son realmente buenas — ¿Esto quiere decir que somos ingenuos? Si. Pero tenemos leída nuestra teoría posmoderna. Y nos negamos a ser las sobras de otros” La lista de frases inflamables y emotivas decanta una sinceridad de esas que en cualquier inauguración sería un suicidio social. Toma mucho valor ser sincero.
Entre los rastros de una mudanza reciente las obras se ven extrañamente naturales. Claro, son bocetos, como la casa. Ese armario lleno de ropa recién escondida es muy parecido a ese grabado sobre el que se apilan anotaciones en lápiz. Los bocetos de Martín Lanezán plagados de sueños raros y lo que parecen partes de monstruos abajo de las calcomanías de Bob Esponja zombi, las princesas de Disney y el hombre araña que guardan los sueños del futuro por venir. En otro cuarto, enfrente de la computadora, las anotaciones de Julián Gatto sobre la muestra que va a inaugurar la semana que viene en Tokyo: fotos abajo del agua y conversaciones en un lago con dos hermanitos de diez y seis años, consideraciones cuidadosas sobre las consecuencias del uso del espacio y las palabras. Arriba de un radiador gris una escultura también gris se confunde con un plato lleno de helado que se eleva en formas parecidas. Una pila de ropa en medio de un cuarto, de los mismos colores que un dibujo hecho por Nickola Pottinger con todos los materiales posibles: lapicera, cachos de revista, tempera, acuarela, lápices, algo que parece baba.
Es interesante ver cómo las obras dialogan con una casa que no parece salida de ninguna revista de diseño. Una casa a la que se acaban de mudar dos pibes jóvenes que no tienen demasiados muebles, en la que la cocina no funciona a la perfección, donde los armarios tienen que ser bibliotecas al menos por ahora. De repente, el cuadro de Maricel Nowacki donde una filita de cosas se perfilan con líneas delicadísimas no parece para nada vacío. Ese cuadro ahora es un pequeño orden blanco entre las paredes de madera. En la pared blanca de una galería sería todo lo contrario. Las diecinueve variaciones de garabatos del artista japonés Genta Okada cambian de color con la luz que se mueve por el ventilador que tiene arriba. Y lo excepcional no es solamente estar viendo obras en una circunstancia poco común —una casa en una calle cortada que desemboca en un cementerio, donde en la vereda de enfrente, bajo la luz de un farol, una mesa de hombres juegan al dominó. Una casa que no está del todo limpia. Una casa entera, no solamente un cuarto, llena de obras— sino estar viendo los bocetos de obras por venir. Esas partes del trabajo que se esconden, como el polvo abajo de las alfombras de la casa. Solo que la Ferro Strouse Gallery no tiene alfombras.
En la cocina, al lado de una torta y unos vasos con gaseosa, una pila de papeles que dicen:
Un boceto es una declaración de fe —fe en la visión del artista, fe en los procesos del arte y en su habilidad de esquivar el tiempo. Mediando entre lo realizado y lo latente, el boceto promueve una postura de esperanza en el futuro. Y en su dedicación, el boceto demarca un espacio para el amor.

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