¿Quién dijo que hay que bajar la fiebre?

Fiebre. Valentina Liernur en Ruth Benzacar desde el miércoles 26 de mayo de 2010 hasta el viernes 2 de julio de 2010.
"Que la pintura sea del presente” Valentina Liernur

Cuando se pretende hablar de alguien, es difícil hacerlo sin equivocarse. Claro que no se trata de hablar de Valentina Liernur ¿o sí? De alguna manera, hablar de su obra es hablar de ella. Lo importante es hacerlo bien, no es que se pretenda meter un golazo, pero al menos tener un buen desempeño. Ya que estamos en época de mundial futbolero, pongámonos a tono con la algarabía del momento. Ah! El fútbol, deporte de pasión desenfrenada, que en la Argentina afiebra a las multitudes arrastrándolas a una transpirada devoción por la rayada celeste y blanca. Como la devoción de la artista por la pintura, por el color extendido en sus telas que no deja lugar para el respiro, casi rayando en el horror vacui. El mismo que impera en la sala donde se exhibe su muestra, por el modo en que las obras están dispuestas.
En sus pinturas hay un poco de todo eso: locura, desenfreno, pasión, devoción, fiebre. La artista expresa con el lenguaje del color, lo que las palabras no alcanzan a transmitir ante la intensa emoción que desborda de su interior. Descontrolada y controlada a la vez ella… y sus pinturas. La planimetría que les da un aspecto superficial es sólo una apariencia para ocultar los profundos sentimientos que brotan en destellos luminosos desde la más honda oscuridad. Desbordes de la pasión del momento, refrenados por las bandas horizontales de textura satinada de revista y fotoshop, cuya rigidez las vuelve casi metálicas si nos detenemos durante un tiempo prolongado frente a ellas. De mediano y gran formato, las primeras descansan sobre los muros, mientras que las segundas obligan a circular entre ellas erráticamente. Por relación de vecindad, las primeras parecen más pequeñas de lo que en realidad son, y las grandes se agigantan. Esta disposición espacial, dificulta la mirada de conjunto, obligándonos a un ir y venir laberíntico para apreciarlas en su totalidad.
Es entonces cuando se produce el milagro, ese mareo que provoca la fiebre, nos hace percibir una especie de movimiento en las paredes, como si las telas saltaran de ellas y nos acorralaran junto a las bandas de las gigantes que nos cierran el paso, contagiosas y amenazantes a la vez, como las multitudes. No hay bandas que puedan contener semejante intensidad, la de Liernur y la que nos contagió. Así que no nos queda otra opción que dejarnos llevar por el sentimiento, sumándonos a la afiebrada multitud.

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