El mapa no es el territorio que representa

s/t. Graciela Hasper en Ruth Benzacar desde el miércoles 14 de julio de 2010 hasta el domingo 22 de agosto de 2010.
Una obra de arte es bella cuando es capaz de posibilitar en nosotros la evocación de un momento de felicidad.

A dos días de haber vuelto de unas maravillosas vacaciones al “mágico mundo de la infancia”, me dispuse a reiniciar mi cultural vida cotidiana. Yo no creo en las casualidades. Por lo que me resulta racionalmente inexplicable qué loco impulso me llevó en plena hora pico al centro, para visitar la galería Ruth Benzacar. Qué sorpresa la mía cuando me enfrenté a un mapa que representaba todas las montañas rusas de los diferentes parques de diversiones que visité, y a las que en esta oportunidad -más vale tarde que nunca- me atreví a subir. Todas juntas reunidas en la misma obra o en el mismo mapa. Un mapa que sólo existe en mi cabeza. Cada una delineada en el color temático que la identifica, una acumulación de vértigo, como si mi memoria hubiera decidido atesorar en un compartimiento determinado, el espacio evocador de la emoción vital. ¿Habrá sido el espíritu mental con el que regresé, que como un imán me atrajo hacia S/T en el subsuelo de la calle Florida?

Alegres, contrastantes y vibrantes líneas en colores de poco más de 7cm de ancho, prolijamente pintadas en acrílico sobre tela de gran formato, conviven armónicamente mientras serpentean con dinamismo y ritmo en una danza de curvas y contra curvas sin lógica aparente. Pinturas planas cuya profundidad no está dada por los fríos y cálidos tonos utilizados, sino por los entrecruzamientos yuxtapuestos con que fueron aplicados. Aunque es imposible determinar cuál línea cruza por encima de la otra. A modo de coloridos laberintos, las líneas devenidas caminos invitan a ser recorridas para encontrar un punto de llegada, como los pasatiempos de las revistas con que muchos recreamos algunas horas de la infancia. Sin embargo, a diferencia de aquellos, no hay un señalamiento de los puntos de partida ni de los de llegada, al que uno de los primeros debiera conducirnos.
Los laberintos sobre tela parecen ser la plasmación concreta y definitiva de otros (¿previos?) similares y más pequeños, realizados en acuarela sobre papel. Estas acuarelas, especie de croquis arquitectónico, primeros bocetos a mano alzada, están acompañadas de cartas de colores parecidas a esos ejercicios que tanto nos entusiasmaron en las clases de Educación Plástica, cuando de aprender el círculo cromático se trataba. Quién no recuerda haber saturado con témpera sobre hojas canson los colores primarios, secundarios y terciarios, para luego recortarlos en perfectos rectángulos que, pegados en una gran hoja blanca apaisada, daban cuenta de la multiplicidad de valores que cada color posee. A esto, Graciela Hasper agrega una “carta de colores” en formato libro, en el que en cada doble página figuran los diferentes colores utilizados para cada “línea-camino” a manera de señalización.
Así como en cada pintura no hay un detalle que predomine sobre el otro, no hay entrada ni punto de llegada; como si la tela hubiera sido recortada luego de pintada para mostrar sólo la porción que la obra es. Así como ningún color resulta más interesante que otro, ningún recorrido resulta mejor o peor que otro. Así como los entrecruzamientos yuxtapuestos de líneas invitan a ser seguidos con un lápiz como si las pinturas fueran laberintos, las mismas se vuelven caminos que estimulan su recorrido. Así las pinturas abstractas de la artista adquieren un significado real. Es como si las viéramos por primera vez, ahora son mapas que representan una porción de territorio especialmente elegido. Las “líneas-caminos” adquieren sentido ante nuestros ojos, y nos indican el vertiginoso derrotero al que podemos aventurarnos según sea el color que elijamos seguir. El color como significante de una dirección determinada.
Hasper eligió como tema un Nudo de autopista de Buenos Aires para su gigante video instalación en blanco y negro, simulador de recorrido de camino elegido para una ciudad cuyo tránsito cada día es más caótico. Unas fotos también, en blanco y negro, fueron por ella intervenidas a diferentes intervalos con los colores de las “líneas-caminos”, como indicadores de cambio de ruta o dirección. Y una muy pequeña, casi imperceptible, a la entrada de la muestra, es una toma fotográfica a vuelo de pájaro, cuyas alternativas direcciones están intervenidas o punteadas también en color. Una manera de explicarnos que la abstracción es una representación de la realidad, o que un mapa es una representación.

Cuando yo elijo plantarme frente a las laberínticas abstracciones de Hasper, resurge en mí como el Pathosformeln” de Aby Warburg, el conjunto iconográfico emotivo que la suma de todas las montañas rusas significa en mi espacio mental individual.

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