Bicente

Proyecto Bicente. Claudia Facciolo, entre otros, Julia Mensch, Aimé Pastorino en CC de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA) desde el miércoles 23 de marzo de 2011 hasta el domingo 8 de mayo de 2011.
Artistas: Javier Barrio / Agustín Blanco / María De San Martín / Claudia Facciolo / Aurelio Kopainig / Mara Kraay Caso / Julia Mensch / Aimé Pastorino / Gachi Rosati / Yamil Wolluschek

Bicente por Bicentenario arrastra un nombrar incompleto o en proceso en el gravitar de
los festejos oficiales que se dieron en el curso del año pasado. No marca una oposición,
no quiere serlo. Más bien quiere alentar la importancia de la dimensión histórica
del presente. Ahí está su camino. Y si acaso también recuperar el humor entre tanta
solemnidad. Un Vicente con la B equivocada, ó un bicentenario sin su “nario”, es una
impresentabilidad, el mismo tipo de gafes, errores y metidas de pata que pueblan la
historia del país. Y que sin embargo son llevados orgullosamente y/o soportados con
dignidad.

Reunidas en la sala central del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en el
predio de la ex ESMA, las obras de la segunda etapa del proyecto Bicente se proponen
responsables de un rumbo, de un ensayo. Y esto se ve desde el comienzo: un viaje a
Jujuy (Tilcara) con la intención de empezar a mover, a trasladar las preguntas sobre
el Bicentenario y sus festejos al norte del país, donde cierta necesidad conclusiva se
desvanece ante las huellas de culturas de más de 200 años y donde el riesgo aparece.

La investigación puede ser recurso y motivación para algunos artistas. En este caso
eligieron ejes de la historia nacional en los que pasado y presente tensionan las
preguntas en sus coordenadas macro y micro políticas. La perspectiva singular -más
o menos ficcionalizada- de cada artista puede palparse rápidamente, y entre todos
reconstruyen lugares, problemáticas, tiempos. Conforman la exposición narrativas
visuales tanto institucionales como personales, desplazamientos que van de discursos
oficiales a la vida misma, a todos los días, a lo simple.

Se destaca la decisión colectiva de artistas que desde la autocuraduría se agencian
instituciones públicas como escenarios de reflexión e intercambio. En Tilcara eligieron
el Museo Regional de Pintura J. A. Terry y el Museo Arqueológico Dr. E. Casanova.
Y en Buenos Aires el Centro Cultural Haroldo Conti que, cabe señalar, se abre como
plataforma pública, algo muy importante después de años y años sin la creación de
nuevas instituciones culturales del Estado. Claro, lo nuevo es bienvenido, especialmente
cuando involucra la resignificación de un sitio nefasto del pasado al mismo tiempo
que propone la clausura de una etapa de golpes de Estado. Ahora es culturalmente
impensable un golpe militar. Pero volviendo a las instituciones culturales, cabría señalar
el descuido por las que ya existen, y la urgencia por redirigir, abrir y revolucionar
estos espacios públicos históricos, como el Centro Cultural Recoleta, el Museo de Arte
Moderno, el Museo de Bellas Artes, etc. etc.

El público del Haroldo Conti no es exclusivo del arte contemporáneo y se dispone
sorprendentemente a investigaciones que desbordan el régimen estético. Los trabajos
se revelan en sus dispositivos materiales, dispositivos que permiten la activación
comunicativa a un visitante no especializado responsable de experimentar.

¿Cómo resuenan los interrogantes planteados por un proyecto artístico en el
bicentenario de una nación en un ex Centro Clandestino de Detención y Exterminio
de esa misma nación? ¿Qué espectador puede no sentirse, por lo menos, inducido a
reflexionar sobre políticas estatales, prácticas culturales y artísticas, y políticas de la
memoria?

Genera expectativa -en el continuum de experiencias ligadas en las artes visuales a las
formas de pensamiento crítico- jóvenes propuestas que inspiran a repensar las políticas
del arte, y quieren resaltar lo conflictivo entre el pasado y el futuro en la percepción
de quien mira. Sucede hoy que en gran parte de la producción del arte contemporáneo
local subyace un aura de atemporalidad, un tiempo detenido que deja lejos el acto,
el territorio, y el campo de la interpelación. Algo que no se entiende existiendo una
dinámica cultural de tantos estímulos con aires de cambio. Quizá, el catalizador acá se
pueda localizar en dos coordenadas: un sistema del arte que evoluciona en tiempo real
para responder con mecanismos muy aceitados en la cadena de productos culturales, y
una subjetividad artística perezosa que hace pocos intentos de emancipación.

  • gracias Azul Blaseotto y Tamara Stuby por los aportes
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